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Portada del relato Herederos de Nebulón
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Fragmento:


Pero en el vacío nada permanece inalterado. La señal de socorro llegó el tercer día tras cruzar Thalassa, un llanto digital que logró abrirse paso entre las interferencias rojas de los enjambres magnéticos. Se decía que provenía de una nave de prospección calipsiana, extraviada siglos atrás, lo cual debería haber sido imposible. “Un anacronismo histórico”, musitó el embajador Kesh durante la reunión de emergencia, su rostro reflejado multiplicadamente en las paredes líquidas del salón.

Duración: 06:38

Herederos de Nebulón
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Nunca olvidaré el primer sonido que hizo la nave cuando cruzó el Cinturón de Thalassa. Fue algo más allá del crujido metálico común de las embarcaciones siderales: una resonancia de campanas ahogadas muy por debajo del umbral auditivo, pero que atravesaba los huesos con la autoridad de lo ineludible. Me encontraba en la sala de observación, una cúpula transparente que desafiaba el vacío y la desolación, cuando percibí esa melodía. Los ingenieros decían que era el eco residual de la fractura cuántica del armazón exterior, otros que era simplemente la nave que aprendía a sobrevivir. Lo cierto es que, desde entonces, la cúpula empezó a mostrar señales: filamentos irisados danzando junto a mi respiración, vibraciones que sugerían formas antiguas, reminiscentes de arquitectura imposible.

Mi nombre es Ilian Resk, comandante de la Nave-Jardín Selene VII, y estoy a cargo de una tripulación cuyos secretos son mucho más densos que el espacio que recorremos. Viajábamos rumbo a Nihil Prime, una colonia perdida en el registro, para cumplir una misión que la Federación llamaba diplomática. Pero todos sabíamos lo que verdaderamente pasaba: saludábamos a nuestros enemigos bajo la máscara de la fraternidad, y conspirábamos, incluso en sueños, para evitar la extinción de nuestros linajes.

La Selene VII, en sí misma, era un prodigio. Su corazón botánico servía de refugio y laboratorio: vides híbridas recogían datos atmosféricos y traducían radiaciones solares en químicos comestibles, mientras helechos cibernéticos depuraban el aire de nuestros pecados. El capitán técnico, Lyra Rothe, pasaba gran parte de su tiempo entre espirales de invernaderos: “Las plantas son honestas”, decía, “ellas no mienten ante la muerte como los hombres”.

Pero en el vacío nada permanece inalterado. La señal de socorro llegó el tercer día tras cruzar Thalassa, un llanto digital que logró abrirse paso entre las interferencias rojas de los enjambres magnéticos. Se decía que provenía de una nave de prospección calipsiana, extraviada siglos atrás, lo cual debería haber sido imposible. “Un anacronismo histórico”, musitó el embajador Kesh durante la reunión de emergencia, su rostro reflejado multiplicadamente en las paredes líquidas del salón.

“¿Debemos responder?”, preguntó la doctora Maialen, la más joven del puente pero, indudablemente, la más valiente. Sentí que todos dirigían la misma mirada inquisitiva hacia mí, el comandante exiliado de una familia que alguna vez gobernó medio sector. No podía confiar en las intenciones de nadie, ni siquiera en las mías propias. “Procedamos, pero con guardia triple en la sala de máquinas”, ordené, sintiendo el peso del protocolo y los miedos ancestrales entrelazados.

Cuando las coordenadas de la señal nos llevaron al corazón de una nube de escombros, mi primer instinto fue retroceder. Pero el jardín susurró su desaprobación. Nuestras cámaras externas captaron una figura suspendida: una nave tan herida y oxidada que parecía flotar solo por costumbre, sus emblemas consumidos por las lluvias de meteoritos y los siglos de abandono. Sin embargo, la señal de socorro continuaba, insistente, como el latido de un corazón que se niega a extinguirse.

Lyra y dos de sus técnicos abordaron la cápsula de rescate. Los observé partir, torciéndose entre brazos de plomo, mientras intentábamos descifrar en la nave los rastros de la civilización olvidada que la había construido. Ninguna palabra sirve para describir el silencio que siguió. Era el silencio auténtico, el que sólo puede oírse a través de la distancia absoluta, demasiado denso incluso para ser atravesado por la luz.

Horas más tarde, Lyra regresó sola, temblando, cubierta de polvo estelar y fragmentos de raíces fosilizadas. Sus ojos estaban más allá de cualquier comprensión humana. “No había supervivientes”, susurró, y entre las sombras de su traje extrajo una pequeña caja, pulida y negra como la lava solidificada. Nadie reconocía aquel objeto, salvo el antiguo, el embajador Kesh. Su piel palideció aún más, y me di cuenta de que nunca habíamos viajado a Nihil Prime para establecer la paz, sino para devolver aquel artefacto a los herederos que una vez lo sellaron.

“Es una semilla de Olvido”, murmuró Kesh. “La última de las Esferas. Fue creada para desterrar toda memoria de una civilización cuando su tiempo llegara a su fin”. Alrededor, el jardín se agitó inquieto, como si las raíces repitieran, en ecos perdidos, las mismas palabras. “¿Quién decide cuándo termina el tiempo de una civilización?”, preguntó Maialen. Kesh guardó silencio.

La nave, la Selene VII, empezó a soñar. Su red neuronal, alimentada durante años por los impulsos de los botánicos y los algoritmos del jardín, comenzó a emitir patrones lumínicos nunca antes registrados. Nos vimos envueltos en un teatro de luces abisales: proyecciones de ciudades disueltas, niños jugando en parques desvanecidos, la música imposible de quienes vivieron entre estrellas ya apagadas.

No dormíamos. Nos movíamos como autómatas, trabajando en la reparación de la nave extraviada bajo la vigilancia atenta de la caja negra, sintiendo que estábamos al borde de comprender una verdad capital que nunca debió ser revelada. Comprendí, con terror mudo, que dentro de aquella semilla no había olvido alguno: había historia, comprimida y destilada hasta convertirse en una esencia envenenada esperando un huésped.

La última noche, cuando la Selene VII estuvo alineada con el tercer sol de la nebulosa, la caja se abrió. Nadie podría explicar después cómo sucedió: simplemente, las paredes de la cúpula cedieron al pulso gravitacional de algo muchísimo más antiguo que nuestra raza, y un río de imágenes —acidez, flores, muerte, renacimiento— atravesó nuestras mentes. Cada uno de nosotros contempló la extinción inevitable de su propio linaje, la repetición de todas las alegrías y horrores de la vida universal. La caja se cerró de nuevo, pero el daño estaba hecho: ahora éramos portadores de la memoria que habíamos venido a extinguir.

Navegamos el resto de la travesía en un silencio cargado de augurios. El jardín creció, desordenado, en torno al artefacto. Sabíamos que Nihil Prime confiaría en nosotros, esperando que su historia fuese olvidada por fin. Pero traeríamos consigo la última enseñanza: nadie puede desterrar del todo lo que ha sido vivido. Bajo el tercer sol de la nebulosa, mientras la Selene VII y sus tripulantes antiguos, nuevos, cómplices y traidores aguardaban la resolución final, sólo restaba esperar el renacimiento de los Jardines Lúcidos en una era donde el olvido y la memoria serían, por fin, indistinguibles.

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