Fragmento:
Una linterna bailó sobre la madera astillada cuando Darren la encontró a tientas. La luz temblorosa apenas alcanzaba para distinguir manchas secas de humedad en la pared. Ahí, sobre el papel tapiz de rosas marchitas, una palabra sangrienta tallada con cuchillo: “DEVUELVANME”. Milton, pálido como harina, susurró la leyenda local: “Eso decía la puerta del viejo asilo, antes de que el fuego lo devorara con todos dentro”.
Duración: 05:47
El otoño había llegado con una furia que arrastraba remolinos de hojas hasta el fondo de la avenida Ripple. Las casas viejas, todas con vallados podridos y ventanas de vidrios rotos, parecían observar con recelo a los escasos habitantes que se aventuraban en la noche. Era una ciudad dormida bajo la niebla, pero en esa esquina, junto al descuidado cementerio, no reinaba la paz; la luna asomaba su costado muerto y, en la maleza, la oscuridad suspiraba de puro agotamiento y expectativa.
En la casa Griffin, cinco adultos habían encontrado, por una extraña broma del destino, la excusa perfecta para volver a reunirse. Eran viejos amigos, desgastados en sus propias miserias, reconectando bajo la bandera ingenua de la nostalgia y el alcohol. Sarah, la anfitriona, apretaba una copa contra el pecho y trataba de imaginar la vida de cada uno cuando se apagaba el murmullo general. Darren reía fuerte pero miraba de reojo a la copa vacía, Bridget mordía su cigarro tras cada palabra, y Milton parecía flotar en su propia indiferencia, mientras que Chris —el más callado, pero el menos inocente— miraba la puerta como si esperara la entrada de alguien más.
La conversación derivó, inevitable, a los viejos horrores que todos recordaban: la desaparición de niños, la muerte atroz de un vagabundo bajo el tercer puente, las historias de un hombre vestido de payaso que cazaba a los desprevenidos. Se reían con nervio y, al hacerlo, le daban cuerda a una maldición olvidada. Nadie quería ser el primero en admitir el miedo, pero todos sentían en la nuca el peso de una sombra antigua.
La electricidad titiló. Un chirrido rasgó la noche, y algo tras la puerta principal se deslizó, apenas audible, en el vestíbulo. Sarah pensó en la cerradura de la puerta trasera: la había dejado abierta cuando salió a fumar. No tuvo tiempo de compartir la preocupación; un golpe brutal, seco y descomunal, sacudió la casa y la oscuridad engulló al grupo.
Una linterna bailó sobre la madera astillada cuando Darren la encontró a tientas. La luz temblorosa apenas alcanzaba para distinguir manchas secas de humedad en la pared. Ahí, sobre el papel tapiz de rosas marchitas, una palabra sangrienta tallada con cuchillo: “DEVUELVANME”. Milton, pálido como harina, susurró la leyenda local: “Eso decía la puerta del viejo asilo, antes de que el fuego lo devorara con todos dentro”.
La tensión partió el aire; nadie creía en fantasmas, hasta que un chillido de Bridget desintegró la incredulidad. Del pasillo emergía una silueta gigantesca, envuelta en harapos, careta roja, y en la mano un machete oxidado. Ninguno reconoció el rostro borroso bajo el plástico, pero el instinto ancestral los empujó a correr. Chris fue el primero en tropezar sobre la alfombra, mientras el filo silbaba y cortaba la penumbra con un brillo voraz.
No hubo tiempo para piedad. La sangre de Chris salpicó los retratos familiares, y Sarah apenas pudo arrastrar a Darren y Bridget escaleras arriba, cerrando la puerta del desván con lo que les quedaba de fe. El asesino, mudo y metódico, acuchilló la mampostería hasta hacerla vibrar. Afuera, el viento rugía, trayendo consigo el rumor de risas distorsionadas. En el desván, debajo de cajas y polvo, Bridget sentía cómo el miedo la iba paralizando, recordando cuentos de infancia sobre un monstruo al que nunca miraban a los ojos.
Un choque metálico, seguido por el crujido de una cerradura derribada. Darren revolvía el mueble polvoriento en busca de algo con lo que defenderse y Hugo, el perro viejo de la casa, gimoteaba encogido en el rincón. Pronto, el monstruo abrió paso entre las tablas podridas, alternando movimientos torpes y letales, acechando como una carcajada letal. Cuando la linterna rozó el filo de su máscara de payaso, Sarah reconoció en los ojos marrones el destello de una infancia arruinada: esos ojos eran de uno de ellos.
La revelación fue un puño en el estómago. De pronto, cada memoria de juegos, bromas pesadas y traiciones compartidas recobraba una fea segunda vida. No era un extraño, era el amigo que todos traicionaron, el que desapareció una noche de hace 20 años y que ahora volvía con furia desbordada. En apenas un suspiro, el asesino se abalanzó sobre Bridget, acuchillando una y otra vez hasta que las súplicas se ahogaron bajo el golpeteo sordo de la cuchilla.
Darren golpeó la cabeza del maníaco con una vieja lámpara, permitiendo a Sarah correr. Atravesó el pasillo, dejó atrás a Hugo, oyó el jadeo criminal al recuperarse y corrió hacia la ventana del segundo piso. La abrió de un manotazo, pero el vidrio estaba martillado con maderas, como si alguien hubiera previsto este momento. Escuchó el grito extinguido de Darren al ser alcanzado y, arrojándose al suelo, ocultó su rostro entre las manos. El asesino, cubierto de sangre y temblores con cada resuello, se detuvo frente a ella.
—No tenías que haber vuelto —susurró una voz hendida por el odio.
Sarah, con una última chispa de coraje, le arrancó la máscara. El rostro destruido de su antiguo compañero Samuel —al que todos fingieron olvidar— se deformó en una mueca grotesca, lagrimeando rabia y años de olvido. Entre el temblor de las luces moribundas, le ofreció la misma frase que ella había pronunciado dos décadas atrás: “No existes. Nadie te va a recordar”. Un gesto rápido, el machete alzado, y el tiempo se detuvo para siempre.
Al amanecer, la policía halló puertas abiertas, sangre en las paredes, sólo un perro moribundo llorando entre pilas de recuerdos rotos; la luna se ocultó tras las nubes, satisfecha, mientras los susurros del asesino se perdían en nuevas leyendas, y el repudio de los vivos seguía abriendo heridas que jamás cicatrizan.
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