La chica del lago
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato La luz de la escalera
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Fragmento:


Estaba anocheciendo rápidamente. Fanny giró la llave con dos vueltas y prestó atención al clic hueco que hacía el picaporte, una confirmación rutinaria de la seguridad, del regreso al refugio íntimo del piso 4.º, donde la vajilla apilada y las sillas desparejadas conservaban la memoria de los días. Se quitó los zapatos sin apagar la luz del pasillo, y el sonido de sus pasos descalzos en el parqué la acompañó hasta la cocina, donde la nevera vibraba discretamente, marcando el silencio como un contrapunto a los pequeños gestos cotidianos: la bolsa que deja colgar en la silla, la carta sin abrir junto a la cafetera, la vida misma, fragmentada en líneas pequeñas y superpuestas.

Duración: 04:28

La luz de la escalera
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Estaba anocheciendo rápidamente. Fanny giró la llave con dos vueltas y prestó atención al clic hueco que hacía el picaporte, una confirmación rutinaria de la seguridad, del regreso al refugio íntimo del piso 4.º, donde la vajilla apilada y las sillas desparejadas conservaban la memoria de los días. Se quitó los zapatos sin apagar la luz del pasillo, y el sonido de sus pasos descalzos en el parqué la acompañó hasta la cocina, donde la nevera vibraba discretamente, marcando el silencio como un contrapunto a los pequeños gestos cotidianos: la bolsa que deja colgar en la silla, la carta sin abrir junto a la cafetera, la vida misma, fragmentada en líneas pequeñas y superpuestas.

Había llovido por la tarde. La ventana lanzaba luz mortecina sobre el hule de cuadros, donde las huellas de las cazuelas, de los vasos sudados, formaban un mapa borroso de las noches pasadas, en las que Fanny y Étienne se sentaban después de cenar, jugando fingidamente con la idea de un futuro distinto, enumerando ciudades posibles, proyectos, mascotas, clases de yoga o de cerámica. Ahora solo bolsitas de té secas entre platos, solo una copa sin lavar, solo el silencio que permanece después de las conversaciones truncadas.

Fanny se dejó caer en la silla que miraba hacia la ventana. En la mancha de vapor sobre el cristal creyó ver, por un instante, el contorno de su perfil de hace años, una cara más joven y despojada, antes de los horarios estrictos y las visitas programadas a la enfermería de su madre. Pensó en el contenido de la carta esperando, seguramente una factura o alguna notificación del seguro médico. Miró su móvil —dos mensajes de trabajo, ninguno de Étienne, cuya ausencia era cada vez más un hecho simple, natural, como el recorrido mecánico de quitarse la chaqueta al llegar, de espantar las migas del hule sin pensar.

La radio, encendida desde la noche anterior, chachareaba un informativo anodino. Fanny ahogó una sonrisa irónica al escuchar una noticia sobre las temperaturas de junio, tan idénticas a las de diez, quince años atrás, cuando la meteorología parecía importar y las estaciones aún imprimían algo en la piel. Tomó el cuaderno azul, el de tapa flexible y esquinas dobladas. Allí, como en un diario sin fechas, anotaba nombres de películas vistas a solas, párrafos de libros que la habían acompañado en el insomnio, pequeñas afirmaciones que pretendían cauterizar heridas, frases de un terapeuta sobre la aceptación y la espera.

Abrió una página al azar. Encontró la lista del supermercado del mes pasado, entre dos palabras subrayadas con mano temblorosa: “afirmarse — volver”. Como si la casa misma, testigo reservado de los ciclos de entusiasmo y abandono, murmurara una complicidad fatigada. Fuera, un resplandor anaranjado caía sobre la barandilla del balcón, y ella se asomó solo un momento, lo suficiente para ver a la vecina del tercero, con bata azul, aplaudiendo distraída a su gato. Por un segundo, Fanny sintió el brote de una ternura repentina y sin objeto.

En los azulejos, la sombra de la tetera proyectaba una forma irregular. Fanny se preguntó cuántos años más podrían vivirse así, aguardando a que pase el sobresalto del presente, rumiando los días en migajas: una llamada interrumpida, una película empezada y nunca terminada, las escaleras mojadas del portal, su madre en la cama con el gesto petrificado por el cansancio. Se preguntó también si los otros, los que cruzaba en el ascensor o en la cola de la panadería, vivían también el peso de lo que no se dice, la limpieza silenciosa de los restos del día.

En el pasillo, el abrigo de Étienne colgaba todavía de su percha, pero era ya solo el abrigo de un huésped ocasional. Cuando Fanny apagó la luz de la cocina, pensó que tal vez al día siguiente abriría la carta. O tal vez no. Hay semanas en que una carta no es nada, y otras en que representa la totalidad de lo que aún puede transformarse. La luz de la escalera seguía allí, más allá del umbral, temblorosa y ajena, como una esperanza demasiado húmeda y demasiado tardía.

Y mientras la noche se adensaba en torno al piso, Fanny supo que la vida era exactamente eso: la pausa de una respiración mientras pasaban coches bajo la ventana, la vaga correspondencia entre las sombras y los objetos, la certidumbre tranquila y amarga de que, incluso en la repetición, algo persiste y se insinúa, como la promesa modesta de que mañana, entre cartas y restos de té, quizás, solo quizás, algo cambie.

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