Fragmento:
En el piso de arriba, la señora Marchand repetía su ritual de cada noche: abría la jaula del canario y lo acariciaba suavemente, convencida de que en su pajarillo amarillo anidaba aún alguna promesa de lo que había sido. En su bolso cargaba siempre una carta dirigida a un hijo del que no recibía noticias; en sus manos temblorosas se amontonaban las cuentas impagas y una retahíla de oraciones viejas.
Duración: 03:38
La tarde había caído sobre la ciudad como una losa. En el despacho de la embajada, el olor a papel mojado y cuero viejo se mezclaba con la humedad del río distante. El cristal de la ventana, astillado tras la última ofensiva, distorsionaba la luz naranja del crepúsculo, proyectando en el suelo una red de sombras que se agitaban según el viento.
Dieter, encorvado sobre su máquina de escribir, alternaba entre aporrear las teclas y llenar su vaso de aguardiente. El caparazón burocrático era lo único que le quedaba; el caos ajeno se filtraba al interior apenas en forma de rumores, el ruido lejano de los cañones, o la fila de refugiados que cada noche se alargaba frente a la verja. Londres era un eco en su memoria, tan irreal como el rostro de Julia antes de que la guerra se interpusiera entre ellos.
En el piso de arriba, la señora Marchand repetía su ritual de cada noche: abría la jaula del canario y lo acariciaba suavemente, convencida de que en su pajarillo amarillo anidaba aún alguna promesa de lo que había sido. En su bolso cargaba siempre una carta dirigida a un hijo del que no recibía noticias; en sus manos temblorosas se amontonaban las cuentas impagas y una retahíla de oraciones viejas.
En la calle, hombres sin nombre removían los escombros con varas oxidadas. Había quienes buscaban a un hermano, quienes sólo querían leña, quienes ya no recordaban muy bien el porqué de su tarea.
Dieter esa noche debía redactar un informesobre los traidores detenidos esa tarde. Escribía “colaboracionistas” pero la palabra resbalaba como aceite entre sus dedos. Pensó en su propia cobardía, en el miedo viscoso que acompañaba a los hombres en tiempos de violencia. ¿Qué significa traicionar, si uno traiciona solo para sobrevivir? El viejo secretario, Von Rosen, cruzaba de cuando en cuando su despacho, balanceando una linterna, ordenando papeles y mirando de reojo el carnet de Dieter, como si en cualquier segundo fuera a pronunciar una sentencia.
Pasada la medianoche, la ciudad era ya un animal herido: solo el petardeo esporádico de algún camión militar rompía el velo del silencio. Dieter, inquieto, bajó al sótano en busca de más licores. Allí encontró a François, el jardinero, borracho hasta el estupor. Se decían pocas palabras. Ambos sabían que compartir el silencio era un pacto más fuerte que cualquier promesa.
Esa noche, afuera, muy cerca, un niño decidió que era mejor dormir en la acera que en el sótano de su casa, por miedo a que el techo colapsara. Los ladridos de los perros hambrientos se mezclaban con el rumor de plegarias; algunos rezaban por la paz, otros solo rezaban por la normalidad.
Julia, desde la distancia, había dejado de escribirle. Dieter conservaba sus cartas en una caja remendada, releyendo las últimas líneas con la certeza de que el amor, igual que la moral, era un lujo inalcanzable en aquel paisaje de polvo y miedo.
Así pasaron las noches, las semanas, una tras otra calcadas en gris, hasta que un día la radio anunció la capitulación. Sin vítores, sin lágrimas; sólo la incredulidad sorda de los que sobreviven a todo menos a sí mismos. La señora Marchand lloró en silencio junto a la jaula vacía de su canario. François subió al tejado y miró la ciudad sin reconocerse en ella. Von Rosen desapareció una mañana, como un espectro que la memoria se niega a retener. Y Dieter, frente a su máquina de escribir, descubrió que ya no quedaban palabras, ni para explicar, ni para olvidar, ni para empezar de nuevo. Solo el crujido de las teclas, como un lamento sordo, fue llenando el cuarto vacío mientras afuera, por primera vez, el sol no parecía ya tan lejano.
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