Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Portada del relato Viento del Este
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Fragmento:


Avanzaron por una zanja que alguna vez había servido como drenaje agrícola. Ahora era todo agua y hielo deshecho, y el barro se agarraba rotundo a las botas baratas. Paul sentía un sabor metálico tras los dientes, ese vértigo mil veces repetido cuando la muerte es probabilidad y compañía. Frente a ellos, Guttman, de cabellos claros y cara triangular, se detuvo. Un aldeano apareció tambaleante, con los brazos en alto y un pañuelo blanco. El hombre jadeaba, la boca le temblaba.

Duración: 05:24

Viento del Este
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El cielo apenas se había deshilachado de gris cuando los hombres se movieron hacia el cruce de caminos. Paul, agazapado contra la raíz de un abeto caído, sintió la humedad trepándole hasta el esternón, helándole las costillas bajo el abrigo de lana. No era mucho abrigo. Vio a Vogel limpiarse la nariz con el dorso de la mano antes de meter el fusil debajo de la axila, como si el acero pudiera robarle algo del calor tan escaso.

Habían caminado toda la noche. Desde Riga, quedaba apenas el rumor de calles derruidas, ecos sofocados por el barro, la nieve pisoteada por botas exhaustas y el esqueleto de un tranvía petrificado junto a una iglesia sin nombre. Pero ahora, al sur, sentían el pulso de los cañones. Invisible, la artillería rusa abría surcos rítmicos en la distancia, y cada impacto era como si alguien, allá lejos, golpease una puerta con el puño de la desesperación.

Paul no tenía órdenes claras, solo el mandato de sobrevivir hasta el siguiente puesto, hasta la siguiente comida caliente o cigarrillo robado. Pero cargaba con la memoria de Bremen, de los muebles cubiertos por sábanas y la figura de su madre silueteada en la puerta, diciendo algo que se le había deshecho en la memoria. Quedaba apenas la textura de su voz, la forma en que la luz la partía en dos.

El comandante Hoffman, joven para ese rango y tan preocupado de mantener la calma como de mantener limpia su gorra, murmuró un nombre impronunciable y consultó el reloj: la aguja lesionada señalaba casi las seis. Todos se levantaron. Las piernas temblorosas, la espalda contracturada. Por un momento, los cascos chocaron suavemente cuando alguien tropezó; no hubo risas. Nada de lo que antes hubiera llenado los vacíos: una broma, una blasfemia, el recuerdo de una muchacha escondida en un jardín.

Avanzaron por una zanja que alguna vez había servido como drenaje agrícola. Ahora era todo agua y hielo deshecho, y el barro se agarraba rotundo a las botas baratas. Paul sentía un sabor metálico tras los dientes, ese vértigo mil veces repetido cuando la muerte es probabilidad y compañía. Frente a ellos, Guttman, de cabellos claros y cara triangular, se detuvo. Un aldeano apareció tambaleante, con los brazos en alto y un pañuelo blanco. El hombre jadeaba, la boca le temblaba.

—¿Tienes familia? —le preguntó Hoffman en ruso, con ese acento torpe aprendido demasiado tarde.

El hombre respondió con palabras atropelladas. Alrededor, los árboles parecían estar escuchando también, agazapados por el hielo. Paul sintió una punzada de incomodidad; pensó en la suya propia, en cartas rotas y promesas que ya no tendrían ningún sentido ni dirección.

Siguieron al aldeano, atravesando un campo sembrado de proyectiles sin detonar, huellas de tanques y rastros zigzagueantes de la retirada del regimiento anterior. La casa a la que llegaron, de madera ennegrecida, apenas conservaba una ventana entera. Detrás de la cortina, dos niñas de cabello muy rubio los miraron como si el mundo entero fuera ese fragmento de cristal, y solamente existiera un antes y un después de esos ojos asustados.

Hoffman registró la vivienda. Encontró pan, un poco de mantequilla endurecida, y tres huevos. Paul pensó en guardarse uno en el bolsillo, pero la mirada agotada de la madre lo hizo reconsiderar. “La guerra termina diferente para cada uno”, pensó, y se lo tragó amargo. En un rincón, Vogel escarbaba una caja, buscando algo que no estaba ahí.

De pronto, en el horizonte estalló una luz blanca. La artillería pesada de los rusos, más cerca de lo que pensaban. Hoffman saltó de vuelta al patio, arrojando órdenes rápidas; las niñas corrieron a esconderse bajo la mesa, la madre gritó en un idioma que Paul ya no entendía. Salieron a la zanja, de nuevo a la intemperie, y el silbido de las granadas era la única oración válida.

Corrieron al bosque, y uno de los suyos, Lemcke, cayó de rodillas con una metralla en la pierna. Paul se volvió. La sangre salía oscura, olor a hierro y miedo. Quiso gritar, pero Lemcke solo levantó la mano, como despidiéndose, y gritó algo sobre su hermano en Hamburgo. Los demás lo arrastraron y el barro ocultó pronto las huellas de la herida.

Pasaron horas en el bosque, tiritando. La noche había caído de nuevo, tan pesada como la propia fatiga, tan sin consuelo como una confesión a media voz. Paul sentía un dolor surcando la espalda, no sabía si era el hambre, la caída o la culpa. Alrededor, los hombres callaban, atados a su propio temblor. Las ramas crujiendo eran el único contacto con el mundo real.

Al amanecer, la nieve comenzó a caer otra vez. Una alfombra blanca, cubriendo cadáveres de árboles, de animales congelados, de todo lo que había sido historia minutos antes y ahora simplemente formaba parte del paisaje que nadie recordaría. Paul soñó, despierto, que estaba en Bremen, detrás del mercado, escuchando el sonido de una radio sintonizada en medio mundo. Se vio a sí mismo cruzando una calle, libre, invisible, ileso. Cuando abrió los ojos, le pareció que el campo escarchado le devolvía la mirada, sorda e implacable: un recordatorio de que, al final, todas las guerras acaban siendo una suma de ausencias, la voz perdida de una madre, el pan sin repartir, la esperanza sin futuro.

Y el que sobrevive, pensó Paul al levantarse una vez más, sólo hereda el frío.

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