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Fragmento:


En la esquina donde la Avenida Central se separa de la Vieja Calle Olvidada, a diario se cruzan los destinos sin nombre. Los trajes impecables de la oficina pisan el mismo suelo resquebrajado donde las zapatillas sin marca hacen equilibrios junto a los charcos. En esa grieta de asfalto, emergen historias que rara vez se elevan por encima del rumor cotidiano.

Duración: 03:34

Márgenes de asfalto
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La ciudad suspira con la calidez de los autos amontonados en la hora límite. Todos vamos enlatados, mirándonos a través de los cristales empañados, ignorando la coreografía monótona de luces que miden nuestras pausas y desesperos. Es el ruido lo que más pesa: el murmullo persistente de existencias que colisionan y se rozan sin tocarse, la vibración soterrada de motores y los gritos inadvertidos de la gente a pie.

En la esquina donde la Avenida Central se separa de la Vieja Calle Olvidada, a diario se cruzan los destinos sin nombre. Los trajes impecables de la oficina pisan el mismo suelo resquebrajado donde las zapatillas sin marca hacen equilibrios junto a los charcos. En esa grieta de asfalto, emergen historias que rara vez se elevan por encima del rumor cotidiano.

Héctor, con las manos todavía manchadas de grasa por su jornada de mecánico, se recuesta sobre la fría reja de la parada del autobús. Mira sin ver el desfile de cuerpos apurados, siente en la piel el juicio invisible de un transeúnte de paso: “Aquí no, aquí no encajas”. Tal vez ese es el mensaje más transparente de la ciudad: cada quien tiene su lugar y su miedo.

A pocos metros, Irene ajusta sus tacones con la precisión de quien sabe que la elegancia también es una armadura. Detrás del maquillaje y el olor a perfume caro, late una ansiedad viciada, una sospecha interna de que todo podría diluirse si alguien –alguien sin rostro pero con poder– decidiera apartarla del círculo de los aceptados. Hay quienes nunca dejan de sudar debajo de la ropa de marca.

En el reflector intermitente de ese instante compartido, Héctor e Irene coinciden: sus ojos se cruzan por un segundo. No hay saludo ni gesto alguno, solo el leve temblor de dos universos tan cercanos y tan negados para el otro. El ruido de la ciudad no permite comunión, solo el eco de lo fragmentado.

Alguien grita desde la otra acera. No se distingue la palabra, pero el gesto de la mano en alto revela urgencia. Nadie responde. El grito rebota contra los muros grafiteados y se disuelve, como tantos otros llamados en vano. Hay quien diría que estamos juntos, que la ciudad es un cuerpo viviente, pero eso es un espejismo para los que nunca han sentido el frío abrazo del abandono público.

El transporte va llegando, desbordado de cuerpos. Héctor y los otros suben con resignación; bien saben que las leyes de la compresión social no ceden ante nadie. Irene, por su lado, llama un auto privado desde su teléfono lujoso; la comodidad comprada es su pasaporte diario para evitar la multitud.

A través de las ventanas manchadas de ambos vehículos, la ciudad se devela y se oculta a la vez: bloques de apartamentos que presumen una modernidad que no alcanza la planta baja, negocios que mudan de nombre más rápido que la promesa de un político. Las grietas se multiplican, y solo los que caminan a ras de suelo las sienten bajo sus pies.

La tarde declina y un viento de promesas incumplidas sopla sobre los tejados. En los noticieros, las voces monocordes hablan de progreso, de reformas, de futuro. Allá afuera, el futuro es solo esa línea tenue en el asfalto, el margen inseguro entre el tener y el desear.

En la noche, la ciudad parece otra. Los barrios “bien” prenden luces que reverberan en rejas eléctricas; los demás inventan hogueras, anhelan calor. Por un instante fugaz, la misma luna ilumina todos los rostros y también todas las distancias. Y así, en esa penumbra compartida, la ciudad sigue, incansable, separando y uniendo vidas al capricho de la marea invisible de su pulso social. Muchos soñarán con saltar la grieta. Muy pocos sabrán siquiera que existe.

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