Fragmento:
Allí, donde el polvo aún no se asentaba y la luz filtrada por las vidrieras rotas parecía más un augurio que un amanecer, caminaba Franz. Su sombra era fina y huesuda frente al muro de ladrillo desconchado, mientras alrededor de él la ciudad trataba por instinto de olvidar que había estado ardiendo. Las campanas de la iglesia de Santa Katherina, alguna vez símbolo de júbilo y rutina, descansaban ahora en el suelo, mudas y monumentales, amontonadas como cadáveres demasiado pesados para enterrar.
Duración: 04:27
Allí, donde el polvo aún no se asentaba y la luz filtrada por las vidrieras rotas parecía más un augurio que un amanecer, caminaba Franz. Su sombra era fina y huesuda frente al muro de ladrillo desconchado, mientras alrededor de él la ciudad trataba por instinto de olvidar que había estado ardiendo. Las campanas de la iglesia de Santa Katherina, alguna vez símbolo de júbilo y rutina, descansaban ahora en el suelo, mudas y monumentales, amontonadas como cadáveres demasiado pesados para enterrar.
Franz había aprendido a moverse despacio. El ruido llamaba la atención, y la atención era peligrosa. Desde el sudor frío en las palmas, hasta el temblor incontrolado en los párpados cuando escuchaba pasos —no era propio del miedo reciente, sino de un eco más antiguo, uno que provenía de la época en que la guerra aún era un rumor en la radio y no una verdad en cada bocacalle. A su alrededor, la vida arrancaba jirones de normalidad entre los bloques chamuscados. Alguna mujer remendaba ropa con hilo que ya no era suficiente y niños con más huesos que carne jugaban entre cascotes, batiéndose en riñas sin palabras por botones a modo de balas y trozos de pan duro.
La noche anterior habían pasado soldados. Franz los miró desde una brecha en el muro, acuclillado detrás de una puerta sin bisagras. Sabía distinguir los uniformes por las botas, y aquellas brillaban de un modo que sólo las botas recién llegadas podían hacerlo: soldados forasteros, extranjeros, ojos atentos a encontrar y repartir ejemplos. No importaba ya el lado: décadas después, él se preguntaría si las guerras no eran más que variantes de la misma sombra, arrastrándose lenta y repetidamente sobre los nombres de la gente.
Su misión, esa palabra que ahora odiaba, era entregar una carta. Era la tercera vez en una semana. En algún rincón de su mente, se preguntaba si no era otra trampa. Recibía papeles pequeños, recibía instrucciones vagas; siempre, al fondo de todo, la sospecha de que él mismo era prescindible. Pero la carta en sus manos, sellada con cera y sin dirección escrita, pesaba más que el pan. Thomas, el hombre al que debía dejarla, vivía en una pensión sin ventanas a salvo del viento pero no de las orejas ajenas.
Entró al edificio a media tarde. El aire estaba saturado de humo, no sólo de cigarrillos baratos, sino de leña húmeda, carne quemada y miedo. En la escalera, una anciana de espaldas barría polvo imaginario, pero giró la cabeza y lo observó con ojos de piedra. “Piso tres, esquina,” murmuró, sin que él preguntara. Franz asintió, midiendo cada paso, sintiendo los peldaños quebrarse como sijas bajo su bota.
Thomas era más joven de lo que esperaba, rubio y se notaba el hambre en la mandíbula rígida y el temblor de las manos. Tenía el aire de quien todavía recordaba reír antes de dormir. No hablaron hasta que la carta estuvo sobre la mesa. Thomas la miró un instante, y también miró a Franz, como si en su rostro pudiera leerse la traición o la piedad.
“¿Dijeron para cuándo?” preguntó Thomas, la voz apenas un susurro brutalizado por la costumbre.
“No dijeron nada”, respondió Franz, negándose a interrogar, habituado ya a comprender que la ignorancia era su última protección.
Un sonido distante —el estallido de una puerta, el grito de órdenes en otro idioma. Ambos se miraron, el reflejo de la alarma convertido en práctica cotidiana. Thomas recogió la carta y la deslizó bajo una baldosa. Nadie podría sospechar nada de un cuarto vacío, salvo del olor inconfundible de miedo nuevo.
Afuera, Franz se perdió entre los restos de lo que aún se atrevía a llamarse ciudad. El cielo estaba bajo y acuchillado por mil columnas de humo. Sólo entonces recordó lo que había dejado atrás: una esposa escondida, una hija entregada días antes a un campesino amable a cambio de nada más que promesas. Pensó en ellas, intentando reconstruir sus rostros en la memoria, y supo en silencio que no las volvería a ver.
Esa noche, cuando las alarmas tejieron de rojo el horizonte, Franz durmió entre vigas rotas en un sótano ocupado por huérfanos demasiado jóvenes para llamar madre a nadie. Alguien compartió media manzana. Nadie preguntó nombres. Afuera, estallaba una risa torcida —quizá un borracho, quizá un soldado al que la guerra había hecho olvidar la piedad. Los niños, ya dormidos, murmuraban en sueños palabras de otras ciudades, como si alguna vez hubiera existido un idioma sin guerra.
Y cuando la mañana llegó, Franz salió primero. El rumor de botas no cesaba, y él caminó hacia la estación, el bolso vacío y la espalda erguida; en el bolsillo, una cita de un libro leído antes de que empezara todo: “Para sobrevivir, hay que recordar lo que se pierde sin mirar atrás”. Repetía la frase como un rezo, cruzando entre bancos humeantes y pasos al acecho, y no volvió la vista en ningún instante. Porque sabía que, derrotas o victorias, lo único posible era no ser visto, no ser notado y simplemente, continuar.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.