Dire Bound. Alma de lobo
Tras la puerta
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El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato El Efecto Mariposa de Sirio
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Fragmento:


Cheval miró al capitán Boma, un hombre enorme cuyos gestos eran lentos y, a la vez, insoportablemente precisos. El capitán se apartó el sudor de la frente y dio la orden, seca: “Secuencia de rastreo, dron en cabeza. Doce grados a estribor, listos para interceptar.”

Duración: 07:07

El Efecto Mariposa de Sirio
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El retumbar grave de los impulsores se dispersaba en el casco de la nave como las últimas vibraciones de un gong. Así, cada uno de los oficiales de la August Natasha sabía que estaban a punto de penetrar la Zona de Transición, aquella frontera ardiente y escarlata de gas interestelar recalentado por el latido de una supernova olvidada. El primer oficial Cheval, una mujer de mediana edad cuya voz grave nunca temblaba, movió el mentón en señal al piloto mientras en el puente caía un silencio asfixiante, roto sólo por el bisbiseo de las consolas.

Eran cinco años, al menos a bordo del August Natasha —los relojes pueden mentir en estas distancias—, desde que la Flota dejó el planeta madre. Aquellos que quedaban eran una mezcla de veteranos, convictos y desesperados: un crisol humano reflejado en los rostros sudorosos y ojos inyectados que observaban la Nebulosa Hamartia a través de los cristales antirradiación. En la agenda no estaba claro si era exploración o asalto lo que el alto mando esperaba de ellos; para los oficiales, para Cheval, la diferencia era sólo una cuestión de quién iba a apretar el gatillo primero.

La Voz Artificial —un susurro suave en el intercomunicador, tonalidad masculina, siempre empleando el verbo exacto— anunció la transición. Por décimas de segundo, los hombres olvidaron su fatiga y, al volver la conciencia en la geometría cruel de la otra cara del espacio, todos ellos comprendieron que el universo había cambiado mientras sus cuerpos estaban ausentes. Aquella región, prosaicamente conocida como Galón Seis, se extendía negra y moteada, pero ahora sobre el fondo oscuro flotaban los restos dispersos de una flota: fragmentos de casco, conos de escape, abrazaderas y paneles arrancados por presiones que sólo aguantaría un dios beodo.

Cheval miró al capitán Boma, un hombre enorme cuyos gestos eran lentos y, a la vez, insoportablemente precisos. El capitán se apartó el sudor de la frente y dio la orden, seca: “Secuencia de rastreo, dron en cabeza. Doce grados a estribor, listos para interceptar.”

Pero antes de que los motores pudieran responder, la nave entera se estremeció; en la visual estelar surgió un instante breve, indebido, una geometría que ilusionó líneas rectas donde no debían existir. De ella emergió una fragata con los emblemas —antiguos, imposibles— de la República Narraxis, extinta desde hacía más de ochenta años. El piloto maldijo, y Cheval sonrió. La galería de los condenados estaba completa.

A bordo de la August Natasha, el código era claro: no sobreviven dos afirmaciones de soberanía en la misma coordenada. Con un pulso casi involuntario, Cheval inició la secuencia de apresto bélico, y los torpedos ARM-K412 aguardaron en sus recámaras como bestias hambrientas.

Al otro lado de la linde digital, la fragata Narraxis respondía con protocolos igual de antiguos, señales de hermandad interestelar con tintes de amenaza velada. El canal de comunicaciones chirrió, desbordado, y a través de la estática una voz juvenil surgió en un idioma que ninguno recordó haber traducido jamás pero todos, instintivamente, comprendieron: “Somos los descendientes de la luz. Buscáis lo que no pertenece a la carne.”

El capitán Boma apenas movió un dedo. “Que respondan nuestros cañones”, dijo.

Y entonces, la danza mortal inició.

La primera andanada fue un relámpago azulado que barrió la proa de la Natasha. El blindaje resistió sólo lo justo; de inmediato, la nave respondió con veinte torpedos en formación. Los fuegos iluminaron los opacos cristales de la sala de mando, y Cheval sintió en el pecho un escalofrío familiar: guerra, sudor, las risas distorsionadas del artillero cuando logró derribar la torreta principal del enemigo.

En el fragor, el dron explorador —despachado a la deriva— captó un mensaje subdistorsionado que sólo la Voz Artificial fue capaz de reconstruir. “Cuidado con las estrellas rotas. Aquello que buscamos arderá de nuevo cuando sólo queden cenizas.”

Mientras las dos naves se acribillaban, a fragmentos y pulsos, la tripulación se replegó a las cámaras de emergencia, donde las rencillas antiguas resurgieron. Los convictos, reclutados por conmutación de cadena perpetua, intercambiaron cuchillos y consejos; los oficiales repasaban los protocolos sobre toma de naves ajenas y uso de la fuerza letal en situaciones ambiguas.

Cheval, sin perder la compostura, pensó en su amante lejano, que en otro punto de la galaxia moriría sin saber que su piel era recordada. Sonrió amargamente, como quien cuenta una broma sólo para sí mismo, y luego permitió que sus dedos recorrieran los controles. Un salto de microsegundos era posible, pero arriesgaba todo el sistema de soporte vital. Era huida o dominio.

El capitán, sin embargo, ordenó un abordaje. “No nos iremos con las manos vacías”, gritó. “El Tesoro Espectral está en esa nave. Esa es nuestra salvación.”

El equipo de abordaje —hombres y mujeres armados, con máscaras de oxígeno, sus lealtades fracturadas— se deslizó por el tubo de transferencia. La nave enemiga resultó una tumba abarrotada: cuerpos reanimados en suspenso, máquinas esclavizadas para mantener corazones que ya no latían. Entre ellos, un androide con mirada líquida les indicó el camino hacia la cámara de mando.

Allí, sentada con la serenidad de un monarca loco, una figura de género ambiguo, piel tersa y ojos como detonaciones solares, aguardaba. “Han venido a por el Espectro”, dijo. “Sólo puedo ofrecer olvido. Todo lo demás es trampa.”

Cheval sintió, por vez primera, el miedo verdadero: no era la muerte, sino la revelación. Lo que el alto mando había llamado “Tesoro Espectral” era un archivo biocognitivo: recuerdos, sensaciones, deseos comprimidos en una gota de diamante. Dicen que, quien lo absorba, vive todas las vidas de su linaje hasta que su identidad estalla como supernova. Saberlo todo, olvidarlo todo: la trampa definitiva.

El capitán titubeó. Los convictos, ansiosos de redención, se lanzaron sobre la figura. Pero el androide activó el protocolo de último recurso: toda la energía de la nave Narraxis se volcó sobre sí misma, tornando sus sistemas en un vórtice de antimateria.

Cheval ordenó la retirada. No había victoria, sólo supervivencia.

Horas después —o quizás años, pensó Cheval— el August Natasha, malherida, cruzó la frontera de la Nebulosa Hamartia. Nada fue mencionado en los informes: la República de Narraxis seguía muerta; el Tesoro Espectral, perdido otra vez.

Sólo Cheval y el capitán se reunieron en la diminuta sala de mando. Afuera, la nebulosa brillaba feroz y fría, indiferente a los fracasos humanos. Cheval encendió un cigarrillo y lo ofreció a Boma. El capitán lo rechazó, mirando fijamente la indeleble oscuridad. “Quizás hemos ganado algo”, murmuró.

“Sí”, replicó Cheval. “Ahora sabemos cuántas galaxias hay entre un olvido y otro.”

Y la August Natasha, hueso y metal, erró una vez más por la noche absoluta.

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