Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Hay algo malo en casa
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Dire Bound. Alma de lobo
Portada del relato La sombra sobre Brocken Ridge
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El refugio del pueblo era un caserón de madera deslucida por la humedad y el abandono. Nadie en Brocken Ridge tenía ya razones para ser hospitalario. Demasiados extraños habían llegado al pueblo, demasiados se habían ido, algunos demasiado rápido, otros demasiado despacio; algunos sin dejar rastro ni sombra.

Duración: 04:54

La sombra sobre Brocken Ridge
-a / +A

El autobús chirrió al detenerse en la estación más solitaria de Brocken Ridge. Las luces de sodio titilaban con un zumbido casi demoníaco, y la niebla que envolvía el pueblo parecía tragarse cada movimiento, cada suspiro. Para los pocos que bajaron aquella noche, fue como desembarcar no en una parada, sino en la boca de un túnel cavado en las entrañas de algo dormido y hambriento.

El primero en bajarse fue Greg Sanders, un tipo corpulento y adusto, que arrastraba una maleta repleta de camisetas sudadas y botellas vacías. Tras él, Sheila Durand, con su cabello fucsia y su rostro asustado. Venía para ver a un novio que ya no le respondía los mensajes. Los siguieron una anciana cuya piel parecía cera derretida, y un mochilero holandés que tarareaba canciones infantiles en un idioma que flotaba ajeno en aquel paisaje.

Había en el aire ese olor amargo que precede a la tormenta pero no la anuncia. Greg fue el primero en notarlo, al mirar a la anciana que caminaba encorvada delante de él. Su bastón dibujaba surcos en el barro con cada paso, y sus labios murmuraban entrecortadas palabras. Tal vez una plegaria. Tal vez una maldición. Nadie prestó atención.

El refugio del pueblo era un caserón de madera deslucida por la humedad y el abandono. Nadie en Brocken Ridge tenía ya razones para ser hospitalario. Demasiados extraños habían llegado al pueblo, demasiados se habían ido, algunos demasiado rápido, otros demasiado despacio; algunos sin dejar rastro ni sombra.

Aquella noche cayó la tormenta. Los truenos retumbaban como si algo tratase de romper una jaula invisible sobre la colina. Los viajeros, sentados alrededor de una mesa, compartieron sus motivos para estar en aquel pueblucho perdido. Sheila rompió a llorar; el holandés la consoló con canciones. Greg bebía whisky tibio como si en el fondo de la botella estuviese la salida. La anciana sólo miraba, callada. Sus ojos no necesitaban luz para ver lo que había en el cuarto.

En la penumbra, alguien rió. No fue un sonido humano. Venía de la ventana, o del fondo del pasillo, o tal vez del propio suelo. Algo, en algún lugar, los observaba.

La primera en desaparecer fue Sheila. Gritó tras la puerta del baño, y cuando los otros llegaron, no encontraron más que una mancha negra en el lavado y una grieta en el espejo, como una sonrisa de cristal. El holandés huyó a la calle, rezando en holandés. La niebla lo tragó.

Greg y la anciana se miraron largo rato. "¿Qué demonios está pasando aquí?", preguntó él, ya con la voz quebrada. Ella no contestó. Movió los labios en un murmullo ancestral y, bajo el ruido de la tormenta, dijo: "El viajero nunca descansa. Vaga de pueblo en pueblo, buscando a quien lleve la marca."

Greg sintió entonces el frío en el pecho, recordó aquella mujer que le leyó la mano en una gasolinera de carretera, la sombra extraña que le cruzó el camino justo antes de llegar al pueblo. Era él. El viajero era él, o la maldición lo era, pegada a su piel, invisible pero punzante.

En la calle, un contorno altísimo se desplazaba entre la neblina. No andaba; deslizaba. Traía consigo el olor a tierra removida, a descomposición. La lluvia no caía sobre su forma; parecía que el agua, el aire mismo, lo rehuyera.

Greg cerró la puerta, buscó un cuchillo en la cocina. El holandés, o lo que quedaba de él, golpeó la ventana con un puño ensangrentado: "Laat me binnen! Laat me binnen!" Pero Greg no se movió. El viajero apareció tras el cristal, un rostro sin facciones, sólo un vacío oscilante. Golpeó. Una, dos veces. El ventanal estalló en mil murmullos de vidrio. El tiempo se detuvo.

La anciana sacó un amuleto, lo apretó contra su pecho, y le susurró algo a Greg. Parecía una canción de cuna, pero dolía en los oídos. "No eres el primero, ni el último", dijo con serenidad. "Allí donde busques refugio, el viajero irá tras de ti, porque llevas la marca de la sombra."

Greg comprendió demasiado tarde. Un tentáculo de niebla, formado por dedos que sólo existían al desear herir, lo sujetó de la garganta. Se debatió, golpeó lo invisible, gritó hasta que la sangre fue vapor en su boca. El viajero lo abrazó, fundiéndose con su miedo, envolviéndolo en un sudario de pesadilla.

Al amanecer, Brocken Ridge parecía un pueblo aún más vacío. Nadie hablaba de la tormenta, del autobús, de los que nunca salieron del refugio. Los pocos lugareños decían que en noches así es mejor no mirar por la ventana, no abrirle la puerta a ningún extraño.

Una semana después, llegó otro autobús, con otro puñado de pasajeros y rostros gastados por largas carreteras. Entre ellos, una joven con el cabello teñido de azul, un anciano holandés, y un hombre tatuado que no recordaba de dónde venía ni por qué cada vez que se miraba las manos sentía un hormigueo de terror.

La maldición viaja ligera.

La maldición busca sitio donde dejar caer su sangre.

Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Hay algo malo en casa
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Powerless (edición especial limitada)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Dire Bound. Alma de lobo

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.