Fragmento:
La lluvia caía con furia densa sobre los viejos tejados de la cabaña, silenciando incluso los jadeos temblorosos de Julia. Una ventana traqueteaba presa del viento; no era el único ritmo siniestro en esa noche. Le llegaba el latido violento de su propio corazón, el martilleo de gotas en el cristal y, desde el fondo del bosque, el crujir de hojas y ramas bajo un paso firme que parecía no cansarse jamás.
Duración: 04:33
La lluvia caía con furia densa sobre los viejos tejados de la cabaña, silenciando incluso los jadeos temblorosos de Julia. Una ventana traqueteaba presa del viento; no era el único ritmo siniestro en esa noche. Le llegaba el latido violento de su propio corazón, el martilleo de gotas en el cristal y, desde el fondo del bosque, el crujir de hojas y ramas bajo un paso firme que parecía no cansarse jamás.
Entraron cinco a esa cabaña maldita: Julia, Sergio, Mariana, Ignacio y Pau. Lo hacían cada verano—huían de la ciudad a entregarse a los excesos, creyéndose invulnerables al terror ficticio de las historias contadas junto al fuego. Pero esta vez no era ficción: la tierra misma parecía absorber la luz. El lago Deadwood hervía en la penumbra y tras la cortina de pinos aguardaba algo innombrable, acuchillando el aire con su respiración profunda, nauseabunda.
La electricidad se había cortado al anochecer. Mariana, siempre valiente, bajó al sótano a revisar los fusibles. "No tardo", prometió, lanzando una sonrisa que se quiso segura, pero sus ojos ya parecía olfatear la podredumbre del miedo. Tardaron tres minutos en notar su ausencia. Tardaron cinco más en bajar a buscarla. El pestillo del sótano chirrió. Toda la madera estaba cubierta por una película pegajosa, oscura, y el generador tenía una masa de pelo humano enredada en el eje.
Sergio avanzó con una linterna; la luz tembló alrededor del recoveco en que Mariana se había desplomado. La habían abierto, sí: rajada con precisión, la garganta florecida, el corazón meciéndose grotesco fuera del pecho. Julia gritó; Ignacio vomitó sobre la tierra, sintiendo—sin saber cómo—que el asesino seguía allí, en la sombra, respirando su mismo aire.
A partir de entonces la cabaña fue un laberinto: puertas que se cerraban de golpe, ventanas que nadie recordaba haber abierto, la humedad que crecía, lenta, hasta en las mantas. No hubo tiempo de planear una huida sensata: Pau, la mejor amiga de todos, apenas pudo recuperar el control cuanto fue arrastrada fuera del dormitorio principal. Nadie vio su rostro por última vez; Sergio solo recuerda el sonido de la carne desgarrándose, el inconfundible aroma del pánico y el suelo manchado a su paso.
El asesino no les habló ni una sola vez. Su presencia era apenas un eco, casi una leyenda. Pero Julia lo vio cuando cruzó el umbral de la cocina: un bulto colosal de gabardina vieja, el cráneo afilado, el brillo acerado del cuchillo. El corte fue certero, frío. El rostro de su amigo rapado por la mitad, la sangre dibujando versos en los azulejos del suelo.
El silencio después fue más aterrador que los gritos. El asesino (¿humano? ¿alguna bestia llegada de los abismos?) no aceleraba nunca. Caminaba, se detenía, tomaba su tiempo. La lluvia se volvió aliada suya; cubría cualquier súplica que se escapara en el viento. Julia creyó sentir a Sergio tras ella, pero cuando volteó lo único que encontró fue un rastro de uñas rotas marcando su despedida.
Con cada cadáver el monstruo parecía fortalecerse. Ignacio, solo, encontró la pistola de emergencia en el almacén, y, tembloroso, la apretó al pecho. Aguantó la respiración. Esperó la presencia, el susurro húmedo del arma cortando la noche. No fue suficiente. Ignoraba que el monstruo nunca tomaba dos veces el mismo camino. Cayó por la espalda; el cañón frío fue dirigido a su propio cuello. Le arrancaron el alma por los dientes.
Cuando Julia, última en pie, decidió huir hacia el lago cruzando la tormenta, el filo la siguió. En el agua negra se vio reflejada al correr entre los flashes de relámpagos: su cara, mutilada por el susto, un hilo de esperanza resistiendo siquiera otro minuto. Nadó entre ramas muertas, sintió la orina caliente del miedo y la náusea repentina; en la orilla opuesta se levantó la silueta abominable, esperándola, sonriente en lo absurdo de su máscara improvisada.
Esta vez, cuando la mano fuerte la sujetó del tobillo, Julia supo que el final del dolor sería rápido. O eso creyó. El filo entró bajo sus costillas como si buscara tallar en su carne las últimas palabras de un cuento monstruoso. El asesino no habló. Ni una mísera palabra. Pero con la sangre caliente escribiendo arabescos en la arena del lago, Julia moribunda pudo escuchar los pasos del monstruo regresando hacia la cabaña, como si hubiera aún otra historia que contar, otras gargantas por abrir.
Jamás encontraron sus cuerpos. Los crímenes fueron atribuidos al frío, a animales salvajes, a una advertencia primitiva de la naturaleza contra los forasteros. Nadie creyó los susurros sobre la sombra con cuchillo recurriendo cada año a la orilla del Deadwood. Pero el lago siguió respirando, esperando la carne joven de algún otro veraneante, porque en esos parajes donde la noche es demasiado cerrada los cuentos de terror siempre necesitan sangre nueva para ser contados otra vez.
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