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Fragmento:


Bajo el suelo helado de la Plaza Roja se encuentra una biblioteca prohibida. Nadie lo admite, pero todos los que la han visitado (o sueñan con hacerlo) aseguran que hay en ella un archivo secreto: las almas compartidas. No es un espectáculo de esoterismo ni una superstición campesina, sino el resultado de un experimento sociopolítico llevado a cabo en los años sesenta por un grupo de psiquíatras marxistas. Según esos documentos, los ideólogos del socialismo soviético, aterrados por la ola de individualismo que se colaba por las grietas del telón de acero, diseñaron una máquina capaz de dividir y repartir las almas entre los ciudadanos, para hacer efectivo y literal el espíritu colectivo. El resultado no fue la felicidad, sino la zozobra: personas enteras, pero incompletas, moviéndose por las calles sin nombre propio, poseídas a ratos por las pasiones, los recuerdos y los terrores del vecino.

Duración: 06:03

La sombra de la plaza roja
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La luz pálida del alba resbalaba sobre los tejados de Moscú cuando Dmitri Ivanovich cruzó la Plaza Roja por trigésima vez esa semana. Nadie, salvo quien lo vigila desde el banco congelado de la esquina, podría sospechar que bajo esa ruina gris de carácter se agitaba el tumulto de dos voluntades: un alma fragmentada y vuelta a unir, repartida a la fuerza y por la historia.

Dmitri fue, en otra vida, un funcionario menesteroso, conocido por su fe rígida en la maquinaria estatal. Creía, como muchos, que la igualdad era cuestión de leyes y disciplina, de planes quinquenales y oficinas abarrotadas. Pero ahora, como muchos otros ciudadanos de la nueva Rusia, era rehén de su propio pasado, y de algo más: una presencia persistente, hecha a su imagen y semejanza, y sin embargo ajena.

Bajo el suelo helado de la Plaza Roja se encuentra una biblioteca prohibida. Nadie lo admite, pero todos los que la han visitado (o sueñan con hacerlo) aseguran que hay en ella un archivo secreto: las almas compartidas. No es un espectáculo de esoterismo ni una superstición campesina, sino el resultado de un experimento sociopolítico llevado a cabo en los años sesenta por un grupo de psiquíatras marxistas. Según esos documentos, los ideólogos del socialismo soviético, aterrados por la ola de individualismo que se colaba por las grietas del telón de acero, diseñaron una máquina capaz de dividir y repartir las almas entre los ciudadanos, para hacer efectivo y literal el espíritu colectivo. El resultado no fue la felicidad, sino la zozobra: personas enteras, pero incompletas, moviéndose por las calles sin nombre propio, poseídas a ratos por las pasiones, los recuerdos y los terrores del vecino.

Dmitri nunca fue parte de ese experimento. O eso creía. Pero desde hace unos años, entre sus sueños, aparecían paisajes y voces que no le pertenecían. Sentía deseos inexplicables de asistir a conciertos a los que odiaba, de leer libros que jamás había tocado, de amar a mujeres que nunca conoció. Había mañanas en las que se despertaba llorando, clausurado por un dolor antiguo, y tardes en las que reía sin saber por qué. Una noche de invierno, al mirar su propio reflejo en una ventanilla de tranvía, entendió: no era solo Dmitri Ivanovich. Compartía su alma con otra persona.

El descubrimiento no le aterrorizó, sino que lo llenó de una silenciosa euforia. Por primera vez en años, sentía en los huesos la comunión que la propaganda estatal prometía pero nunca entregaba. No era una comunidad fingida, construida a base de decretos; era una fraternidad orgánica, real y vivísima. El alma compartida, pensó Dmitri, era la base de toda política verdadera: no la subordinación del individuo a la abstracción del Estado, sino la conciencia permanente de coexistir en el otro, de pensar y sentir con otros ojos. Pero también era una condena. ¿Podía uno aspirar a la libertad cuando incluso la intimidad emocional le era expropiada y repartida? ¿Dónde terminaba Dmitri y empezaba Gregoriy, o la mujer de ojos avellana que aparecía en sus sueños sostenidos?

Decidió investigar. Recorrió archivos, hurgó en memorias y, a regañadientes, mandó cartas anónimas a publicaciones clandestinas en busca de respuestas. Y de vez en cuando encontraba señales: palabras en diarios ajenos que resonaban con sus pensamientos, miradas fugaces que le devolvían una complicidad inexplicable. Empezó a dejar pistas, cartas escondidas en los libros públicos de la ciudad, invitaciones a compartir un café, o a pasear juntos entre los espectros de la gran ciudad. A veces recibía respuesta. “Soñé contigo,” le escribió una vez alguien. Y Dmitri supo, sin duda, que su alma estaba, efectivamente, incautada y multiplicada como la riqueza de una cooperativa obrera mal administrada.

La política de la ciudad se tambaleaba entre el cinismo y la resignación. La vieja guardia, impotente, miraba correr las nuevas multitudes por los parques, murmurando sobre el individualismo. Los jóvenes, ebrios por la promesa de Internet y la globalización, desestimaban las viejas leyendas. Pero pocos sospechaban que la verdadera batalla no era por el control económico o el poder político. Era una lucha clandestina, cotidiana, por la propiedad de uno mismo, por el derecho a sentir los propios sentimientos sin el eco constante de otros en el fondo de la mente.

La revolución de las almas compartidas no llegó con fusiles ni proclamas. Surgió, como surge la hierba entre las piedras, con una aceptación paulatina: aprendieron, poco a poco, a reconocer la ajenidad dentro de sí, a ser menos arrogantes en los odios y más generosos en los amores, sabiendo que cualquier impulso podía tener su fuente en un alma dividida. Dmitri dejó de buscar culpables y empezó a frecuentar los cafés y las bibliotecas, a conversar con extraños con la urgencia de quien reconoce en cada rostro un fragmento extraviado de su propio ser.

Y entonces conoció a Elena. Su historia era la suya, y sin embargo no era. En sus primeros encuentros, compartieron la sospecha de haber sido víctimas de las mismas confluencias. Sin embargo, pronto abandonaron la indagación metafísica: lo importante era el presente. Sabían que el amor, como la política, era una empresa en la que no se podía exigir propiedad exclusiva. Había en su vínculo una libertad mayor, hecha de renuncias y de complicidad, de la comprensión de que ningún sentimiento es completamente privado, ni ninguna vida realmente propia.

Muchos años después, cuando el invierno volvió a instalarse sobre la ciudad y Elena se fue para no volver, Dmitri caminó de nuevo por la Plaza Roja. Miró a las multitudes: se preguntó cuántos de aquellos rostros cedían, con cada paso, una parte de sí a los otros. Pensó en las viejas utopías, en las luchas fallidas y en la persistente verdad: que estamos, para bien o para mal, condenados a compartirnos. Que la historia es, en definitiva, la crónica de nuestras almas compartidas; nuestra mayor tragedia y nuestra única esperanza.

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