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Fragmento:


¿Sabías, lector, que las repúblicas prosperan gracias a la incompetencia compartida? En el municipio de Planta Quadrada, la costumbre nacional era lamentar el clima y aplaudir leyes irrelevantes. Las amas de casa leían demasiadas revistas, los burócratas grababan mensajes automáticos con citas de Oscar Wilde, y los niños se entrenaban para perder competencias de deletreo (ganar estaba mal visto, era de mala educación). La ciudad había olvidado cómo se abrían las ventanas sin detonar alambradas de burócratas, y encomendarle una tarea simple a alguien —sacar la basura de los martes o aprobar una moción contra la melancolía— podía volverse un asunto de Estado.

Duración: 04:24

Las zanahorias que presidían el Parlamento
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¿Sabías, lector, que las repúblicas prosperan gracias a la incompetencia compartida? En el municipio de Planta Quadrada, la costumbre nacional era lamentar el clima y aplaudir leyes irrelevantes. Las amas de casa leían demasiadas revistas, los burócratas grababan mensajes automáticos con citas de Oscar Wilde, y los niños se entrenaban para perder competencias de deletreo (ganar estaba mal visto, era de mala educación). La ciudad había olvidado cómo se abrían las ventanas sin detonar alambradas de burócratas, y encomendarle una tarea simple a alguien —sacar la basura de los martes o aprobar una moción contra la melancolía— podía volverse un asunto de Estado.

En una de esas mañanas eternas, el alcalde Sacrificio Pérez —calvo, ojeroso y, según el folclore local, pariente lejano de un nogal— convocó a una sesión extraordinaria del Concejo Pluvial. El orden del día fue: “Discutir el informe sobre la proliferación alarmante de paraguas rotos en las calles”. La sala olía a sopa recalentada y a miedo existencial. El concejal Rosales opinó que los paraguas eran en realidad antenas para captar ideas extranjeras; el concejal Oropesa sugirió que la mejor manera de eliminar el problema sería multar a los ciudadanos por cada pensamiento pesimista manifestado al público. Nadie mencionó la posibilidad de limpiar las aceras. Eso hubiera sido demasiado transgresor.

En el palco de honor, un pequeño ejército de geranios en macetas observaba la escena. Las plantas eran la esperanza secreta de la comuna. En las noches oscuras, cuando la electricidad se iba o el streaming fallaba, la gente escribía cartas de amor a los geranios y les susurraba secretos financieros: cómo evadir impuestos, cómo fabricar licor casero a partir de jugo de remolacha, cómo sobrevivir un lunes. Los geranios, sin embargo, devolvían sólo un silencio verde y cómplice.

Entre los presentes, estaba Amanda la Triste, quien aseguraba haber conocido otro mundo mejor en la década pasada, cuando los desayunos eran gratis y los vecinos aún no se espiaban unos a otros usando ratones mecánicos de vigilancia. Amanda llevaba una falda hecha de recortes de banderas y coleccionaba excusas para no sonreír. Esa mañana leyó en un panfleto: “Habrá que elegir entre la melancolía institucional y el optimismo recetado”. Nadie supo muy bien de qué lado quedarse.

Cuando el alcalde planteó la posibilidad de sustituir a los humanos por estatuas que no se quejaran ni necesitaran cobrar salario, los comerciantes de la esquina protestaron. “Las estatuas no compran leche”, decían. “Tampoco pagan impuestos”, alegaban los inspectores de finanzas. Hubo un debate feroz, interrumpido por la entrada dramática del Doctor Confort, psiquiatra municipal. Traía un estudio: el 72% de la población prefería sueños con espacios cerrados; el 18% soñaba con quejidos de ascensor; el resto, sospechosamente, no soñaba nunca o no se lo permitía.

El Doctor Confort propuso entonces legalizar la tristeza. “Hagamos un censo de pesimistas, una feria con premios a la mejor excusa para no levantarse de la cama. Organicemos un reality-show: ‘La Desesperanza Vale Doble en Primavera’”. Los concejales aplaudieron con cansancio; los geranios se inclinaron discretamente.

Esa misma noche, los ciudadanos salieron a la colina de los paraguas rotos. Allí formaron una gran fogata con mangos de acero y tela rasgada. Cantaron el Himno de la Mediana Desesperación, esa melodía que sólo aprendían los habitantes resignados. Mientras ardían los paraguas bajo el cielo irregular, Sacrificio Pérez pensó, con una lucidez sospechosa, que tal vez, sólo tal vez, la felicidad sería un fenómeno estadístico: como los eclipses, la lluvia o un gobierno honesto.

La asamblea terminó con resoluciones: había que empezar a sonreír sólo los martes impares; debían premiar al ciudadano que mejor se quejara sin dañar la armonía nacional y, sobre todo, se prohibían para siempre los balances anuales que incluyeran la palabra “futuro”.

Sin embargo, mientras las llamas consumían la última evidencia de cobertura y duda, una niña pequeña, que no sabía aún conjugar la decepción, preguntó: “¿Y si mañana no llueve?”. La asamblea enmudeció. Un geranio floreció de pronto. Por primera vez en años, alguien propuso abrir la ventana. Nadie supo cómo.

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