Fragmento:
Gérard se desperezó. Cada hueso le crujía con la franca honestidad de los años que pesan, pero también con ese placer breve que regala la rutina. Sobre la mesa, un plato con las migas del desayuno anterior invitaba a la resignación: esa pereza de lavar sin causa ni urgencia, el brillo apagado de la porcelana atacada por los días. Él miró el reloj —un artefacto acuchillando con paciencia los minutos que aún no le pertenecían—, y después se inclinó para recoger sus medias del suelo.
Duración: 05:52
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La luz de la ventana había cambiado de tono, y ese solo hecho, empequeñecido y sin embargo perceptible, era cuanto bastaba para que Gérard abriera los ojos en la penumbra de su salón. No había sueño del que despertar, pues si era cierto que las sombras clementes del cansancio lo arrastraban cada noche, también era cierto que el mutuo pacto entre almohada y pensamiento nunca alcanzaba a cerrar las brigadas del recuerdo, ni sellar la interminable letanía de lo no dicho. A través del vidrio sucio, la ciudad apenas murmuraba, confabulando nuevos inicios para los mismos gestos de siempre: el rasgueo de una escoba en el patio, el chirrido de un carrito de pan, la voz de la vecina que arrullaba una conversación invisible.
Gérard se desperezó. Cada hueso le crujía con la franca honestidad de los años que pesan, pero también con ese placer breve que regala la rutina. Sobre la mesa, un plato con las migas del desayuno anterior invitaba a la resignación: esa pereza de lavar sin causa ni urgencia, el brillo apagado de la porcelana atacada por los días. Él miró el reloj —un artefacto acuchillando con paciencia los minutos que aún no le pertenecían—, y después se inclinó para recoger sus medias del suelo.
En la cocina, el café era el único rito que aún le pertenecía por entero. Una cuchara de azúcar, el golpe seco de la cafetera, el burbujeo que anunciaba otro fragmento de soledad. Gérard se apoyó en la encimera y por un segundo entretuvo la mirada sobre los azulejos, cada uno un testigo mudo de discusiones cíclicas, meriendas en silencio y alguna que otra risa prisionera. En este mosaico trivial, cada grieta era un capítulo, una huella no siempre querida. La vida, pensó entonces, era un relato de baldosas y tazas, apenas alterado por la fuga ocasional de una gota de leche o una llamada inoportuna.
Un golpecito se oyó en el techo, breve, como si la estructura de la casa quisiera recordarle su presencia. Gérard pensó en Clara, la vecina del tercero, la cual había dejado de saludarlo desde que, por un descuido o costumbre, él le devolvió el saludo demasiado tarde una fría mañana de diciembre. El saludo era todo cuanto compartían; ahora la ausencia era el nexo silencioso, un río estrecho entre dos islas idénticas.
El teléfono vibró con desgana. Era Lucie, su hija, un mensaje fugaz consultando detalles triviales: “¿Recuerdas dónde guardabas los álbumes de fotos?” Él pensó en responder, luego decidió esperar; las respuestas muy rápidas delataban un vacío de ocupación y eso, en cierto modo, le incomodaba. Miró hacia la poltrona, testigo de innumerables lecturas inconclusas, y reparó en el libro abierto sobre el reposabrazos: la página doblada era un marcapáginas vergonzante, una promesa no cumplida al autor.
Con el paso de las horas, la luz fue ascendiendo por las paredes, arañando los retratos amarillos acomodados sin regla ni concierto. La fotografía de Jeanne, su primera mujer, resistía un poco más arriba que las otras: un acto de desafío o tal vez la simple costumbre de no querer ver su sonrisa demasiado cerca. Gérard, al cruzar la mirada con el papel desvaído, sintió ese roce mortal de la memoria; la incertidumbre de si el amor era eso que sangra cuando no se pronuncia, o solo el efecto de una espera amarga.
Bajo la tibieza de la tarde, se animó a salir, cruzando el umbral sin ceremonia. En la escalera, los aromas de los hogares vecinos estallaban: cebolla rehogada, café recalentado, colonia barata. Cada puerta era una historia jamás compartida; por detrás, voces, televisores, risas que él recibía apenas como el rumor de una fiesta prohibida. Bajó con precaución, dominando el vértigo de los peldaños imprudentes. Al pasar por el buzón, un sobre blanco yacía solitario: cuentas por pagar, el recordatorio de una existencia administrada a plazos.
Al llegar a la calle, la humedad le subió por los huesos. Caminó hasta el banco de la plaza, aquel que en primavera compartía con otros viejos silenciosos, aliados en la faena de espiar palomas y lamentar el tiempo. No había nadie. Gérard se sentó e intentó leer el periódico: noticias de un mundo que ya no le pertenecía, escándalos y reformas, guerras que no cambiaban el vuelo de los gorriones. El papel temblaba en sus manos; la brisa jugueteaba con los pliegues. Cerró los ojos un instante y dejó que el sol, débil pero obstinado, le calentara la frente.
Al abrirlos vio, cruzando el parque, a un niño perseguido por su madre. La risa del pequeño, estridente, chisporroteó en el aire, un relámpago puro en el cielo gris de la costumbre. Por un segundo, Gérard sintió un deseo punzante de levantarse y hablar, o tal vez solo de esbozar una sonrisa. Pero el impulso se fue diluyendo con el eco de sus pensamientos, hasta ser nada más que otra hoja caída en los pasillos de la tarde.
Volvió a casa cuando el frío empezó a tallar la ciudad. Subió las escaleras con la destreza resignada de quien ya conoce de memoria los caprichos del tiempo. Encendió una luz amarilla, de esas que apenas cuidan la soledad pero la tornan más amable. La noche empezó a replegarse en los rincones, y Gérard, sentado frente a la ventana, contempló cómo la vida seguía. Sin sucesos ni heroísmos, sino con la calmosa dignidad de las cosas pequeñas.
Se sirvió una copa de vino y, mientras soplaba sobre el cristal, pensó en contestar el mensaje de Lucie. En esa carta digital, tan gratuita como necesaria, estaba el puente a un mundo que, aunque se alejaba, aún podía visitar. Fue entonces cuando la última luz de la calle, la luz gastada al amanecer, titiló un segundo más antes de apagarse. Gérard sonrió, bípedamente humano, sabiendo que mañana todo volvería a empezar, y que la dicha estaba, quizás, en alegrarse por cada nueva gota de café y cada saludo por inventar.
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