Powerless (edición especial limitada)
La grieta del silencio
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Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Novela El calendario del amor
Tras la puerta
Portada del relato El temblor lento de la porcelana
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Fragmento:


El sonido metálico de la llave en la cerradura anunció la llegada de Sabine, la vecina del tercer piso, quien, según la costumbre establecida, venía a tomar el desayuno los jueves. Sabine sonreía de esa forma en la que sólo las gentes solitarias aprenden a sonreírse mutuamente: no con espontaneidad, sino con el mimo que pone el jardinero al regar el último tulipán de la temporada.

Duración: 05:25

El temblor lento de la porcelana
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Hortense se despertó antes del alba; la claridad que penetraba por la rendija de la persiana no era suficiente para dibujar del todo la silla donde, desde hacía semanas, dormitaba el abrigo marrón de Gérard. Tan sólo un contorno vaga e imperfectamente recortado contra la diáfana penumbra del dormitorio. El zumbido del reloj despertador –no su campanilla, no una alarma, sino un verdadero zumbido como el de un insecto extraviado– comenzó a registrar el tiempo, a pesar de que Hortense llevaba minutos, si no horas, con los ojos abiertos.

Se sentó al borde de la cama y posó los pies sobre la alfombra raída. Sus talones exploraron un instante la suavidad vencida y reconocieron, con esa sabiduría ancestral de los cuerpos envejecidos, la falta de nutrición nocturna que sólo el sueño ininterrumpido puede proporcionar. Miró a su izquierda; Gérard dormía con la boca entreabierta y el brazo replegado bajo la cabeza en una suerte de súplica muda; movía, cada tanto, los dedos como si acariciara la sombra de otra felicidad.

Instintivamente, Hortense buscó su bata en la silla. Al estrechar la tela entre los dedos, sintió la aspereza de las fibras desgastadas. Puso el abrigo de Gérard a un lado, sintiéndose culpable por perturbar ese pequeño desorden doméstico que, de algún modo, preservaba una rutina tranquilizadora: ahí el abrigo, allí la bufanda azul, los zapatos perfectamente alineados bajo la ventana.

En la cocina, la luz era aún más pálida. Preparó café y sirvió una taza para sí misma, demorándose en el goteo hipnótico de la cafetera. En ese instante, siquiera por la brevedad de unos segundos, se sintió joven: la promesa de un día por estrenar, el silencio virgen. Pero pronto la marea de pensamientos resurgió, y con ella el repicar de cucharillas, el eco de frases cotidianas: ¿Queso o mermelada? ¿Harás mercado hoy? ¿Has visto mis gafas?

El sonido metálico de la llave en la cerradura anunció la llegada de Sabine, la vecina del tercer piso, quien, según la costumbre establecida, venía a tomar el desayuno los jueves. Sabine sonreía de esa forma en la que sólo las gentes solitarias aprenden a sonreírse mutuamente: no con espontaneidad, sino con el mimo que pone el jardinero al regar el último tulipán de la temporada.

—Aún no arreglo mi cabello —musitó Hortense, tocándose la frente, como para pedir disculpas a la posteridad—.

Sabine dejó su bolso y, sin mirar a Hortense, se sirvió café. Se sentaron una frente a la otra, envueltas en ese tibio sopor que precede a las confesiones adultas.

—Anoche no dormí —dijo Sabine, rompiendo el ritual.

Hortense no respondió de inmediato; sólo imaginó cuántos millones de personas pronunciarían esa frase al despuntar el día, y cuán distinta sería la intensidad de sus desvelos. Sabine habló de un sueño, del crujido de la vieja escalera, de una carta sin contestar. Hortense asintió, bebiendo sorbos lentos y consecutivos, el café ya tibio.

Cuando Gérard entró en la cocina, la luz había cambiado: los objetos, decidiendo su lugar en la realidad, dibujaban ahora sombras nítidas que parecían medir el espacio, recalcular su volumen con una precisión matemática, casi cruel. Hortense notó que la camisa de Gérard tenía una mancha, y se prometió, con esa clase de determinación que nunca llega al acto, que la lavaría por la tarde.

Las horas desfilaron. Gérard hojeaba el periódico, resoplando entre dientes los titulares políticos que cada día parecían repetirse con nuevas combinaciones de palabras que sólo variaban en la tinta utilizada. Hortense lavaba los platos; Sabine recortaba un artículo que prometía maravillas para la piel madura.

Detrás de todo ello latía una corriente inconfesable de melancolía, una añoranza por días en los que los sucesos eran inesperados, cuando la vida se coloreaba con el matiz de las primeras veces.

A media tarde, Sabine se despidió, cargando en su bolso la calma prestada de ese hogar ajeno, ese calor que sólo puede encontrarse en la rutina compartida por otros. Gérard se encerró a contestar un crucigrama, y Hortense se sentó bajo la ventana con un libro abierto sobre las piernas, más por costumbre que por deseo.

Ajena a los prodigios del relato, delirando tal vez con algún recodo del argumento, Hortense espió disimuladamente la calle: los niños jugando al escondite, un hombre con un perro que olisqueaba la acera, el cartero dejando la correspondencia. La vida avanzaba con su terquedad habitual, tejiendo y destejiendo los hilos de las pequeñas expectativas humanas.

Al anochecer, Hortense preparó la cena en silencio. Comieron sin embargo con esmero: el pan partido con las manos, el vino servido sin derramar una gota, los cubiertos en paralelo sobre los platos vacíos, como una despedida respetuosa. Después, el zumbido del televisor, la lamparilla encendida, la lentitud de los movimientos.

En la cama, ella y Gérard cruzaron unas palabras sobre el clima del día siguiente. Hortense apagó la luz y en la persistente oscuridad, sólo los pliegues de las sábanas y el rumor de la respiración recordaban que seguían allí, juntos y solos, a la espera de una mañana parecida e inclemente.

Un instante antes del sueño, un leve temblor la recorrió: la certeza de que nada extraordinario sucedería, y sin embargo todo, absolutamente todo, seguía en suspenso, como una porcelana temblorosa justo antes de caer.

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