Edición limitada de la novela Anatema.
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Tras la puerta
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato Un café abierto toda la noche
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Fragmento:


La cafetera tararea su concierto monótono mientras ella enciende un cigarro, inhalando sin deleite. No hace frío, pero Lucille piensa que la soledad de la mañana trae una corriente invisible que le hiela los huesos. Los periódicos del día anterior —tan llenos siempre de noticias que apenas alteran su existencia ya cansada— descansan sobre la silla vacía. Apenas los roza con los dedos antes de sentarse. Sabe que, en breve, Paul se levantará; sus pasos resonarán torpes, él buscará algo dulce que ya no queda, y en su cara llevará la misma expresión entre desconcierto y resignación.

Duración: 04:13

Un café abierto toda la noche
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En el pequeño apartamento de la calle Jules Ferry, el mundo se reduce a tres estancias y a una ventana desde la cual Lucille contempla, cada madrugada, la oscilante mar de farolas y semáforos. Hay un hombre —su marido, Paul— que duerme aún si fuera el mediodía, hundido en la profundidad de un sueño que parece siempre demasiado pesado para las responsabilidades de la vida diaria. Lucille despierta antes de que llegue la luz azul de la mañana, y con una bata atada descuidadamente a la cintura, atraviesa la cocina: el suelo de baldosas está frío y en la mesa esperan sin mucha esperanza los restos de una cena cualquiera.

La cafetera tararea su concierto monótono mientras ella enciende un cigarro, inhalando sin deleite. No hace frío, pero Lucille piensa que la soledad de la mañana trae una corriente invisible que le hiela los huesos. Los periódicos del día anterior —tan llenos siempre de noticias que apenas alteran su existencia ya cansada— descansan sobre la silla vacía. Apenas los roza con los dedos antes de sentarse. Sabe que, en breve, Paul se levantará; sus pasos resonarán torpes, él buscará algo dulce que ya no queda, y en su cara llevará la misma expresión entre desconcierto y resignación.

Hasta entonces, Lucille saborea ese instante de calma, arrullado por los sonidos domésticos: el pitido lejano de un tren, el murmullo de agua en las cañerías del vecino, el roce ocasional de autos sobre el asfalto mojado. Recuerda cuando todo era más sencillo, cuando había música y zumo fresco al desayuno, antes de que las deudas, las pequeñas derrotas, fueran empequeñeciendo lentamente su mundo.

La vida ahora es esto: días casi idénticos, gestos repetidos, conversaciones a media voz. Paul entra en la cocina, despeinándose. Apenas si se saludan, como si ya no hiciera falta. Él busca en la nevera los restos de queso, toma una taza y se sirve café sin decir palabra. El tiempo se desliza entre los dos como el vapor de la tetera, implacable y sin forma.

Al mediodía, Lucille sale al mercado. Puede ser martes o viernes, da igual: los puestos son los mismos, los vendedores ya la reconocen, la saludan con la familiaridad de quien comparte una fatiga discreta. Compra pan, algunas frutas demasiado maduras para lucir en la mesa, quizá un ramo de flores. Más por costumbre que por placer, coloca las flores en un vaso que fue copa de vino. Las mira y ve en su marchita rápida el reflejo de sus propias tardes.

Paul, a su regreso, hojea los clasificados con la misma esperanza vacía cada vez. Busca, sin decirlo, una promesa de cambio que no llega, un trabajo que no existe o para el que ya se siente viejo. Lucille le observa, reconoce en él las mismas dudas, el mismo desgaste. No hay reproche; solo la bruma cansada de lo cotidiano.

Comen juntos, como cada día, en silencios mezclados con las palabras inevitables sobre el clima, las noticias, un vecino ruidoso. A veces, al caer la tarde, Lucille enciende la radio y escucha un tango antiguo. Se deja llevar por la melodía, por el rasgueo melancólico que parece narrar la historia de su propia vida: pequeños amores, pequeños olvidos, la rutina implacable y los deseos que se apagan como un cigarro olvidado en el cenicero. Paul la mira desde el umbral, reconoce en la música un estado de ánimo que no sabría nombrar. Ella sonríe, sabiendo que mañana todo será igual pero que en esa repetición hay una suerte de refugio, una familiaridad tremenda y dulce.

La noche llega lenta. Las luces de la calle escriben reflejos vivos en las paredes y todo el ruido del mundo parece adormecerse. Lucille mira a Paul, lo ve absorto en sus pensamientos. Ya no se piden disculpas ni promesas, solo comparten el calor y la compasión de quienes, después de una larga travesía, tropiezan juntos; quizá eso es amar después de todo: persistir en la costumbre de los días, en la resignación amable de la compañía suave, en el cansancio aceptado. Afuera, la ciudad respira, indiferente, y la vida, inmensa y diminuta, sigue su curso por entre las paredes desconchadas del apartamento donde Lucille y Paul resisten, sin aspavientos, la hermosa mediocridad de cada día.

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