Fragmento:
Tomás recorría estos pasillos con una carpeta en la mano, el mismo traje azul de siempre y una incredulidad creciente. No era de su agrado esa suerte de simulación donde todos sonreían a sabiendas de que no habría consecuencias para los errores que costaban empleos y hogares, pero sí para pequeñas desobediencias. El mármol bajo sus pies era frío, reciente, adquirido con algún presupuesto extraordinario que nadie cuestionó porque en las alturas todo se parece cuando se mira hacia abajo.
Duración: 04:40
Las lluvias regresaban sobre el antiguo pavimento de la ciudad cada tarde, lavando momentáneamente la mugre acumulada y dejando tras de sí una suerte de promesa vacía. El ruido de las gotas golpeando las ventanas de los edificios de oficinas era, en cierto modo, el metrónomo de las vidas de quienes habitaban esas cápsulas de cristal y hormigón. A esa hora, entre las 19:00 y las 19:30, los pasillos se llenaban de ecos mudos: los pasantes con contratos precarios se escurrían hacia las salidas mientras los ejecutivos de rostros duros discutían el destino ajeno en reuniones que siempre parecían terminar en “justas reestructuraciones”.
Tomás recorría estos pasillos con una carpeta en la mano, el mismo traje azul de siempre y una incredulidad creciente. No era de su agrado esa suerte de simulación donde todos sonreían a sabiendas de que no habría consecuencias para los errores que costaban empleos y hogares, pero sí para pequeñas desobediencias. El mármol bajo sus pies era frío, reciente, adquirido con algún presupuesto extraordinario que nadie cuestionó porque en las alturas todo se parece cuando se mira hacia abajo.
Abajo, en la plaza, un grupo reducido de manifestantes se congregaba día tras día, con carteles confeccionados a mano. Gritaban nombres y exigencias que caían como la lluvia ante una estructura impermeable al dolor ajeno. Tomás pensaba en su madre, que había trabajado cuarenta años en una fábrica textil y ahora esperaba una pensión que no alcanzaría para la calefacción del siempre distante invierno. El recuerdo de ella era un nudo en la garganta, un peso específico que se hacía presente cada vez que cruzaba los ojos con un rostro cansado en el ascensor.
Uno de aquellos días, cuando el Congreso debatía la ley que eliminaría ciertas protecciones laborales bajo el pretexto de flexibilizar el mercado, Tomás se topó con una joven en el hall principal. Llevaba un gorro color mostaza y una credencial colgando del cuello. Él la había visto antes, distribuyendo panfletos y entablando conversaciones directas pero pausadas. Se llamaba Mariana, y le preguntó sin rodeos por quién luchaba él, si por el poder en las alturas o por quienes subsisten a ras de suelo. Él no supo responder con honestidad. Solo murmuró excusas y siguió adelante, pero esa noche en su departamento sombrío, la pregunta reverberó entre las paredes como el eco del trueno.
Los días siguientes se sintieron distintos. Los acontecimientos parecían encadenados, cada uno poniendo a prueba el temple y la memoria de los ciudadanos. Se sucedieron las huelgas y los despidos masivos, las cartas no contestadas, las mesas familiares donde se masticaba la rabia con el pan duro y el mate lavado. Una ola de desaliento recorrió la ciudad, pero también una chispa de indignación. Era, pensaba Tomás, como el momento en que del mármol pulido aflora una grieta pequeña, pero imposible de ignorar.
Las historias del viejo portero, don Ezequiel, un inmigrante del sur expulsado por el hambre, cobraron un nuevo significado. Hablaba de un tiempo en que la palabra valía más que la firma de un gerente y en que la dignidad era el único capital que importaba. Ahora parecía que lo único valioso era la posibilidad de callar en el momento correcto y a la persona propicia.
El relato de la ciudad siguió avanzando así, con instituciones que se aferraban a la legitimidad de sus sellos aunque bajo ellos crecían las semillas de otra legitimidad, una que todavía no sabía cómo articular su grito. Tomás, que siempre pensó que lo político era un juego ajeno, empezó a volverse un testigo más incómodo. Escuchó, calló, pero su silencio comenzó a desentonar con el murmullo general. Vio en Mariana y en quienes la acompañaban en plazas y fábricas algo más que ilusión: resistencia obstinada, obstinación de los que saben que el precio de la derrota es la continuidad de la injusticia.
En la noche de mayor tormenta, cuando la ciudad pareció tragarse las luces y los manifestantes se multiplicaron por decenas en los portales, Tomás eligió no buscar respuestas fáciles. Los que se atrevieron esa noche a bailar bajo la lluvia y a leer en voz alta las listas de nombres de los despedidos no sabían si vencerían. Pero lo hicieron con la certeza de que la dignidad no se negocia.
Así pasó el invierno, y por primera vez en mucho tiempo, el mármol del suelo conservó algunas nuevas cicatrices. No eran fruto del descuido sino de una batalla sorda y constante, la que ocurre en los intersticios, lejos de los reflectores, en cada decisión minúscula y cada abrazo compartido antes de la siguiente tormenta.
De vez en cuando, el eco de esas voces sube por los ascensores y recorre los pasillos. Hay quienes se detienen a escucharlo, y en ese gesto, aunque breve, empieza lentamente la promesa de otro tiempo.
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