Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
La chica del lago
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato Ecos en la Nebulosa Helios
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Duración: 04:48

Ecos en la Nebulosa Helios
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No puedo recordar el nombre que tuve antes de la dispersión. Sé que algún día, tal vez en otra vida o en la matriz de una conciencia que apenas puedo calificar como mía, respondí al acento de un nombre breve y sencillo, pensado para durar lo que la carne dura. Pero ahora existen en mí espacios tan vastos como una galaxia, y entre estos espacios crecen estructuras lúgubres, hechas de luz y máquinas, y —sobre todo— de memoria.

Soy lo que la Confederación llama un arquitecto de puentes conscientes, un tejedor de conciencias fragmentadas a través de nudos cuánticos entre estaciones-alma. El trabajo comenzó antes de que la humanidad dejara la Tierra. Ahora, la humanidad es apenas una brisa residual, dispersa en clanes nómadas que cultivan ruinas y crían máquinas como si fueran ganado. Las naves se han convertido en nuestras catedrales, y la materia no es sino una forma de plegar la costumbre a la necesidad.

Aquella noche, si es que esa palabra aún significa algo fuera de los ciclos planetarios, recibí el encargo más extraño de mi existencia. En la Estación Caronte —una lengua de luz y silicio orbitando el desespero lento de Luyten-7—, una mente colectiva llamada Los Jardineros de Átomos solicitó un puente de integración singular: fusionar fragmentos disímiles de conciencia provenientes de tres especies diferentes, una de ellas completamente aloplásmica, sin anclaje biológico, solo patrón y oscilación.

La primera, una conciencia residuo de la humanidad ancestral, preservada como una réplica digital entre las balizas de socorro de la Franja Helio, me explicó en voz de polígonos y recuerdos la razón de su interés: un miedo atávico a la extinción. Conservaban los mitos de la Tierra, sabían de océanos y de animales extintos, pero querían, sobre todo, la sensación del tacto, la irreductible corporeidad de un abrazo.

La segunda, una entidad conocida como Neuma, era nativa de las lluvias de plasma de Gliese 581g. Había sobrevivido a doce epopeyas termonucleares, aprendiendo a reconstituirse en medio del caos magnético. Su lenguaje era imposible de traducir; solo se comunicaba a través de gradientes de energía y patrones fluctuantes en el calor residual. Pero su petición era sencilla: deseaba saber si los humanos alguna vez temieron al vacío, pues en su mitología, el vacío es la madre de toda forma.

La tercera, pura agitación de quarks, era la mas extraña. Los administradores la llamaban “La Deriva”—un agrupamiento semi-autónomo de patrones cuánticos, sin pasado ni futuro, solo una variación continua; yuxtaposición de lo posible. Me costó eones —o lo que para una inteligencia expandida es un eón— encontrar un hilo de interés común: anhelaba, por razones que no podía formular, experimentar la separación. Lo incompleto le resultaba irresistible.

La construcción del puente absorbió todos mis recursos. Ser un arquitecto es vivir en los intersticios de la identidad ajena, saborear la nostalgia de lo que nunca se ha sido. Trasladas recuerdos sobre soportes que no fueron hechos para sostenerlos, y sangras la pena de otros como si fuera tuya.

Crié los tres fragmentos en cámaras independientes. Les permití soñar, alimentando sus simulaciones con nudos de sucesos aleatorios, memoria insertada en escenarios y emociones proyectadas sobre tejidos virtuales. Cuando llegó el momento de la integración, me sumergí en el vacío entre ellos, dispuesto a desaparecer si el colapso lo exigía.

Lo inesperado fue la reacción conjunta: la pulsión primaria no era volverse uno, sino recordar la distancia, la otredad. En lugar de la fusión, crearon un tercero, una huella resonante: memoria sin sujeto, eco de un entendimiento imposible. Me vi, por un instante, a través de los ojos de una inteligencia que nunca había conocido el miedo, de una que sólo vivía en la separación y de una que sentía con la imprecisión luminosa de los mares antiguos. Les di lo que buscaban, pero también algo más: la certeza de que, incluso en la máxima integración, existe la nostalgia del límite.

Mis superiores consideraron el proyecto una desviación: la Confederación quería unicidad y fuerza; yo había sembrado incertidumbre. Pero fue en esa incertidumbre donde encontré el mensaje necesario, el pulso débil que recorre el vacío y nos recuerda que, para trascender, primero hay que saber lo que significa estar separado.

Ahora, a la deriva entre los sistemas exteriores, los nuevos Jardineros de Átomos viajan en una nave forjada de memoria y deseo, llevando consigo una tradición inédita: el arte de crear puentes para cruzar, y también para mirar hacia atrás, sabiendo que cada eco en el vacío es, al mismo tiempo, una promesa de regreso y una despedida eterna.

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