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Fragmento:


—Lo recuerdo —respondió Ana, cerrando el cuaderno—. Pero no es aire, Lucas, es algo que hay que construir todo el tiempo.

Duración: 06:04

La comida ausente
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El amanecer llegaba con una luz tenue y azulina sobre la ciudad, extendiendo su resplandor sobre las calles ya marcadas por la prisa de quienes, desde temprano, emprendían la búsqueda cotidiana de sentido y subsistencia. En ese paisaje, la enorme avenida principal funcionaba a la vez como arteria y frontera: de un lado, edificios modernistas con ventanales que mostraban oficinas llenas de pantallas encendidas; del otro, viviendas precarias, donde los tejados de chapa resistían estoicamente la humedad que parecía transformarse de inmediato en deterioro.

Ana, sentada junto a la ventana de su pequeño departamento, ojeaba un cuaderno polvoriento. Sus anotaciones —fragmentos que había escrito cuando aún creía con fervor en el poder transformador de la política— la transportaban a días donde las asambleas populares destilaban esperanza, cuando cada intervención sentía que podía inclinar la balanza aunque fuera por un gramo. Había sido representante del barrio en el consejo comunal de su ciudad, pero en los últimos años, la efervescencia colectiva se había transformado en escepticismo, en parte por promesas incumplidas, en parte porque el día a día se llenaba de urgencias que devoraban cualquier intento de reflexión sosegada.

El timbre la sacó de su ensoñación. Era Lucas, el joven vecino que había empezado a involucrarse en las reuniones del barrio. Lucas llegaba con el rostro encendido, una mezcla de entusiasmo y rabia, tras enterarse esa mañana que el comedor comunitario había recibido menos provisiones de lo habitual, sin explicación alguna. El descenso abrupto en las donaciones obligaba a recortar las raciones y, esa semana, decenas de niños regresarían a casa sin haber comido adecuadamente.

—Ana, ¿te acuerdas cuando decías que la justicia social era como el aire? Que nadie debería tener que luchar para conseguirlo, porque debía estar en todas partes —dijo Lucas, apoyándose en la mesa.

—Lo recuerdo —respondió Ana, cerrando el cuaderno—. Pero no es aire, Lucas, es algo que hay que construir todo el tiempo.

Se sentaron juntos a repasar el listado de demandas y urgencias: el agua potable que faltaba en la calle tres, los ancianos sin medicamentos, las madres buscando empleo, y el reciente recorte de provisiones. Ana anotó cada inquietud, cada nombre, y Lucas quiso saber si de verdad esas listas llegaban a las autoridades.

—¿Crees que nos oyen, Ana?

—Nos oyen cuando hacemos ruido juntos, cuando el murmullo se transforma en exigencia. Allí, la política deja de ser un juego de élites y se convierte en herramienta de la gente.

Aquella tarde, salieron a recorrer el vecindario. Una de las paradas fue la casa de Marta, que organizaba ollas populares los fines de semana. Marta, con las manos resquebrajadas por el trabajo, les contó que la afluencia había crecido; ya no solo venían los niños, ahora también lo hacían muchos trabajadores desempleados por el cierre de la textilera, la mayor fuente de empleo local.

—No sé cómo vamos a seguir la próxima semana. Algunos donan, pero la mayoría solo puede dar tiempo y ganas —explicó Marta.

—El problema es que el hambre no espera —dijo Ana, y un silencio pesado cayó sobre los presentes.

Esa noche convocaron a una asamblea urgente en el salón multiusos del barrio. Acudieron más de los habituales, arrastrados por el rumor de los recortes y las nuevas necesidades. El ambiente estaba cargado de angustia, pero también de una suerte de voluntad compartida. Ana tomó la palabra, recordó el origen de esas reuniones, y propuso que cada participante contara en voz alta una historia reciente, un acontecimiento concreto que ilustrara cómo la situación se había vuelto insostenible.

Un padre relató que su hijo ya no quería ir al colegio porque sentía la vergüenza del uniforme raído y los zapatos rotos. Una madre habló de los malabares con la bicicleta para visitar los mercados de ofertas y compensar el salario que se esfumaba en los primeros días del mes. Un anciano, de voz temblorosa, confesó que la soledad se había vuelto casi física, pesada como una piedra en el pecho, y que esperaba las reuniones como quien busca cobijo en medio de la tormenta.

Lucas, visiblemente afectado, propuso una marcha pacífica hasta la delegación. No pedían caridad, sino algo mucho más fundamental: respeto, una escucha atenta, una respuesta concreta a las demandas recurrentes. El plan era sencillo; acudirían con pancartas donde las palabras justicia, dignidad y solidaridad no fueran eslóganes vacíos sino recordatorios urgentes.

La marcha tuvo lugar un martes. Avanzaron por la avenida principal, cruzando la frontera invisible entre los dos mundos de la ciudad. Algunos desde las oficinas modernas miraban con curiosidad distante, otros, desde las ventanas desgastadas, aplaudían el paso lento y obstinado de la multitud. Frente a la delegación, el portavoz oficial apareció tras un ventanal blindado. Prometió una respuesta próxima, mientras las cámaras locales registraban el acto.

Pero la victoria verdadera ocurrió en el afterglow de la marcha. En el regreso al barrio, algo había cambiado sutilmente. La comunidad, fatigada pero animada, sentía una especie de pertenencia renovada, una percepción clara de que la suma de voces podía desafiar la costumbre de la indiferencia. Como Ana había dicho tantas veces, la búsqueda compartida de justicia y dignidad no era el simple cumplimiento de un ideal abstracto, sino el trabajo constante de transformar murmullos en exigencias, y esas exigencias en acciones mínimas pero concretas.

En esa ciudad, simulacro de tantas otras, la realidad social y el acontecer político tejían una red de historias entrecruzadas. Aun sabiendo que la marcha no modificaría todas las estructuras, los participantes sabían también que renunciar al intento equivalía a aceptar el silencio como norma, y la opacidad como destino. Por eso, cada rostro, cada testimonio de esa asamblea nocturna, era un recordatorio de que, incluso ante la adversidad más renuente, el umbral de la dignidad empezaba a cruzarse en común, bajo una lluvia intermitente que, lejos de apagar la esperanza, la mantenía viva.

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