Fragmento:
Pero del muchacho solo quedaba el reflejo de su linterna en la barandilla rota. El haz oscilante mostraba, allá abajo, en la oscuridad, una mancha oscura que bien podía ser sangre. Bajó un peldaño, llamando su nombre con una voz pequeña. No hubo respuesta, solo un rasguño seco, sordo y persistente, como de uñas en la madera.
Duración: 05:37
Nadie podía explicar qué hacía aquella vieja mansión en medio del bosque de Elvenmoor. Dicen las lenguas de la sierra que fue primero monasterio y luego manicomio, decorada de mármol en sus inicios y corroída por la humedad ahora, erguida como una herida entre la maleza. Su leyenda corría de boca en boca, salpicada de supersticiones y de advertencias a quien, por simple obstinación, decidiera cruzar los límites que el olvido y el tiempo—más severos que cualquier cerca—habían trazado.
Fue una noche ahogada en bruma cuando Clara, Lucas, Rebeca y Matías, todos ellos arrastrados por el tedio y cierta morbosa fascinación, decidieron adentrarse hasta el corazón de esa estructura abandonada. Ni el faro anémico de sus linternas, ni la risa nerviosa que iba de uno a otro como un secreto apenas soportable, bastaron para disipar la sensación de pisar tierra vedada a los vivos.
La inmensa puerta de roble cedió con un gemido gutural, revelando corredores anchos, tapizados de polvo, y habitaciones donde la decadencia era tan gruesa como una capa de hollín. Cada paso removía en el aire ecos de rezos, lamentos y alaridos pasados. Se separaron, casi sin notarlo, buscando en esa vasta desolación lo que cada quien entendía como aventura. Lucas y Rebeca, tentados por una escalera que serpenteara hacia arriba, desaparecieron entre los escombros y la sombra, mientras Clara y Matías se adentraron en el ala izquierda, donde crujía el rumor de voces apagadas.
El primer grito llegó envuelto en un estallido seco, apenas distinguible entre el zumbido persistente de la humedad.
—¿Lucas? —preguntó Rebeca, deteniéndose.
Pero del muchacho solo quedaba el reflejo de su linterna en la barandilla rota. El haz oscilante mostraba, allá abajo, en la oscuridad, una mancha oscura que bien podía ser sangre. Bajó un peldaño, llamando su nombre con una voz pequeña. No hubo respuesta, solo un rasguño seco, sordo y persistente, como de uñas en la madera.
A la vez, Clara arrastró a Matías hasta una habitación donde la atmósfera se sentía más densa, y el olor a óxido, más fuerte. Allí, entre montones de papeles podridos y muebles vencidos, encontraron lo que parecía una especie de altar improvisado: fotografías viejas, navajas de afeitar mohosas, botones, dientes infantiles unidos por hilo negro... y, en el centro, una muñeca de trapo sin cabeza. Matías quiso bromear, pero la voz le salió estrangulada. Clara notó, al mirar el reflejo de la luna en los vidrios rotos, una figura ajena detrás de ambos.
No era un guardia ni un vagabundo. Era algo deformado y encapuchado, un perfil apenas humano que surgió del rincón más profundo, portando en la mano derecha una pequeña hachuela astillada. Antes de que Clara grite, la hoja brilló en silencio y cortó el aire. Matías apenas giró la cabeza y, súbitamente, sintió el rostro frío y húmedo del suelo.
Rebeca, separada ya totalmente de los otros, intentó huir. Subió escalones que se transformaban en rampas mojadas, resbaló entre charcos de lo que podrían ser lágrimas secas o vino añejo. La figura la perseguía: el portador del hacha, los ojos tras la tela brumosa de su capucha brillando apenas como los de un animal rabioso.
—¡Clara! —gritó Rebeca, pero Clara no respondía. La joven alcanzó la buhardilla, atrancó la puerta con el cuerpo, jadeando. Dentro, la memoria la traicionó: una ráfaga de sueños infantiles la atrapó, cuando su madre la arrullaba, hablando de esas brujas de los cuentos, esas que entraban al cuarto mientras dormíamos para cortarnos los pies si no respetábamos a los muertos.
El silencio se partió en dos. Ni los relámpagos afuera, ni el eco de la tormenta, podían apagar el sonido del hacha rozando la madera desde el otro lado de la puerta. Lenta, inexorable, el filo comenzaba a hundirse en los tablones.
En el piso de abajo, Clara despertó. Su pierna sangraba, pero el miedo le otorgaba una lucidez rabiosa. Llamó a Matías; ningún sonido. Casi arrastrándose, cruzó el corredor hasta un vestíbulo mal iluminado, donde la cabeza de Matías colgaba de un clavo, los ojos como esferas de vidrio, contemplando algo que no estaba allí. Su estómago se volcó, pero tuvo apenas tiempo de ver un destello y sentir el ardor de la hoja cruzándole la muñeca. Cayó, la respiración empapada en un grito que nunca terminaba.
Arriba, el hacha logró atravesar la cerradura. Rebeca, en un rapto de supervivencia, buscó armas entre los trastos podridos: una silla de patas flojas, un jarrón astillado, nada útil. La figura irrumpía ya, borrando con su presencia cualquier frontera entre locura y realidad. Los ojos del monstruo —o lo que fuese aquello— parecían viejos, cansados pero inyectados de una furia eterna. Avanzó hacia ella, y con cada paso la sangre en las paredes parecía brillar un poco más.
La caza había empezado mucho antes de que ellos llegaran. Los que morían en la casa nunca se marchaban, sino que alimentaban a quien reinaba sobre sus ruinas, perpetuando una orgía de terror bajo la niebla. El hacha silbó en el aire una vez más...
Al amanecer, la policía halló solo un rastro: huellas en el barro y gotas secas en la entrada, marcas de lucha en los muros y, flotando en el vestíbulo, cuatro linternas apagadas.
Mientras la niebla se retiraba, algún leve rumor, imposible de descifrar, parecía aún recorrer los pasillos. Era la oración del desollador, exhalada una y otra vez, hasta que nuevas presas tuvieran el valor, o la locura, de cruzar el umbral.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.