Fragmento:
Esa noche, mientras la música temblaba en los altavoces y las botellas se acumulaban sobre la mesa, una figura se deslizaba por el linde del bosque. Su machete vislumbró, apenas un parpadeo, reflejando luna. Su respiración era pesada y ronca, empapando la cinta mugrienta sobre su boca. Nadie en la cabaña percibió su visita.
Duración: 05:49
El coche se detuvo en el último tramo del bosque, la carretera cubierta de hojas podridas y niebla rastrera. Emma apagó el motor y miró a sus amigos; nadie hablaba. De fondo, la cabaña se alzaba como un acantilado de recuerdos trastornados, el pasado suspendido entre las grietas de la madera húmeda.
Ninguno quería reconocerlo en voz alta, pero todos sentían el peso malsano del sitio. Habían elegido ese retiro rural para celebrar el cumpleaños de Amanda, lejos de la ciudad y sus luces. Querían ruido, música, un poco de libertinaje antes de que el otoño los apartara en trabajos y rutinas. No sabían aún que el frío de allí no era solo del aire.
Al descargar el equipaje, Brian creyó ver una sombra moverse entre los árboles. Una impresión fugaz, quizás un animal. Sacudió la cabeza y volvió a sonreír, no quería parecer paranoico. Todos estaban deseando escapar al interior, encender una hoguera, abrir el primer vino antes de instalarse.
La cabaña guardaba secretos, claro. El suelo crujía como un suspiro mal reprimido. En la encimera, alguien había dejado una misteriosa marca de óxido, de viejo cuchillo. Las ventanas, aunque cerradas, parecían temblar al menor golpe de viento.
Esa noche, mientras la música temblaba en los altavoces y las botellas se acumulaban sobre la mesa, una figura se deslizaba por el linde del bosque. Su machete vislumbró, apenas un parpadeo, reflejando luna. Su respiración era pesada y ronca, empapando la cinta mugrienta sobre su boca. Nadie en la cabaña percibió su visita.
Emma fue la primera en notar algo extraño cuando fue al baño. La puerta lateral, que recordaba haber cerrado, estaba entornada. Juró haber pasado el cerrojo. Silencio detrás de ella, el murmullo de sus amigos al otro lado del pasillo. La presión en el pecho creció. Cerró, titubeante, se miró en el espejo: solo sus ojos, enormes y enturbiados.
Al volver al salón, la luz osciló. Se fue la electricidad, un estallido sordo. La oscuridad cayó como un paño mojado. Brian buscó linternas, Amanda chasqueó la lengua, un intento nervioso de broma que se desvaneció en el eco del silencio. Solo entonces escucharon el crujido de pasos en la terraza trasera, tan lentos y deliberados que el miedo pareció arrastrarse hasta la garganta.
Las linternas parpadearon cuando Emma apuntó al ventanal. Una sombra, grotesca, distorsionada por la lluvia que empezaba a tamborilear. Un golpe seco. Amanda gritó cuando el vidrio estalló y un brazo envuelto en harapos la agarró por el cuello. La sangre salpicó la alfombra, un cuenco de terciopelo carmesí bajo sus pies.
Brian se lanzó contra la figura sin rostro, pero recibió un corte cruzando su mejilla, el acero cosechando carne. Resbaló en la sangre de Amanda, sus manos buscando apoyo en la desolación. Emma arrastró a Sophie hacia la cocina, buscando cualquier cosa afilada. Encontró un cuchillo, oxidado y pesado, y lo blandió al azar en dirección al siguiente estremecimiento.
Gritos, paredes astilladas, el perfume rancio de muerte llenando el aire. La figura, paciente, jugaba en la penumbra; cada movimiento un ritual. Sophie tropezó con el cadáver de Amanda, su pie resbalando hasta la boca abierta y muerta. Sus sollozos llamaron la atención de su cazador, que avanzó, machete reluciente. Emma apuñaló como pudo, el filo se perdió en músculos que no parecían sentir dolor.
El monstruo rió, un sonido ahogado, asfixiado por la máscara. Golpeó a Emma, la dejó desmayada sobre los restos de la mesa. Sophie huyó a la escalera, subida por dos en dos, un animal acorralado. Brian, sangrando y jadeante, buscó desesperado el móvil. Sin señal, la pantalla parpadeando como si se burlara de él.
Arriba, Sophie se atrincheró en el baño, arrastrando una vieja toalla contra el hueco de la puerta. Afuera, esos pasos lentos y pesados subían, uno tras otro. Se acurrucó bajo la pila, lágrimas de terror en su rostro. El asesino husmeó. Su mano enguantada rozó la madera. Oía su respiración, el sonido de los nudillos sobre la puerta, un tamborileo macabro.
Abajo, Emma, medio despierta, palpó a ciegas por el suelo. Sintió la humedad cálida de sangre en sus manos, el latido de la vida escurriéndose. Sabía que tenía que moverse. Usando la mesa para levantarse, trató de llegar a la chimenea. El asesino volvió un momento, el machete goteando, los ojos enterrados en sombras. Se agachó junto al cuerpo de Amanda, acarició su cabeza como un amante efímero. Sacó algo de la bolsa: una fotografía antigua, arrugada. La sostuvo a la luz, murmurando una letanía incomprensible.
En ese instante, Brian se abalanzó con una silla, rompiéndola en la espalda del intruso. No hubo reacción. Solo una vuelta lenta. Una voz —ronca y oxidada—: “Siempre vuelvo por los que olvidan”.
Arrastrando a Emma hacia la puerta, Brian gritó a Sophie que saltara por la ventana. Una lluvia torrencial ya rompía el silencio del bosque. Sophie gimió, abrió la ventana y, con un crujido de huesos, cayó en el lodo exterior. Corrió, sin mirar atrás, mientras gritos feroces y el golpeteo de un pesado machete llenaban la noche.
Al alba, la cabaña era una ruina sangrienta. La policía solo halló rastros confusos: un cuerpo desmembrado, la fotografía manchada de sangre, y en la pared, grabado con cuchillo: “No se olvida a los hijos de la carne”.
Solo Sophie sobrevivió, perdida en delirios. Cada vez que oye el crujido de la puerta, cada vez que la noche cae cerrada, sabe que él vendrá… porque nadie escapa, realmente, de las sombras que uno mismo alimentó.
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