Fragmento:
“¿Sabes qué es esto?”, preguntó Becker, enseñando su creación apenas perfilada. Konrad vio una sombra de algo familiar, pero no supo decir qué. “Un soldado”, murmuró Becker, “pero de otro tiempo. Nadie quiere ser recordado como un soldado de este”. Su voz era baja, amarga, como una carta quemada antes de ser leída. Konrad asintió; pensó que estaba demasiado cansado incluso para discutir.
Duración: 03:35
La noche caía como una pesada manta sobre el pequeño puesto avanzado, ocultando las cicatrices de la tierra castigada y cubriendo los rostros de los hombres extraviados entre alambradas rotas. Konrad Fischer se encontraba de pie, a apenas unos centímetros de una hoguera clandestina, mientras el frío calaba con paciencia obsesiva bajo sus ropas empapadas. El mundo había dejado de girar en torno a cosas sencillas: ahora la existencia se medía en minutos de vida, en cafetera llena o vacía, en el temblor de manos que buscaban no solo calor, sino también un vestigio de humanidad.
Los sonidos del frente eran casi familiares. Allá lejos, un disparo surgía como un ave enloquecida, y lo seguía un retumbar breve que se colaba entre los oídos y los recuerdos. Nadie hablaba demasiado: las palabras rebotaban contra la barrera impuesta por el miedo, por la certeza de que cualquier conversación podía ser la última. Frente a Konrad, Johann Becker tallaba una figura en la madera. Tenía las uñas negras, los nudillos cicatrizados, el rostro enmarcado por restos de barba canosa y ojos azules que miraban, por turnos, la figura y a Konrad, como si midiera el peso de su juventud frente a la propia ruina.
“¿Sabes qué es esto?”, preguntó Becker, enseñando su creación apenas perfilada. Konrad vio una sombra de algo familiar, pero no supo decir qué. “Un soldado”, murmuró Becker, “pero de otro tiempo. Nadie quiere ser recordado como un soldado de este”. Su voz era baja, amarga, como una carta quemada antes de ser leída. Konrad asintió; pensó que estaba demasiado cansado incluso para discutir.
En las trincheras vecinas, el invierno no perdonaba. Un hombre tosía sangre y nadie lo miraba, como si ignorarlo pudiera conjurar la muerte. Otros dos jugaban a las cartas, alternando mentiras y promesas de que pronto volverían a casa. Uno, el sargento Wilde, escribía una carta que, Konrad lo sospechaba, no iba a enviar jamás. Nadie creía ya en los regresos; solo se escribía para no olvidar los nombres.
La noche se hacía aún más profunda y, desde la ciudad destruida cercana, llegaba el olor espeso de la madera quemada. Konrad recordaba siglos de civilización, de libros, de arte, de iglesias elevadas como oraciones. Ahora, apenas quedaban muros y vidrios rotos en los que los fantasmas del pasado se asomaban y preguntaban por qué. No había respuesta.
El soldado miró al cielo: ni una estrella. Buscaron el alba, pero el alba no llegaba. Los hombres encendieron otra lámpara y la ocultaron bajo una manta, y en ese diminuto resplandor Becker siguió tallando, Wilde siguió escribiendo, y los otros callaron juntos. El silencio se convirtió en el único refugio.
Esa noche, un proyectil cayó cerca del puesto. El suelo tembló y la lámpara se apagó. Algunos corrieron, otros se agacharon, uno rezó. Cuando todo terminó, quedó el eco de la explosión suspendido en sus pechos. Wilde guardó la carta en lo hondo de su abrigo, Konrad, con las manos congeladas, se aferró a la manta y Becker miró su figura de madera astillada.
“Al final quedamos nosotros”, dijo Becker, y su voz parecía venir de otro mundo. En el silencio, cada hombre entendió lo mismo: que eran solo sombras esperando el amanecer, que los recuerdos se marchitarían como la luz, y que, si volvían, nadie sabría nunca de su miedo, ni de las cartas nunca enviadas, ni del temblor de las manos junto al fuego clandestino. En esa espera interminable, la noche era su única patria, y el hombre su único enemigo y consuelo.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.