Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Hay algo malo en casa
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
La grieta del silencio
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Las cartas de Jerome
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Fragmento:


El hombre que una vez había sido conocido como el mayor William Fane llegó al château casi al anochecer, con el viento estival sacudiendo los tilos y barriendo el polvo de los caminos hacia los salones de mármol resquebrajados. Llevaba el uniforme british correctamente abotonado, aunque la tela mostraba los cansancios de más de un año de trasiego. Aquí y allá, en el bajo de los pantalones, los remiendos de otro color atestiguaban los mancos recursos del momento. Había recibido órdenes de tomar contacto con la familia Duval, anfitriones involuntarios desde la ocupación, y evaluar la posibilidad de instalar un puesto de observación entre aquellas tapias de musgo y claustro dormido.

Duración: 05:05

Las cartas de Jerome
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El hombre que una vez había sido conocido como el mayor William Fane llegó al château casi al anochecer, con el viento estival sacudiendo los tilos y barriendo el polvo de los caminos hacia los salones de mármol resquebrajados. Llevaba el uniforme british correctamente abotonado, aunque la tela mostraba los cansancios de más de un año de trasiego. Aquí y allá, en el bajo de los pantalones, los remiendos de otro color atestiguaban los mancos recursos del momento. Había recibido órdenes de tomar contacto con la familia Duval, anfitriones involuntarios desde la ocupación, y evaluar la posibilidad de instalar un puesto de observación entre aquellas tapias de musgo y claustro dormido.

Pero el mayor Fane, mientras subía la escalinata, sentía pesar más el abrigo invisible del recuerdo que el macuto a la espalda. El hombre que le abrió la puerta ―un sirviente con uniforme, todavía más pulcro que el suyo propio― le recibió con esa mirada breve y orgullosa de quienes estaban condenados a la cortesía. Atravesó el palacio, admirando los detalles descascarados de unos frescos ya casi difuminados por la ceniza de los inviernos, y se preguntó cómo sería despertar cada día bajo la sombra de tanta historia fracturada.

La señora Duval le saludó en un francés neutro, excesivamente pausado. Le ofreció coñac pese al racionamiento. En el gesto, Fane detectó algo más que hospitalidad: una promesa de resistencia, enfangada de sospecha. Mientras bebía, la anciana vigilaba de reojo el reloj de la repisa, como si temiese que las campanadas llamaran no a la cena, sino a algún intruso invisible. Tras un breve intercambio sobre el clima y las colectas de manzanas —que, según ella, apenas bastaban para los postres—, llegó el momento de mostrarle su humilde alojamiento: una habitación en la antigua torre oeste, donde el papel descascarillado apenas lograba tapar las cicatrices de la pólvora de otra guerra, quizás también perdida.

Ya solo, Fane dejó el petate y se acercó a la ventana. Afuera, el crepúsculo doraba las copas y el pastor alemán sentía la llegada de la noche. Encendió un cigarrillo improvisado, saboreando el tabaco negro, y pensó en el despacho que le aguardaba en Londres, con su escritorio de roble y los cuadros de ninfas en las paredes. Se preguntó, entre bocanadas, en qué momento había cambiado la realidad inglesa por aquellos corredores plagados de encajes y miedo. Una ráfaga súbita hizo crujir los cristales.

Más tarde, mientras revisaba sus papeles, descubrió unos sobres extraviados debajo del colchón. No llevaban dirección, sólo la palabra “Écoutez”, en tinta oscura. Se preguntó si debían su presencia allí al azar o a una mano amiga de la resistencia, que jugaba al escondite con los oficiales y la propia señora Duval. Se permitió la imprudencia de abrir uno. Leyó la carta:

"Las horas entre la una y las tres son las más seguras. No confíe en el chófer. Si la campana suena dos veces, no baje con prisa."

Las palabras le produjeron un escalofrío diagonal. Calculó posibilidades: infiltrados avecindados en la servidumbre, colaboracionistas disfrazados de parientes, o simples fantasmas, que en esos días abundaban tanto como la fiebre del hambre. Sintió de pronto el peso de la soledad. Ese miedo que sólo conocen los adultos que han aprendido a ocultarse no de los demás, sino de sí mismos.

La cena se sirvió en el comedor largo, bajo la luz temblona de candelabros de plata. La señora Duval parloteaba del pasado: los bailes, la llegada de los automóviles, las primeras tardes de rifas para la Cruz Roja durante la “guerra anterior”. Fane respondía protocolariamente, pero sentía la atención chisporrotear entre los comensales. El chófer, un hombre robusto de bigote afilado, parecía medir sus gestos. Nadie nombraba el frente ni a los alemanes. Ni siquiera cuando retumbó, lejano, el cañón en dirección al bosque.

De madrugada, Fane desvelado, descendió sigilosamente hasta la biblioteca, orientado por el tenue resplandor de la luna. Fue entonces cuando escuchó pasos. Rápidos, decididos, y un murmullo apenas audible en los corredores. Entre las estanterías de libros franceses de cubiertas ajadas, una figura oscura descendía por la trampilla. Sin pensarlo, el mayor la alcanzó y colocó su mano firme sobre el hombro ajeno. Ambos se inmovilizaron. Tras un momento de silencio brutal, la figura habló en francés bajo y crispado:

—Si busca a los fantasmas, ya hace años que huyeron.

El rostro era joven, femenino y sucio de hollín. Lucía el brazalete de la cruz de Lorena. Fane susurró:

—¿Cuántos sois?

—Los justos —respondió la joven, sonriendo con amargura—. Los justos y los desesperados.

Mientras el sol despuntaba al otro lado del Sena, el mayor Fane se vio forzado a tomar partido. La guerra, comprendió, no era sino el despliegue de la cobardía y la valentía disfrazadas de órdenes. Aquella alianza secreta —tejida en la ceniza de viejas bibliotecas y cartas sin sello— era la única certidumbre.

Cuando la señora Duval sirvió el café, ya era tarde para todo, menos para resistir.

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