Fragmento:
La puerta del cobertizo chirrió y Lucía entró sin encender la luz. Palpó entre las sombras, tocó algo mojado –quizás una cuerda vieja, restos de alguna trampa oxidada–. Un roce. Detrás de ella, el aire se movió espeso, apenas un desplazamiento que su cuerpo intuyó. Lucía giró con el farol alzado y la oscuridad devolvió una cara que no era humana, una máscara desollada hecha de piel y desamor. El grito nunca llegó más allá de su garganta: la mano enguantada la tapó y el filo bajo la mandíbula fue la única respuesta.
Duración: 04:44
La tormenta había empezado como un murmullo sobre los pinos, un viento lento que lamía los cristales sucios de la cabaña donde seis adultos buscaban apartarse de sus vidas exhaustas. Hanna, con su magia callada de cirujano cansado, fue la primera en oír el crujido: apenas un leve lamento de la madera vieja, medio devorado por el ulular del bosque. Nadie le prestó atención, menos aún cuando Sophie –la ex-psicóloga, ahora desencantada por la monotonía de sus días en la ciudad– decidió abrir una botella de whisky añejo y forzar sonrisas en torno a la chimenea. Miraban el fuego como si tuviera respuestas, sin saber que afuera la noche se espolvoreaba con venganza.
Para los forasteros, el sendero hacia esa cabaña parecía seguro. La ruta, ciega bajo la cortina de niebla, ocultaba las huellas ya medio lavadas por una reciente lluvia. Si uno tenía el oído agudo, quizás percibiría el roce suave del metal, siempre vedado por la espesura de las ramas y el eco de relatos nunca contados. Nadie de los presentes sospechaba que alguien los había visto llegar, ni que bastaba una sola chispa de paranoia para convertir la reunión en una danza de horror.
David, siempre el más desinhibido, propuso un juego: contar las heridas emocionales más hondas como si fueran condecoraciones invisibles. Nadie notó cuando Lucía se levantó para buscar leña; ni la miró al salir en silencio, los labios apretados como una costura olvidada. Lucía se dejó tragar por la oscuridad del porche, el farol tintineando en su mano. La lluvia había parado y la humedad daba a las cosas un olor a óxido. Caminó hacia el cobertizo, conteniendo el temblor que atribuía a reminiscencias infantiles: ¿no había de pequeña imaginado figuras agazapadas entre los pinos?
La puerta del cobertizo chirrió y Lucía entró sin encender la luz. Palpó entre las sombras, tocó algo mojado –quizás una cuerda vieja, restos de alguna trampa oxidada–. Un roce. Detrás de ella, el aire se movió espeso, apenas un desplazamiento que su cuerpo intuyó. Lucía giró con el farol alzado y la oscuridad devolvió una cara que no era humana, una máscara desollada hecha de piel y desamor. El grito nunca llegó más allá de su garganta: la mano enguantada la tapó y el filo bajo la mandíbula fue la única respuesta.
Volvía a llover. El asesino salió con el cadáver, lo arrastró hasta la hojarasca y dejó que la sangre se disolviera con la tierra. Retornó sin prisa hacia la casa. Dentro, Hanna lanzaba una carcajada forzada; Sophie miraba su teléfono sin señal; David y Sergio debatían, a media voz, el fracaso de los matrimonios de sus padres. La calma de la cabaña era la última tregua.
Pasó una hora antes de que Hanna notara el retraso de Lucía. Salió sola, armada solo con una linterna y los recuerdos vagos de noches en vela con bisturí. El cobertizo yacía mudo bajo el peso de la lluvia. Hanna no entró: percibió un olor espeso, casi dulce, una advertencia mezcla de hierro y podredumbre. Dio vuelta, corrió hacia la casa y en el porche tropezó con algo que solo después, con el aliento contenido, reconoció como parte de una chaqueta desgarrada. La sangre, oscura, salpicaba el escalón. Hanna gritó, pero nadie acudió: el primer chillido cortó el aire como una hoja.
Adentro, el asesino avanzaba en silencio, los pies envueltos en bolsas de plástico, el cuchillo de carnicero reflejando destellos del fuego agonizante. Sophie apenas tuvo tiempo de entender; David y Sergio forcejearon, derribando una lámpara. El griterío no logró tapar el sonido del acero entrando en carne viva. El asesino los redujo con método de artesano: primero Sophie, la garganta cortada tan limpia que no hubo más que un burbujeo; luego David, atravesado contra la mesa mientras intentaba defenderse; después Sergio, que intentó huir y solo alcanzó a ver cómo el filo le buscaba la columna.
Aferrada a la puerta trasera, Hanna huía entre árboles hundidos en la bruma. La luna, borracha, apenas desnudaba formas borrosas. Escuchó detrás el paso seguro del perseguidor. La cabaña ya era una tumba. No gritó: recordó cadáveres de hospital, recordó a Lucía, sintió cómo el terror la hacía más fuerte. Fue entonces cuando resbaló, cayó junto a un tronco y, en el silencio absoluto de la selva nocturna, escuchó la voz inhumana del asesino, una súplica deformada: “Queríais olvidar... pero yo nunca olvido”.
La hoja refulgente se alzó sobre su pecho. Hanna supo que nadie lloraría por ellos, supo que sus heridas eran cicatrices abiertas listas para desbordar. La última cosa que vio fue su propio reflejo en la máscara, y el fulgor de un odio antiguo que no pertenecía a ningún rostro conocido.
El bosque, hambriento, cerró en torno a la escena. Cuando amaneció, la cabaña murmuraba todavía, con las voces rotas de sus inquilinos flotando en el aire. Nadie más habló del lugar. Los árboles enterraron el secreto bajo su sombra, y la lluvia se llevó las huellas, mezclando la sangre con el barro y la memoria.
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