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Portada del relato Los susurros de la Cabaña
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Fragmento:


La carretera secundaria serpenteaba a través del bosque de Red Creek, iluminada apenas por los faros mortecinos de la vieja furgoneta en que viajaban seis amigos, cada uno cargando su propio equipaje de secretos y rencores enterrados. Era mediados de octubre y los árboles parecían inclinarse hacia la pista, como si esperaran ansiosos el paso de los forasteros. El aire estaba impregnado con esa humedad que anunciaba lluvia, y la luna, oculta tras la masa de nubes, sólo lanzaba destellos huidizos sobre el parabrisas cubierto de barro.

Duración: 05:24

Los susurros de la Cabaña
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La carretera secundaria serpenteaba a través del bosque de Red Creek, iluminada apenas por los faros mortecinos de la vieja furgoneta en que viajaban seis amigos, cada uno cargando su propio equipaje de secretos y rencores enterrados. Era mediados de octubre y los árboles parecían inclinarse hacia la pista, como si esperaran ansiosos el paso de los forasteros. El aire estaba impregnado con esa humedad que anunciaba lluvia, y la luna, oculta tras la masa de nubes, sólo lanzaba destellos huidizos sobre el parabrisas cubierto de barro.

Sara, la primera en sugerir la escapada de fin de semana, miraba el GPS, pero la señal hacía rato había desaparecido. “¿Seguro que tomamos el desvío correcto?” preguntó, no por primera vez. Mike resopló, los nudillos blancos sobre el volante. “Esto es lo que nos dijo Joel, el tipo de la gasolinera. Una milla más allá del viejo aserradero. Hay que fiarse de la gente local.” Nadie replicó, pero el silencio pesó como una tela húmeda sobre ellos.

Atravesaron el umbral de una verja oxidada adornada con antiguas herraduras y placas ilegibles, hasta llegar a la cabaña que Marco había conseguido a través de su tío. “No figura en ninguna guía turística”, había presumido. Nadie preguntó por qué. Bajaron apurados, cargando mochilas, latas de cerveza y la promesa de noches sin dormir. No sabían que Red Creek tenía una historia, y que pronto serían parte de ella.

La cabaña olía a madera húmeda y ceniza vieja. Risas nerviosas, bromas vacías mientras encendían la chimenea. A través de la ventana, un leve destello aluminaba el fondo del bosque. “Debe ser un faro de caza”, dijo Laura. Nadie respondió.

Esa primera noche, después de la cena y demasiadas cervezas, el grupo jugó a “Verdad o reto”. Rencillas y líos emergieron entre risas forzadas, pero todos parecían querer olvidar el año anterior, cuando Tom y Julia se distanciaron después de esa fiesta en la universidad. La noche avanzó, la tormenta golpeaba la madera, el fuego crepitaba.

Un grito súbito cortó la atmósfera: la linterna que Lisa había llevado afuera para fumar cayó al suelo, rodando hasta la puerta. Fueron tras ella, burlas en los labios, pero al abrir la puerta sólo hallaron la linterna, encendida. Lisa estaba desaparecida.

Buscaron por la cabaña, después en la espesura. Sarah gritó su nombre, la voz quebrada de pánico. Seth, siempre el primero en bromear, temblaba visiblemente. “Esto no es gracioso, Lisa.” Nadie reía.

La tormenta arreció. Los teléfonos no tenían señal. Marco intentó hacer funcionar la radio, pero todo lo que obtuvo fue un crujido intermitente y, por un segundo, una interferencia que sonó como un sollozo. “Se están divirtiendo”, murmuró la radio en una voz que nunca había pertenecido a un locutor.

Horas después, cuando Seth salió a buscar leña, encontraron su bufanda en la rama baja de un árbol, manchada de sangre. Las primeras primeras luces del amanecer ni siquiera alcanzaban la penumbra profunda al borde del bosque. El miedo se extendió como la humedad: denso, opresivo, imparable.

Intentaron marcharse. El motor de la furgoneta giraba en falso, los neumáticos rajados por cuchilladas invisibles. El sendero por el que habían llegado parecía ahora doblegarse bajo la niebla, llevándolos en círculos. Mike, jadeando de ira, lanzó el móvil al suelo. “No puede estar pasando.”

En el segundo atardecer, Sara decidió marcharse sola, cansada del círculo de paranoia y acusaciones que ahora los dividía. No volvió jamás. Joel, el de la gasolinera, había dicho que los olvidos eran peligrosos en Red Creek, pero nadie entendió el mensaje. Solo más tarde, cuando Laura encontró las pequeñas figuras, talladas toscamente en ramas y clavadas todas alrededor de la cabaña—cada una con la cara grotescamente cortada—supieron que alguien, o algo, se burlaba de ellos.

Esa noche, Marco vio una figura tras la ventana. Una máscara hecha de trozos de tela, con hilachas negras y dientes de hueso. Corrieron, gritando, bloqueando puertas y ventanas. Uno a uno, comenzaron a desaparecer. Siempre de forma distinta: una figura arrastrada por el suelo dejando sólo un rastro de barro y cerámica rota; otra silueta colgando de los ganchos en el granero; otra más atrás de la cabaña, con la garganta cortada, los ojos inundados de lluvia.

Cada grito fue ahogado por el rugido de la tormenta. Quedó sólo Laura, agazapada, temblando bajo la mesa del comedor, aferrando un cuchillo de cocina. Afuera, la figura enmascarada paseaba en círculos, arrastrando un machete oxidado. Laura recordaba, temblando, la última vez que vio a Lisa: fue hace un año, en la fiesta… cuando todos, borrachos, la humillaron y rieron al ver cómo lloraba escapando al bosque.

Red Creek no olvida. Los pecados regresan a reclamar sangre.

El machete golpeó la puerta. Laura ya no podía distinguir el trueno del latido de su corazón. Sabía que respondería por lo que hicieron. Sabía que en la niebla, en la tierra húmeda y triste de Red Creek, nadie es perdonado del todo.

Al amanecer, la cabaña era sólo ruina y quietud. Un cuervo graznó, posándose en el manillar oxidado de la furgoneta. En el claro, nuevas figuras talladas aguardaban, húmedas bajo el rocío, sonrientes pese a todo.

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