Fragmento:
El último tren a Ashwood nunca llegaba puntual, pero esa noche pesaba en el aire la certeza de que jamás llegaría. Apenas pasadas las dos de la madrugada, la niebla se arrastraba como un animal herido por las aceras sucias, escondiendo los charcos y las esquinas donde ni siquiera los perros se atrevían a husmear. En la vieja librería, la campana sobre la puerta sonó con una nota astillada; Ethan posó su mirada cansada sobre el cuerpo erguido y demasiado rígido de su último cliente.
Duración: 04:55
El último tren a Ashwood nunca llegaba puntual, pero esa noche pesaba en el aire la certeza de que jamás llegaría. Apenas pasadas las dos de la madrugada, la niebla se arrastraba como un animal herido por las aceras sucias, escondiendo los charcos y las esquinas donde ni siquiera los perros se atrevían a husmear. En la vieja librería, la campana sobre la puerta sonó con una nota astillada; Ethan posó su mirada cansada sobre el cuerpo erguido y demasiado rígido de su último cliente.
Siempre a esa hora, la misma conversación: historias de asesinatos, viejos secretos, amenazas susurradas entre estantes repletos de polillas. La clientela a esas horas era una colección de insomnes, parias y adictos a las pesadillas. Esta noche, sin embargo, había algo nuevo. El hombre tenía las manos ocultas en los bolsillos, y sus ojos azules—vidriosos, hambrientos—no parpadeaban ni miraban hacia los libros. Buscaba otra cosa.
“¿Vas a quedarte mucho más?” preguntó Ethan, pero al extraño no parecía importarle en absoluto. Movía los pies como si escuchara música que solo él oyera y, finalmente, con voz de metal oxidado dijo: “Hay historias que solo toman vida desnudas. Historias como tú, Ethan.”
Algo se quebró bajo el mostrador: un libro caído o quizá el eco de su propia respiración. El hombre se acercó demasiado, dejando un rastro de un olor que mezclaba óxido, sudor y miedo antiguo.
Ethan pensó en llamar a la policía, pero la línea, cortada desde el domingo, era ahora un simple cordón de plástico inútil. El extraño extendió despacio la mano y la dejó sobre la portada de un viejo libro de anatomía humana.
“¿Qué buscas?” intentó de nuevo Ethan.
“Verte por dentro”, respondió el tipo, y entonces el cuchillo apareció, idéntico al de las historias urbanas, de mango blanco y reluciente filo doméstico. Un error trivial: Ethan, ni por un segundo, pensó que una librería pudiera mancharse así.
El primer corte apenas fue un roce. El siguiente, un tajo brutal en la cara interna del antebrazo, sangre salpicando los lomos de las novelas románticas. Ethan no gritó, por miedo a que la realidad aceptase el asesinato. Cayó de rodillas tras el mostrador y distinguió, apenas con la vista nublada, los zapatos embarrados del hombre danzando sobre sus charcos de miedo.
Mientras agonizaba, Ethan pensó: esto no puede estar pasando en Ashwood, ciudad de cartas sin enviar ni cartas sin remitente. Pero sí, el extraño, ahora tranquilo y en paz, cogió uno de los libros—un bestiario antiguo—y se largó sin prisa.
Afueras de la librería: la niebla ocultó el cadáver amontonado entre diccionarios y manuales de autoayuda. Nadie vio entrar al hombre. Nadie lo vio salir. A la mañana, un alumno de instituto encontró la puerta entreabierta y, tras pasar sobre el primer charco seco de sangre, se detuvo ante una página arrancada, tachonada con un mensaje: “Para leerme, primero hay que desangrarse.”
Los días siguientes, la policía halló señales de otras muertes. Un vendedor ambulante decapitado en un callejón; una profesora, abierta en canal en el patio trasero de su casa; un niño, boca abajo tras el río helado, los ojos arrancados y una nota cosida en la lengua.
Nunca cuadraban los horarios. Los testigos juraban y perjuraban haber visto la sombra, los labios blanquecinos, los ojos que no parpadeaban. Nadie describía el mismo rostro. El pánico se propagó: la autoridad recomendó encierros prematuros, cierres de comercios, reuniones secretas en iglesias húmedas y medio en ruinas.
Pero Ashwood tenía memoria vieja, y la ciudad empezó a tragar sus propias historias. Los funcionarios mentían a la prensa, los curas ofrecían exorcismos, los adolescentes organizaban apuestas: ¿quién sería el próximo?
Lisa, forense, fue quien ató los cabos. Tras desvelar la autopsia de Ethan y encontrar grabada en su esternón una frase nueva—“El miedo es la única forma de leerme”—decidió investigar por su cuenta. En la penumbra de su despacho, armada con bisturí y linterna, la encontraron muerta tres noches después, abierta en dos y con el cerebro dispuesto encima de las cubiertas de un tomo de cuentos infantiles. Nadie quiso abrir ese libro nunca más.
Las sectas empezaron a multiplicarse, y la policía dejó de registrar las desapariciones. La ciudad, antes simple y casi aburrida, se volvió un amasijo de superstición y terror. Cada noche había sangre, cada amanecer, libros abiertos con mensajes sellados en la carne de las víctimas.
El extraño seguía apareciendo y desapareciendo, como un personaje arrancado de uno de los propios relatos empapados de sangre. Nadie sabía si era demonio, hombre, venganza. Solo, cuando la niebla bajaba y las luces parpadeaban, la gente sentía un cuchillo invisible recortando la frontera entre lo posible y lo inevitable.
Y Ashwood, que hasta entonces apenas era una palabra en un sobre sin destinatario, aprendió la parte más cruel del lenguaje: siempre hay alguien dispuesto a leerte por dentro si sabe cómo abrirte.
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