Fragmento:
Esa mañana, Helen McCarthy se despertó con el sonido de los grillos colándose entre las persianas venecianas. Por alguna razón, dormía mejor cuando podía oírlos, incluso si el verano se le pegaba a la piel y la hacía sudar desde antes de que saliera el sol. En la cocina encontró el reloj de pared parado desde la noche anterior —tenía pila para cambiar, pero decidió no pensarlo— y se preparó café en la cafetera italiana abollada. Sabía bien que la abolladura no afectaba en nada al gusto ni al resultado, pero por alguna superstición heredada de su madre, sentía que la bebida salía de una cafetera así tenía algo de suerte, o al menos de amparo para el día.
Duración: 04:25
Esa mañana, Helen McCarthy se despertó con el sonido de los grillos colándose entre las persianas venecianas. Por alguna razón, dormía mejor cuando podía oírlos, incluso si el verano se le pegaba a la piel y la hacía sudar desde antes de que saliera el sol. En la cocina encontró el reloj de pared parado desde la noche anterior —tenía pila para cambiar, pero decidió no pensarlo— y se preparó café en la cafetera italiana abollada. Sabía bien que la abolladura no afectaba en nada al gusto ni al resultado, pero por alguna superstición heredada de su madre, sentía que la bebida salía de una cafetera así tenía algo de suerte, o al menos de amparo para el día.
Miró por la ventana mientras el agua hervía y vio al gato del vecino, un animal lento y gordo, intentando capturar un gorrión despistado. El gato se rendiría, como siempre, y se quedaría echado sobre la piedra caliente, igual de satisfecho con fracasar que con cualquier otra cosa que le deparara la mañana. Helen pensó que hubiera sido agradable vivir así, con esa soltura para aceptar los días. Había llegado a los cuarenta y ocho sintiéndose siempre un poco fuera de sitio, como si la realidad fueran los demás: los hombres de trajes en el centro, los jornaleros en bicicleta, las madres hablando animadas a la puerta del colegio, y ella, con sus compras, sus listas, sus ritos pequeños.
Mientras el café se colaba perfumando la casa, pensó en llamar a Margo, su hermana mayor. La relación de ambas era algo así como una cuerda vieja, llena de nudos y repeticiones, que de pronto parecía floja y a punto de romperse, pero con un simple tirón, volvía a estar en su lugar. Siempre decían que hablarían más, y siempre se demoraban demasiado en cumplirlo. Sus conversaciones solían ser sobre lo que no decían: la enfermedad de su madre ya muerta, las casas en las que no vivieron, los hombres de los que se alejaron, los hijos que nunca llegaron. Helen giró el móvil entre sus manos, pensando si esa mañana peculiar valía una llamada, pero el café burbujeando la distrajo.
Se sirvió poco, en una de las dos tazas de porcelana azul que habían sobrevivido a las mudanzas. Miró la otra taza, ahí solitaria, y por un momento consideró ponerla también sobre la mesa, para la compañía que nunca llegaría. Después la dejó en el armario y llevó la suya al pequeño balcón al este de la cocina. Se apoyó en la baranda oxidada, desde la que podía ver el edificio de ladrillo de enfrente —ventanas abiertas, ropa colgando, alguien regando plantas en el tercer piso, un niño acodado observando algún punto en el cielo.
La vida de sus vecinos también tenía esa vibración leve, esa corriente subterránea de cosas no dichas. El hombre de la regadera era nuevo, vivía ahí con una mujer joven; nunca los veía juntos, y eso la hacía preguntarse con cierta ternura en qué etapa estaban, si la de las promesas o la de los silencios feroces. Se dijo que no tenía derecho, y sin embargo, no podía evitar mirar y hacerse preguntas. Quizá todos funcionaban así: asomados a la vida de los otros, temiendo y deseando al mismo tiempo ser descubiertos.
Después del café, Helen se entretuvo ordenando el armario. Sacó prendas que ya no usaba —un vestido amarillo, una bufanda tejida por su tía antes de que se fuera a vivir al sur— y las apiló junto a la puerta. Ni siquiera sentía nostalgia, más bien cautela: pensar demasiado las cosas las convertía en piedras en el estómago. Pero había aprendido a dejar ir algunas cosas. Su madre decía que la vida era como esa caja pequeña de hojalata en la que guardaban botones y dedales: uno perdía la cuenta de lo que metía adentro, pero a veces había que vaciarla y empezar futura, aunque fuera con sólo tres botones y una aguja.
El teléfono vibró en la mesa y por un instante, Helen imaginó que era Margo. Pero era sólo un mensaje automático de la compañía del gas. Se sintió tonta por la punzada de desilusión, pero también le arrancó una sonrisa. A veces una esperaba que la vida tomara forma en cosas tan, tan pequeñas: un nombre en la pantalla, una noticia inesperada, el cambio de estación anunciado en la ventana. Al final del día, pensó Helen, esto es lo que queda: los grillos en la ventana, el café a medio tomar, el misterio justo al otro lado de una cocina tibia. Y los zapatos bajo la cama, siempre juntos, nunca completamente dispuestos a salir, pero nunca muy lejos de la puerta.
Y como cada tarde, después de almorzar sola y repasar mentalmente una lista absurda de cosas por hacer (llamar a Margo, regar la planta, recoger la bufanda del tinte), Helen se sentó en la butaca junto a la ventana. El sol caía oro sobre los muros y la luz parecía otra cosa, no tanto promesa de futuro como la dulzura de un momento que sabe que no será repetido. Oyó, a lo lejos, la risa de una pareja en bici, los pasos de alguien sobre la grava, el crujir de una hoja al arrancarse del árbol. El mundo, pensó, seguía allí, multiplicándose, inventándose cada mañana. Y por primera vez en semanas, Helen pudo respirar hondo, confiada, dejando entrar el aire justo hasta el fondo de sus pulmones.
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