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Portada del relato Desayuno tardío
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Fragmento:


El teléfono vibró, breve, sobre la mesa. Un mensaje de voz de su madre: "¿Te acuerdas de que hoy es el cumpleaños de Ania? Llámala, por favor". Irina suspiró, apagó el móvil sin responder. Recordar las fechas ajenas le parecía a veces un acto hercúleo, una señal de que todo aquello —el lazo entre las personas, la memoria compartida— era mucho más frágil de lo que la gente suponía.

Duración: 04:46

Desayuno tardío
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Irina sostenía una taza de café entre las manos, sus dedos rodeándola como si en ese gesto solitario encontrara un ancla en medio del apacible naufragio de la mañana. El reloj marcaba las diez y treinta y dos minutos, aunque no parecía que el tiempo tuviera mucha importancia en esa estancia. Arriba, en el piso segundo, alguien arrastraba una silla, un sonido seco que, misteriosamente, resonaba como un recordatorio de que la vida ocurre justito detrás, a través de tabiques, de paredes de gotelé imperfecto.

Fuera, la ciudad giraba en su leve desfile de rutinas: el sonido distante de una ambulancia, el camión de la basura interrumpiendo el murmullo de las palomas, y la señora Helena paseando a su perro pequeño, que persistía en husmear los mismos rincones día tras día. Irina apreciaba esa presencia repetitiva —no la de la señora ni la del perro, sino la del mundo continuando, obstinadamente igual.

Echó un vistazo a la mesa: el periódico arrugado, un sobre sin abrir de la luz, una mancha de mermelada seca sobre el mantel. Cada objeto parecía tener su pequeña historia intrascendente, esa de la que nadie habla y, sin embargo, compone la vida. Pensó en si debía levantar la mesa, darse una ducha, empezar el informe que le reclamaban desde hacía dos días. Pero se quedó allí, quieta, entre el vapor tibio del café y el reflejo tembloroso de la ventana sobre la pared.

Desde esa ventana podía ver la fachada de enfrente. Sabía quién vivía allí, aunque no sus nombres: la mujer joven de cabello rojizo que solía salir apresurada con un abrigo largo, el hombre mayor que regaba plantas en el alféizar, la pareja que discutía suavemente al caer la tarde. Irina sentía cierta ternura por todos ellos, por su presunta normalidad, por su voluntad de pasar inadvertidos en medio de la inmensa y anodina maquinaria urbana.

El teléfono vibró, breve, sobre la mesa. Un mensaje de voz de su madre: "¿Te acuerdas de que hoy es el cumpleaños de Ania? Llámala, por favor". Irina suspiró, apagó el móvil sin responder. Recordar las fechas ajenas le parecía a veces un acto hercúleo, una señal de que todo aquello —el lazo entre las personas, la memoria compartida— era mucho más frágil de lo que la gente suponía.

Alzó la vista al techo. Un arañazo largo atravesaba la pintura. Era extraño, porque Irina juraría que no estaba ahí la semana pasada. O quizá sí, pero sólo ahora reparaba en ello, como si las cosas sólo existieran cuando una decide, sin querer, reparar en ellas. Se preguntó si la vida era así: pasar por los días rozando el significado, dispuestas a ver sólo lo que el cansancio, o la costumbre, nos dejan ver.

De repente, sonó el timbre. No esperaba visitas. Se quedó inmóvil unos segundos, dudando si levantarse. Pero la insistencia del timbre rompió el hechizo plácido y se obligó a caminar hasta la puerta, arrastrando las zapatillas contra el parquet, sintiendo el leve frío colándose por la ventana entreabierta.

Abrió. Era Sofía, su vecina del tercero, cargada de bolsas del supermercado. Cabello en desorden, mirada rápida y un tono de voz que siempre parecía urgido por alguna cita invisible.

—Hola, Irina, ¿puedes guardarme estas bolsas? Se me ha averiado la cerradura y estoy esperando al cerrajero.

Irina asintió. Ni siquiera preguntó detalles, una especie de pacto tácito entre gentes que comparten edificio y sólo saben lo justo unas de otras. Sofía dejó entrar el olor de fruta y detergente, depositó cuidadosamente las bolsas en la alfombra y, con un murmullo de disculpa, desapareció escaleras abajo. Irina cerró la puerta y contempló el botín provisional: mandarinas, una botella de leche, pan de centeno, una caja de galletas abiertas.

Se sentó de nuevo a la mesa, observando aquella compra ajena con una curiosidad tranquila y, por qué no, una pizca de envidia. Los objetos de Sofía parecían más reales, más necesarios, envueltos incluso en una suerte de propósito. Irina se preguntó si ella misma, vista desde fuera, podía parecer así: alguien en medio de la vida, con tareas, con objetivos. O si, en cambio, era sólo alguien sosteniendo una taza, posponiendo hasta el infinito la decisión de empezar a vivir de otra forma.

El café, enfriado, supo a melancolía. Por la ventana, la mujer del abrigo largo salía a la calle, y durante unos segundos Irina imaginó seguirla, ver hacia dónde la llevaba la urgencia, abrazarse también a la prisa como si fuera un antídoto contra el letargo. Pero no se movió. Cerró los ojos y respiró el aroma a fruta que las bolsas de Sofía habían dejado en la estancia, como una promesa de que después vendría algo, cualquier cosa, diferente a esa lentitud suspendida.

Al fin y al cabo, pensó Irina, la vida eran estos minutos de indecisión, estos ruidos que ocurren fuera, estas pequeñas irrupciones en la costumbre. Tal vez mañana tampoco abriría el sobre de la luz o, quizá, sí llamaría a Ania para felicitarla. No lo sabía, pero sintió que lo importante era ese instante de conciencia: la pausa en que uno se permite mirar, sin hacer nada, cómo la luz del mediodía inventa dibujos distintos en la pared, mientras la ciudad, por costumbre, sigue girando afuera.

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