Fragmento:
A cada paso, el estruendo se siente más distante. Karl recuerda a Lina, su hija, cómo preguntaba si el bosque cantaba realmente en invierno. Le prometió que sí. Que el viento vestía las ramas y cubría a los animales dormidos con una canción suave. Ahora, años y kilómetros después, aquel recuerdo le pesa en el pecho como si algún día pudiese volver, cruzar la puerta y devolverle la infancia robada. Pero el bosque que lo rodea no canta, sólo guarda el silencio expectante de quienes acechan y de quienes huyen.
Duración: 04:08
La tierra rezuma humedad y sangre bajo los cascos, pero ninguno de los seis se detiene a atarlo a palabras. Karl mantiene los dedos cerrados sobre la correa del Mauser, sintiendo el vaivén del cañón al ritmo de su respiración. Un hilo de niebla se cuela entre los troncos de abeto y abedul, promete ocultamiento y traición en cada remanso gris. El zumbido lejano de los motores lo cortan: los americanos peinan el bosque tras la retirada. Nadie quería luchar aquí, no con las raíces traicioneras bajo las suelas ni el barro engullendo tobillos, pero este retazo del bosque de Hurtgen se ha convertido en su mundo y su prisión.
Le sigue Hans con su andar recio, los labios partidos a fuerza de silencio y frío. Detrás, Dieter cojea apenas, protegido por la juerga amarga del cigarrillo que fuma entre dos dedos tiritantes. El soldado más joven, un bávaro llamado Emil, lanza miradas ansiosas a cada sombra. Nunca ha disparado a nada que no fueran ciervos y las horas recientes le asfixian de promesas rotas. En último lugar, Franz y Wilhelm, dos hermanos que apenas se cruzan palabras pero caminan como si el dolor compartido de la infancia les blindara ahora.
A cada paso, el estruendo se siente más distante. Karl recuerda a Lina, su hija, cómo preguntaba si el bosque cantaba realmente en invierno. Le prometió que sí. Que el viento vestía las ramas y cubría a los animales dormidos con una canción suave. Ahora, años y kilómetros después, aquel recuerdo le pesa en el pecho como si algún día pudiese volver, cruzar la puerta y devolverle la infancia robada. Pero el bosque que lo rodea no canta, sólo guarda el silencio expectante de quienes acechan y de quienes huyen.
Empiezan los disparos. Una descarga sorda, un eco que resuena entre troncos y quiebra la quietud contenida, tan breve como cruel. Wilhem desaparece contra el suelo, la sangre oscureciendo el lodo. No hay tiempo para rezos ni palabras. Franz se lanza al cuerpo de su hermano y le sujeta la cabeza como cuando de pequeños temían a los fantasmas de las tormentas. Los otros gritan, corren, buscan el amparo de un roble caído mientras las balas hacen silbar el aire.
El combate dura minutos que parecen días. Hans dispara hasta vaciar el cargador. Karl siente el retroceso del fusil en sus hombros, una y otra vez. El olor a pólvora y miedo lo envuelve. Deja de contar balas, deja de pensar en Lina. Sólo importa respirar y disparar, respirar y sobrevivir. Cuando al fin todo se disuelve en un silencio abrumador, sólo cuatro quedan en pie junto al cadáver de Wilhelm. Dieter sangra de la pierna pero dice que puede caminar, que los americanos se han ido.
Franz entierra a su hermano como puede. No lee ninguna oración, sólo entrelaza los dedos en el lodo y marca la tierra con una cruz hecha con ramas. Karl le toca el hombro. No dice nada. El idioma de la compasión se ha quedado sin palabras tras tantas sepulturas improvisadas.
Terminan la marcha al atardecer. El cielo de diciembre parece más plomo que nunca. Llegan a un claro donde la luz se acurruca temblorosa entre los árboles desnudos. Allí, Karl siente que las manos le tiemblan y el hambre crece, pero lo devora más la melancolía que cualquier sufrimiento físico. Ríen, poco y mal, en un intento desesperado de romper la tensión. Emil, aún intacto en la carne pero desfigurado en los ojos, murmura que le duele la cabeza. Nadie responde.
Piensa entonces en promesas. En lo que prometió a Lina, en lo que juró a sus amigos antes de partir, en la mentira piadosa del retorno. Sabe que la guerra los ha vuelto otros: más duros, menos íntegros, cada uno cargando el astillado equipaje de la culpa y la esperanza. Alguien canta, bajito, una canción de la infancia; Dieter se queda dormido apoyado en el fusil.
Mientras la niebla desciende de nuevo y se arremolina entre los cuerpos exhaustos, Karl comprende que los supervivientes de esta noche no serán nunca más los hombres que eran antes de cruzar la frontera del bosque. Atrás quedará el eco de los disparos, los pactos silenciosos y la fragancia inmortal del miedo. El bosque guardará su canción, la misma que él alguna vez prometió a Lina, y que acaso sólo los muertos y los que no regresan puedan oír en la quietud interminable del invierno.
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