Fragmento:
La primera noche, el lago era un espejo tan negro que la luna temblaba al mirarse. Gus, siempre el más ruidoso, narraba historias de fantasmas con la boca llena de risas y el resplandor de la fogata siguiéndole el tempo. Travis, torpe hasta para abrir una lata, compartía las cervezas mientras Christine, la única que se atrevía a reír fuerte tras cada relato, le corregía los nombres de los monstruos con pedantería académica. Yo, Andrew, simplemente escuchaba, notando cómo la nostalgia caía como ceniza sobre nuestros hombros.
Duración: 06:18
Nadie sabe por qué elegimos siempre el mismo lugar, por costumbre o superstición, pero cada año, la cabaña junto al lago reaparecía en nuestros planes como una herida apenas curada. Gus, el primero en sugerir la escapada ese verano, prometió que había modernizado un poco la casa: wifi, generador nuevo, cerveza fría esperando en las neveras viejas y hasta linternas de emergencia alineadas como soldados bajo la escalera de madera crujiente. Cuatro amigos con más edad de la que nos gustaría asumir, cuatro historias de vida remendadas a golpes y abrazos, dejando atrás a parejas, hijos o amantes furtivos para una última purga de la juventud alcanzada sólo en el exilio de esa cabaña de Hollow Creek.
La primera noche, el lago era un espejo tan negro que la luna temblaba al mirarse. Gus, siempre el más ruidoso, narraba historias de fantasmas con la boca llena de risas y el resplandor de la fogata siguiéndole el tempo. Travis, torpe hasta para abrir una lata, compartía las cervezas mientras Christine, la única que se atrevía a reír fuerte tras cada relato, le corregía los nombres de los monstruos con pedantería académica. Yo, Andrew, simplemente escuchaba, notando cómo la nostalgia caía como ceniza sobre nuestros hombros.
El primer trueno retumbó en la madrugada. Unas risas nerviosas, una carrera para guardar los troncos aún encendidos, un jarrón roto en la casa al tropezar contra la penumbra. Nadie oyó el crujido dentro del bosque hasta que fue demasiado tarde. Quizás fue la costumbre de ignorar los sonidos nocturnos o la presunción de seguridad tras la doble cerradura y la promesa de civilización que el wi-fi nos daba. Pero en Hollow Creek, la tormenta sólo era un telón que separaba a los vivos de los otros.
La primera desaparición fue tan absurda como rutinaria: Travis dejó los platos sucios y salió a mear. Solíamos burlarnos después de que no volvería por miedo a los coyotes, pero esta vez nadie tuvo ganas de hacer el chiste. Pasaron treinta minutos, después cuarenta. Comenzamos a llamarlo al principio, a gritar después. Una linterna cayó al barro. Sólo encontramos pisadas borrosas junto a la vieja caseta de herramientas, y una mancha negruzca que podría ser óxido o algo menos metálico pero más íntimo.
Christine insistió en buscar dentro del cobertizo, pero la puerta tenía una resistencia fría, como si la madera misma no quisiera dejar entrar ni salir secretos esa noche. Gus fue el siguiente. Nada sorprendente: él odiaba la impotencia. Cogió un hacha de la chimenea, resuelto a romper la cerradura, pero la tormenta redobló y las luces parpadearon como si la casa estuviera decidiendo a quién proteger y a quién devorar.
Fue entonces cuando la escuchamos. No era un grito, no era llanto. Era el arrastrar de algo contundente por el suelo mojado, una sinfonía viscosa que se quedó adherida a nuestras espaldas aun horas después. Gus empuñó el hacha, Christine y yo cogimos cuchillos de la cocina—los cubiertos a los que llamábamos “serios” incluso en bromas—y salimos al porche, esperando ver a Travis riendo de su último susto. Pero el lago estaba teñido del rojo concreto de la alarma, y a la orilla, algo brillaba.
Lo que encontramos se parecía a Travis sólo en la reminiscencia: el jersey deshilachado, una mano aún agarrotada sobre el barro, el rostro irreconocible. Había una letra marcada en la frente: una “M”, como si la carne fuera arcilla. Con las piernas temblorosas, sentimos el verdadero frío por primera vez. Y lo supimos: alguien más, algo más, estaba con nosotros.
Los teléfonos, claro, no servían. El wi-fi era tan útil como un pararrayos en un diluvio. “Nos quedamos juntos, pase lo que pase”, dije, pero mis palabras se perdieron entre las sombras. El asesino, o lo que fuera, no tenía prisa. Horas, días; el tiempo perdió sentido.
La segunda noche, Gus desapareció. Su aullido retumbó por el bosque, y después silencio. Salimos, pero los árboles parecían tragarnos, sus ramas intentando encerrarnos en un laberinto sin salida. El siguiente cadáver apareció colgado sobre la rama de un abeto caído, las tripas desparramadas como cintas de Navidad, y esta vez la marca en la piel era una “A”. Era imposible, y sin embargo, demasiado humano.
Amaneció en una lentitud perversa. Christine y yo no dormimos; no podíamos. Nos refugiamos en los rincones, escuchando cada crujido. Y entonces, la verdad se deslizó entre nosotros como el filo de un cuchillo: cada marca era una inicial. Travis. Gus. Ahora sólo quedábamos Christine y yo.
Nadie habla del miedo que te atrapa la garganta y la excava como arena movediza. Nadie cuenta lo que ocurre cuando notas la presencia antes que la ves, un aroma a sudor ajeno, una sombra furtiva saltando justo más allá del rabillo del ojo. Christine fue más valiente que yo. “Vas a tener que matarme, bastardo”, gritó, y saltó hacia el cobertizo. Seguí sus pasos, temiendo por ella, temiendo aún más por lo que podría ver.
La puerta, al abrirse, crujió como un hueso roto. Adentro, la oscuridad tenía una respiración propia. El asesino—lo supe de inmediato, aún antes de que mis ojos parpadearan para acostumbrarse. Alto, envuelto en harapos, el rostro cubierto por una máscara improvisada con la propia chaqueta de Travis. El brillo del machete era casi lunar.
Nunca he sabido por qué lo hizo. Si fue porque éramos forasteros, porque invadimos su silencio, porque en el fondo, cada bosque guarda su animal. Sólo recuerdo la sangre, el rugido, el contacto del metal con la carne. Christine peleó bien. El asesino cayó, pero traía consigo una risa pegajosa, una promesa de que las historias nunca acaban mientras aún haya quienes recuerden.
El sol nació más frío esa mañana en Hollow Creek. La cabaña ardía lenta, entonando una letanía para los fantasmas nuevos y antiguos. Caminé hasta el pueblo, cubierto de la sangre de mis amigos. Nadie me creyó jamás. Nadie creyó que fuera posible una maldad tan antigua, tan sencilla. Pero si escucha usted, algún día, la risa a lo lejos mientras el lago susurra y la luna se esconde, recuerde mi historia.
La maleza, el cobertizo, la noche: aún esperan.
Y Hollow Creek nunca olvida a los que le faltan al respeto.
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