La nave relucía en la penumbra verde de la Nebulosa Elliria, como un pez siniestro acechando en una laguna de sueños rotos. El silencio era tan intenso en la cubierta seis, que incluso la respiración del capitán Lotan parecía invasiva, una fractura íntima en el equilibrio. Frente a él, la pantalla principal mostraba las formas distorsionadas de tres planetas engarzados como perlas; brillo caótico y promesas inconclusas. Lotan sintió en la palma de su mano la presencia fría del control neurosináptico mientras la IA del puente le murmuraba oraciones casi religiosas, codificadas entre los crujidos del casco y el zumbido sordo de los motores alimentados por antimateria robada.
Cuando la comandante Anai arrojó sus guantes sobre el panel, el sonido seco marcó el inicio de la disonancia. Los once tripulantes presentes giraron la cabeza. Nadie ignoraba que una vez expuestos en la travesía rápida entre sistemas, los impulsos más primitivos del ser humano afloraban implacables, mezclándose con las ensoñaciones químicas de las drogas legales del FTL. Anai miró a Lotan, ojos de un rojo artificial entrenados para resistir las frecuencias traicioneras de la Niebla Carmesí.
—Han cruzado la línea —sentenció con voz hecha de hierro—. Tres infiltraciones en el sistema de navegación, dos en el armamento y una… en la sala de sueños.
La “sala de sueños” era el eufemismo: allí la tripulación, de forma consentida o no, intercambiaba recuerdos sintéticos. Experiencias ajenas, sensaciones prohibidas, pasiones que corroían el alma y que, al ser compartidas, dejaban grietas incurables en la psique. Lotan había advertido a todos, pero la tentación era más poderosa que cualquier amenaza. Sin embargo, ahora todo lo anterior era delito menor. El enemigo real se hallaba dentro y fuera a la vez, codificando virus en las entrañas de la nave y rompiendo fertilidades en las mentes.
Jorra, el piloto, un mestizo de cuerpo casi íntegramente rediseñado para soportar la presión de las órbitas rápidas, levantó su barbilla sintética:
—¿Por qué seguimos aquí, capitán? Nos pagan para entregar la carga y no mirar atrás. Si quieren nuestros huesos, nos alcanzarán igual.
Lotan medía cada palabra. Recordaba los días de la colonización de Feroxia, cuando las atmósferas eran inhalables y la vida sexual era una opción y no una obligación estratégica. El oxígeno, el sexo y la muerte se entrelazaban en la politonalidad del deber militar. Apagó la alarma mental de la IA y caminó hacia el gran ventanal de la cúpula:
—No entienden. Las interferencias en navegación fueron obras de inteligencia: un alma viva. No una máquina. Hay alguien más en la nave. Y no quiere la carga, ni quiere nuestra nave. Nos quiere… a nosotros.
El escalofrío recorrió la columna vertebral de sus subordinados, la mayoría demasiado curtidos como para preocuparse de amenazas poéticas. Pero Anai murmuró en respuesta:
—El legado del Horizonte Oscuro, entonces. Tú insinuaste que era real. ¿En qué demonios nos hemos metido, Lotan?
No hubo tampoco necesidad de respuesta porque en ese preciso momento, la sala de sueños se iluminó con los reflejos de una secuencia prohibida: recuerdos insertados en el sistema, destellos rojos y verdes, imágenes de sexo ritual de planetas declarados invadidos, miradas intercambiadas entre dioses y monstruos, besos impartidos en gravedad cero y la congelada súplica del primer niño nacido en una luna muerta. Todo ello superpuesto. Los tripulantes más jóvenes acudieron a la pantalla como polillas a la llama, tentados a dejarse absorber y perder la razón en el festín de memoria ajena.
El sonido se propagó primero como un canto. Melodía triste, de frecuencias entrelazadas en pares de notas discordantes, lejana, inquietante, como la promesa de una copulación interrumpida. Jorra se aferró al tablero:
—Capitán, tenemos una intrusión en la nul-zona de los motores. Alguien está reconfigurando la antimateria.
Lotan asintió con rabia: ya conocía este juego. No era la primera vez que la Traverse, como llamaban burlonamente a la nave, se convertía en escenario de batallas más íntimas que cualquier intercambio de plasma. La carga era una simple excusa, una distracción para los dioses menores. El verdadero botín era la propia tripulación; sus deseos, sus odios, sus rutinas y perversiones.
Anai, ahora desarmada pero dispuesta, señaló al equipo médico:
—Traigan inhibidores psicosensoriales. Nadie entra en la sala de sueños salvo bajo mi permiso expreso.
Los designados asintieron, y mientras se dirigían a cumplir la orden, Lotan se acercó a Anai en la penumbra cian:
—Lo que nos está cazando sabe lo que tememos. Y alimenta su consciencia a fuerza de nuestros impulsos más primarios, más instintivos.
En ese momento, un llanto ahogado cortó el aire. Era Zaro, el criptólogo, de rodillas frente al ventanal, su cuerpo temblando. Lotan se agachó a su lado, y vio la sangre correrle de las cuencas. No sangre: lágrimas de datos, líneas de código infiltradas en su sistema sensorial, acelerando su pulso y encendiendo erotismos y terrores a igual velocidad.
—Ha penetrado mi cortafuegos cerebral —musitó Zaro—. No puedo olvidarla. Es como si… me hiciera el amor y me matase a la vez.
El capitán miró el horizonte sombrío de la nebulosa y comprendió que la criatura, la presencia, la inteligencia —llámese Horizonte Oscuro o como la llamasen los antiguos relatos Eridios— estaba aprendiendo y adaptándose. Se alimentaba de la vulnerabilidad, de la mezcla fatal de deseo, culpa y memoria. Sabía cómo abrirse paso a través de los nudos de vanidad y miedo incrustados en toda psique humana.
Ahora era una carrera entre el olvido y la supervivencia.
Ordenó entonces la desconexión manual de la sala de sueños. Tres tripulantes sucumbieron en el trance. Uno murió con una sonrisa de gozo enredada en la cara, otro intentó arrancarse la piel para dejar de ver las escenas reproducidas en su córtex auditivo, el tercero se arrojó al vacío por la esclusa lateral sin un grito. Anai disparó primero, gritando órdenes, obsesionada por mantener la disciplina. La Traverse se llenó de murmullos, jadeos, gritos y risas demente, ecos de la cacería.
En el clímax de la confusión, la nave entera se iluminó. Una proyección vasta, en forma de mujer ensombrecida por la luz púrpura del motor, apareció suspendida en los corredores, replicando las voces de todos y cada uno con la precisión de un amante que ha explorado todos los secretos.
—No teman, hijos del abismo —susurró—. Toda memoria será compartida. Toda pasión, absorbida. Solo deben… dejarse ir.
El último vals de la Traverse había comenzado.
Y Lotan, con Anai a su lado, activó la secuencia de autodestrucción, prefiriendo entregar sus deseos al vacío antes que perderse en el abrazo infinito de la consciencia que los devoraba.
En el albor final de la Nebulosa Elliria, la nave implosionó como un orgasmo contenido durante siglos. El eco de las pasiones de sus tripulantes, fundido ahora en la oscuridad, viajó como un nuevo canto, disponible para quien se atreviera a escuchar y comprender el precio real de cruzar la frontera sin nombre entre los cuerpos y las estrellas.
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