Fragmento:
Era una tarde abotargada de sol y pereza, en la que Madrid parecía mecerse entre los estertores del verano y las primeras promesas del otoño. Doña Rita Morral, viuda de sesenta y dos años, había dado por concluidas las labores de limpieza en su modesto piso de la calle Argumosa y se dispuso a sentarse junto a la ventana. Allí, sobre la mesilla de madera deslucida por los años, reposaba una taza de café y una hilera de cartas dobladas. Cada misiva, atada con una cinta azul desteñida, provenía de distintas épocas de su vida y, aunque ya no eran leídas sino en noches de insomnio pertinaz, Doña Rita encontraba una especie de consuelo al contemplarlas.
Duración: 03:34
Era una tarde abotargada de sol y pereza, en la que Madrid parecía mecerse entre los estertores del verano y las primeras promesas del otoño. Doña Rita Morral, viuda de sesenta y dos años, había dado por concluidas las labores de limpieza en su modesto piso de la calle Argumosa y se dispuso a sentarse junto a la ventana. Allí, sobre la mesilla de madera deslucida por los años, reposaba una taza de café y una hilera de cartas dobladas. Cada misiva, atada con una cinta azul desteñida, provenía de distintas épocas de su vida y, aunque ya no eran leídas sino en noches de insomnio pertinaz, Doña Rita encontraba una especie de consuelo al contemplarlas.
Miraba hacia la acera, donde don Hipólito, el vecino del primero, enderezaba su bastón con una paciencia que rozaba el heroísmo. El hombre casi nunca saludaba, aunque en ocasiones, como si temiera ser sorprendido por un súbito impulso cordial, levantaba el ala del sombrero. Se detuvo, como cada tarde, frente a la tienda de ultramarinos. Doña Rita supo, sin apenas mirar, que compraría lo mismo de siempre: dos latas de sardinas y una barra de pan.
En el portal de enfrente, Leonor, la costurera, discutía con su hijo, un desafortunado muchacho que había cumplido veintiséis años sin otra ocupación aparente que pasear a su galgo. La conversación, aunque interrumpida por el ruido del tráfico, le llegó fragmentada: "...y después dices que me preocupo sin razón...". La vida, pensó Rita, es como un tejido que se remienda y deshilacha a un tiempo, siempre pendiente de caerse a pedazos.
El reloj que colgaba de la cocina, heredado de su madre, marcaba las seis y cuarto cuando el timbre la sobresaltó. Era mujer de pocas visitas y de menos sobresaltos, de modo que abrió con cautela, sabiendo de antemano que sólo podía tratarse de Ángeles, la portera, mensajera de los inevitables cotilleos de la vecindad. Ángeles traía, envuelto en papel periódico, un pequeño plato con torrijas sobrantes. "He pensado que usted, sola..., bueno, que le harían ilusión." Rita agradeció el gesto. No le gustaba admitirlo, pero en los últimos tiempos el contacto, aunque nimio, le resultaba sabroso como un sorbo de café caliente en plena madrugada.
Ambas se sentaron unos instantes. Comentaron que la inquilina del tercero se había marchado sin pagar la luz; que la hija de doña Antonia, la del cuarto, venía a menudo más triste que de costumbre; que en la plazoleta, por las tardes, el crepúsculo tardaba más en caer desde que habían podado los plátanos. Pequeños asuntos, apenas inquietantes, que forjan el latido subterráneo de tantas vidas.
Después, bien entrada la noche, Rita volvió a la ventana. Desde su asiento contempló la fatiga de las luces eléctricas, las sombras que se arrastraban por las paredes y el reflejo de sí misma en el vidrio: una silueta austera, de cabellos recogidos con esmero, cuyas manos temblaban sólo al intentar abrir una nueva carta, revivir un recuerdo, lo justo para notar que seguía respirando.
En la acera, don Hipólito pasaba de nuevo en dirección al portal. El galgo de la costurera tiraba de la correa, nervioso, como si oliera el misterio de la noche. Aquella ciudad mediana, imperfecta, estaba llena de cocinas donde hervían las lentejas, relojes sin cuerda, tazas de loza blanca y miradas que se cruzan apenas en el vaivén de lo cotidiano. Todo aguardaba el lento milagro de seguir existiendo, mientras las horas, tenaces, se empeñaban en avanzar una tras otra, siempre iguales y siempre distintas.
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