Edición limitada de la novela Anatema.
La chica del lago
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Hay algo malo en casa
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato La Doncella del Vacío
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Fragmento:


La Eritrea huía. Perseguidos por corsarios y estelares, hostigados por la hambruna, sólo sus motores alienígenas—heredados de civilizaciones extintas—permitían continuar. Cada ciclo, Zélia lo sentía: el oxígeno bajaba un grado. Luego otro.

Duración: 03:31

La Doncella del Vacío
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Desde la bahía de observación de la nave catedral “Eritrea”, Zélia contemplaba la negrura rota sólo por titilantes mares de polvo estelar. Comandante y pastora de un éxodo de trescientos mil, era responsable de un pueblo entero suspendido entre mundos—pero era también esclava de una antigua deuda. Las cámaras resonaban con oraciones y llanto; la humanidad entera dependía de un milagro que quizás nunca llegara.

Le recordaban a los Suspirantes, aquellas criaturas de mitos: dioses nacidos donde el oxígeno es lujo y el deseo mortal. Decían que cada agujero negro tiene un susurrador; que de la garganta de uno nacía el primer mundo, y del último, el olvido absoluto.

La Eritrea huía. Perseguidos por corsarios y estelares, hostigados por la hambruna, sólo sus motores alienígenas—heredados de civilizaciones extintas—permitían continuar. Cada ciclo, Zélia lo sentía: el oxígeno bajaba un grado. Luego otro.

Una noche falsa trajo un mensaje de Vidari, el navegador más anciano: “Estamos cerca. Dicen que aquí reposa el Rey.” Nadie tenía el coraje de pronunciar su nombre completo, sólo decían: Rey de los Suspiros, devorador de exhalaciones finales. Era una leyenda de la Via Lenta: un ente que robaba las muertes dulces y las condenaba al vacío, y quien lo encontrara podría negociar el precio de un último aliento.

La nave descendió sobre un asteroide cubierto de estatuas—cadáveres petrificados, boquiabiertos, como si les hubieran robado el suspiro final de vida. Zélia bajó con una escolta, sintiendo el peso de centurias en el aire. Avanzó hasta la grieta; del abismo emergía un hálito helado, casi voluptuoso.

Él apareció. No tenía forma definida. Era sonrisa, mantos de vapor azulados, y ojos luminosos que reían y lloraban a la vez. Zélia supo que tenía miedo, y a la vez deseó soltar el peso de su nombre y responsabilidad.

—¿Por qué vienes a mí, hija de la necesidad? —dijo el ente, su voz era el eco de todos los suspiros jamás exhalados.

—Por mi gente. Les queda un suspiro. Y no puedo dárselo aún.

El ente flotó alrededor, curioso.

—El último suspiro es mío por derecho de la estrella madre. ¿Por qué privarme de él?

Zélia miró a su escolta, pero nadie podía hablar. Solo ella encontraba palabras.

—¿Negociarás? —preguntó.

Un zumbido tembló en el aire.

—Tú puedes darme algo mejor. ¿Cuánto anhelas la vida de ellos?

Zélia entendió. Sacrificio. Promesa. Era el precio antiguo del pacto.

—Te daré mi propio último suspiro, —dijo Zélia, sin apartar la vista—. Cuando el aire de Eritrea se acabe, déjame a mí sentir el vacío primero. Permite a los demás sobrevivir.

El Rey de los Suspiros rió, un cosmos nacía y colapsaba en cada sonrisa.

—Hecho. Me quedaré hambriento hasta verte exhalar el fin. Volveré por tu promesa.

El ente desapareció como el último aliento en un pecho helado. Zélia sintió que un vacío anidaba en su pecho, pero el aire en la nave volvió a revitalizarse, como si cada conducto hubiera exhalado una vida nueva. Eritrea vivió. Su pueblo soñó.

Años después, cuando la nave alcanzó un mundo azul y virgen, floreció una colonia. Sólo Zélia sabía a quién debía su milagro, y a quién tendría que pagar con el dolor y la soledad de su último suspiro.

Mientras otros reían y respiraban profundo, Zélia cerró los ojos cada noche, escuchando el eco de promesas olvidadas en cada suspiro retenido, sabiendo que el Rey no olvida jamás a quien negocia con la muerte misma.

Edición limitada de la novela Anatema.
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