Fragmento:
La noche era una masa densa, llena de sonidos minúsculos: el goteo de agua helada, el crujir de los tablones, el lejano aullido de un perro salvaje o quizás solo la imaginación recordando tiempos más sencillos. Mientras el humo se dispersaba en el aire frío, Klemens recitaba mentalmente fragmentos de un poema aprendido de memoria años atrás, una reliquia mental que usaba como talismán.
Duración: 03:58
No recordaba cuándo había comenzado a dolerle la pierna, pero sentía que hasta el hueso mismo estaba marcado con la humedad de la trinchera. El barro lo rodeaba, frías capas de lodo apretando contra su uniforme, absorbiendo el calor, negando toda noción de comodidad o de sueño. Hacía horas que no oía una explosión cercana, pero la memoria lo mantenía alerta; la tensión era una segunda piel. Se llamaba Klemens, y a veces pensaba en el carpintero al que había conocido en su pueblo antes de la guerra. Aquel hombre le había enseñado a mirar la veta de la madera, a descubrir su historia en los nudos y cicatrices. Ahora, en cambio, leía historias en los rostros: en la mirada amarga de Erik, en la sonrisa rota de Nowak, en los temblores involuntarios de Flasch.
Alguien murmuró en el retorcido alemán que compartían: “Cuando esto acabe, no voy a dormir jamás en otra cama”. Y todos rieron, una risa desgarrada, sin fuerza, cargada de lodo como sus botas. Klemens sacó el último cigarrillo que le quedaba, un pequeño lujo guardado para una ocasión en la que el miedo casi lo vencía. Lo encendió despacio, cuidando de que el brillo no fuera visto desde las posiciones enemigas que, según decían los oficiales, estaban a poco más de un campo de distancia, ocultas igual que ellos, esperando un error.
La noche era una masa densa, llena de sonidos minúsculos: el goteo de agua helada, el crujir de los tablones, el lejano aullido de un perro salvaje o quizás solo la imaginación recordando tiempos más sencillos. Mientras el humo se dispersaba en el aire frío, Klemens recitaba mentalmente fragmentos de un poema aprendido de memoria años atrás, una reliquia mental que usaba como talismán.
A cada exhalación, repasaba los rostros ausentes. Recordaba el de su hermana, con las manos manchadas de harina, y de su madre, que gritaba su nombre para advertirle de la lluvia. La guerra tenía la capacidad de transformar recuerdos sencillos en torturas dulces, agujas que mordían en los silencios. Tragó saliva, sintiendo la punzada seca del hambre a la que ya se había acostumbrado.
Un relámpago, y casi al mismo tiempo el retumbar de artillería. Erik se puso tenso, y Flasch apretó el fusil, sus nudillos tan blancos como el humo del cigarrillo que cambiaba de dueño rápidamente. En la trinchera nadie decía gran cosa; las palabras eran valiosas y se agotaban como los víveres. Sabían que cualquier movimiento podía ser el último paso antes del estallido, y entre todos construyeron una rutina de supervivencia: gestos breves, miradas de complicidad, la escasa certeza de que, quizás, otra vigilia llegaría.
El aire olía a tierra removida y cuero mojado. Desde su pequeño refugio, Klemens pensó en la ciudad que había dejado atrás, en el bullicio del mercado los sábados, en el sonido de las campanas que ahora solo existían en su cabeza. Ahora, entre todos esos hombres atrapados en una franja de barro, lo único común era el deseo inconfesable de cerrar los ojos sin miedo a no despertar.
Un sargento pasó y murmuró algo sobre un posible ataque. Nadie contestó, solo aulló el silencio ante la idea de abandonar la seguridad aparente del hoyo. Pero de todos modos, la amenaza inminente empujaba a que cada uno cuidara sus municiones, repasara el cargador, buscara ese último amuleto en el fondo del abrigo. Klemens sintió el peso de la medalla que colgaba de su cuello, ni por fe ni por orgullo, sino porque era lo único que conservaba del mundo anterior.
Casi al amanecer, uno de los hombres susurró una oración, una súplica no dirigida a ningún dios en particular, sino al aire y al barro, a las criaturas invisibles que habitaban la guerra. Cuando la luz pálida empezó a colarse entre los restos de niebla, Klemens supo que habría otra vigilia. Otro día para contar, aunque la historia fuese solo un murmullo enmarcado por el eco de artillería, el ardor de la duda y un cigarro apagado, estrujado contra la tierra, como símbolo modesto de haber resistido una noche más.
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