Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Edición limitada de la novela Anatema.
Tras la puerta
Portada del relato El telón invisible
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Fragmento:


La noche avanza, disimulando sus propios miedos bajo el rumor de las neveras y la luz parpadeante de los postes. En la taberna de la esquina, un minúsculo grupo de amigos se reúne, desde hace ya demasiados años, para consolarse en la conversación. Allí, entre vasos y risas sordas, cada cual repite la coreografía conocida: uno opta por el cinismo, otro por el optimismo resignado, la tercera por la ironía afilada. Hablan de la última manifestación, de la inflación, de los nuevos decretos, de los viejos fraudes renovados, de la memoria selectiva de los jueces, de la impunidad en los despachos, de las huelgas que nunca llegan a tiempo ni lo hacen durar.

Duración: 05:44

El telón invisible
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En la ciudad donde los pasos siempre suenan apurados, las aceras se llenan de conversaciones secretas, de miradas que portan viejas heridas, de anuncios luminosos que prometen soluciones rápidas a problemas invisibles. A esa hora en que la luz anaranjada del semáforo parece retener la respiración colectiva durante un instante imposible, una hilera de personas con el cabello húmedo aguarda a que el transporte colectivo las lleve lejos, hacia el suburbio, la oficina, el consuelo o simplemente el anonimato.

De los grandes ventanales de la municipalidad, la silueta de Gregorio Espina, gesticulando entre papeles y mapas disimuladamente inexactos, se superpone a los reflejos del tráfico, como si la burocracia fuese un teatro sostenido por la credulidad de las multitudes. Gregorio, funcionario veterano, sabe que cada decisión que toma —y cada documento que firma para nunca ser leído— influye en ese dilatado instante en el que los semáforos mutan y la ciudad alterna entre la pausa y el vértigo.

A unas cuadras de allí, en un departamento sobrecalentado, Clara Peón fuma junto a la ventana, disimulando su ansiedad detrás de un discurso ensayado. Su labor, aunque solemne frente a la pantalla de su portátil, no es sino una serie interminable de textos críticos, ensayos, manifiestos. Sabe que la mayoría de los que leen sus ideas ya han tomado partido, que la conversación pública es un río circulando siempre en el mismo canal, sin desbordes, sin sorpresas. Sin embargo, escribe. Rebusca palabras que deslicen significado donde antes había solo margen de debate, aunque en el fondo sospecha que todo lo escrito será pronto barrido por el torrente de las siguientes noticias.

La noche avanza, disimulando sus propios miedos bajo el rumor de las neveras y la luz parpadeante de los postes. En la taberna de la esquina, un minúsculo grupo de amigos se reúne, desde hace ya demasiados años, para consolarse en la conversación. Allí, entre vasos y risas sordas, cada cual repite la coreografía conocida: uno opta por el cinismo, otro por el optimismo resignado, la tercera por la ironía afilada. Hablan de la última manifestación, de la inflación, de los nuevos decretos, de los viejos fraudes renovados, de la memoria selectiva de los jueces, de la impunidad en los despachos, de las huelgas que nunca llegan a tiempo ni lo hacen durar.

Pero aquella noche es diferente. Tal vez por cansancio, acaso por la acumulación de pequeños fracasos, alguien sugiere dejar de hablar, aunque sea por un momento, y simplemente escuchar. Susurros lejanos llegan desde la plaza: un grupo de jóvenes baila con música proscrita, convirtiendo la reunión en un acto inesperado de resistencia. Delicadamente, una generación nueva ensaya una respuesta donde antes solo existían preguntas repetidas.

En los días siguientes, una rumorosa inquietud recorre la ciudad: carteles aparecen y desaparecen en los muros, invitaciones clandestinas circulan de mano en mano. El funcionario Gregorio Espina, tentado por la idea de observar el fenómeno por sí mismo, deambula a escondidas por las calles oscuras. Clara, movida por la intuición de que el lenguaje puede aún servir para algo más que reiterar la desilusión, abandona su apartamento y se integra a los círculos que ahora ocupan plazas y bancos, inventando formas de compartir, en vez de dictaminar.

Mientras, las autoridades, desconcertadas por la naturaleza difusa de este nuevo movimiento —sin líderes designados, sin manifiestos rígidos, sin peticiones claras— convocan reuniones de emergencia. El alcalde recuerda, con una leve incomodidad, el final de otros mandatos que terminaron por ignorar la marea de la historia. Es allí, en ese ballet de incertidumbre, donde la ciudad se convierte en metáfora: una multiplicidad de voces que, por primera vez en mucho tiempo, parecen hablar unos con otros sin intermediarios.

El cambio no irrumpe como un relámpago sino como una lluvia fina y persistente. La plaza, antes vigilada, se vuelve espacio propicio para asambleas nocturnas, discusiones improvisadas, meriendas compartidas entre desconocidos. Las palabras, tan gastadas en los discursos y declaraciones formales, recuperan su filo cuando son pronunciadas cara a cara, no para convencer sino para construir con otros. Los medios, habituados a presentar la realidad como un conflicto entre dos bandos, no logran comprender ni encuadrar lo que sucede: no hay pancartas acabadas, ni enemigos definidos, ni propósitos delimitados que puedan resumirse en una sola frase.

En ese inusual interregno, la ciudad no cambia de inmediato. Los rutinas siguen, los noticieros enumeran problemas, los bancos abren y cierran puntual, las familias cenan en silencio temerosos de la inflación y la próxima factura. Sin embargo, bajo esa espuma cotidiana, algo se mueve. Gregorio, encontrando a Clara en una mesa de debate callejero, advierte que incluso una vida entera entre documentos y sellos no basta para entender lo que es posible cuando las personas deciden, aunque sea casualmente, no obedecer por unos días. Clara, que por años escribió sobre la urgencia del diálogo y la incomodidad de la consigna, aprende a escuchar sin responder de inmediato. Y la ciudad, envuelta en una ligera expectativa, se reconoce al fin como el escenario cambiante de los sueños y desengaños de sus habitantes.

Cuando por fin la lluvia para y las luces de neón titilan una vez más bajo las nubes, no hay declaración de victoria, ni reformas espectaculares, ni cambios súbitos en las leyes. Pero la ciudad ha aprendido el ejercicio de la conversación y el gesto improbable de la escucha; y aunque los viejos problemas persisten, en las aceras ahora permanece una posibilidad: la de continuar haciendo, entre todos, preguntas nuevas.

Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
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