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Portada del relato Una eternidad en Stalingrado
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Fragmento:


El viento arrastraba fragmentos de ceniza helada a través de la fábrica destruida. La noche había caído tan temprano que el día anterior apenas parecía un recuerdo, un eco lejano en la memoria colectiva de los que quedaban. Viktor tropezó con un casco vacío y lo apartó a puntapiés, como quien sacude un espejismo. A sus espaldas, el ladrido cortante de un comandante alemán retumbaba entre los escombros, pero Viktor no entendía las palabras. Solo la furia y el cansancio eran universales.

Duración: 05:10

Una eternidad en Stalingrado
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El viento arrastraba fragmentos de ceniza helada a través de la fábrica destruida. La noche había caído tan temprano que el día anterior apenas parecía un recuerdo, un eco lejano en la memoria colectiva de los que quedaban. Viktor tropezó con un casco vacío y lo apartó a puntapiés, como quien sacude un espejismo. A sus espaldas, el ladrido cortante de un comandante alemán retumbaba entre los escombros, pero Viktor no entendía las palabras. Solo la furia y el cansancio eran universales.

El edificio en el que se ocultaba era el esqueleto de una planta de tractores, sus tripas de metal expuestas como huesos rotos. El frío era atroz, la pared más abrigada, su único refugio. Minsk, el que se acurrucaba ahora junto a su costado derecho, dormía o fingía dormir, porque ninguno de los dos había conciliado el sueño en días. Bajo la manta vieja, los dos temblaban juntos, mirando la oscuridad y escuchando los pasos de Dios o del enemigo. En tiempos como ese, solo la diferencia era desconocida.

Al otro lado de la fábrica, los alemanes traían refuerzos: divisiones jóvenes, la mirada aún clara y la piel rosa bajo la mugre. Viktor los vio avanzar por el ventanuco cubierto de hollín, no más de una docena, alineados como figuras de plomo enlazadas a una coreografía ancestral. Recordó los días antes del asedio, su madre pasando la mano por su cabello, preparándolo para el futuro con una sonrisa que ahora dolía recordar.

En la distancia, los cañones zumbaban. El río Volga estaba encajonado bajo placas de hielo sucio, más allá de los bloques que todavía quedaban en pie. En ocasiones, sonidos de combate reverberaban como si el mismo aire se partiera en dos dentro de su pecho. Viktor se llevó la mano al costado; un dolor sordo le dictaba el ritmo de la respiración. El vendaje empapado prometía más de lo que podía dar.

—¿Puedes escuchar eso? —susurró Minsk, sus ojos abiertos como platos.

—Es solo el viento —mintió Viktor. Sabía distinguir el silbido de la artillería de la queja del aire; su instinto ya era un animal autónomo, atento a ruidos y sombras.

Ambos se aferraban a sus armas, aunque balas quedaban pocas y la desesperación se condensaba en silencio. Por el suelo, escapaban las promesas. No sabían cuánto iba a durar la noche, ni si las primeras horas de la mañana les traerían la muerte, la capitulación o simplemente otro día igual de interminable que el anterior.

El soldado enemigo, uno de los jóvenes, se separó de su unidad por unos instantes. Llevaba el rostro crispado de miedo y hambre, igual que ellos. Se quedó quieto, arqueó la espalda contra una columna destrozada, y buscó una fotografía en el bolsillo. Viktor lo vio, lo supo: el filo de la añoranza es igual en todas las lenguas.

De pronto, una explosión al otro extremo de la nave industrial llenó el aire de polvo mortuorio. Viktor y Minsk se acurrucaron aún más, respirando los ladrillos en demolición y el aliento de los que, sin rostro ni nombre, se encontraban reducidos a recuerdos entre los cascotes. Nadie hablaba de gloria en aquel invierno perpetuo; la única conversación era la del cuerpo negociando con el frío y la espera.

El asedio parecía eterno. Se alimentaban de lo que dejaban los muertos, de ratas, del cuero hervido de los cinturones. La ciudad ya no existía más allá del combate; era una herida abierta, una fosa común vestida de humo y silencio. Por las noches, Minsk le contaba a Viktor historias acerca de un verano perdido entre cerezos, de una hermana que nunca volvería a escribir. Viktor hablaba poco. Prefería dejar que el relato de Minsk flotara en el aire, un tenue consuelo con aroma de hogar.

En un momento inmóvil, donde los relojes parecen haber sido asesinados junto a sus portadores, Viktor sintió que el tiempo carecía de significado. Ya no contaba los días ni distinguía entre esperanza y resignación. Pensó en Dios: si existía, no hablaba ruso ni alemán; solo susurraba en ese dialecto común de los sobrevivientes, hecho de miradas rápidas y gestos aprendidos a fuerza de terror.

El amanecer llegó con la violencia propia de los que renacen. Los cañones callaron lo suficiente para permitir que el murmullo del río se colara como un consuelo. Viktor y Minsk, cubiertos de polvo y delgada dignidad, miraron hacia el este. Con suerte, algún batallón camarada cruzaría el Volga y reforzaría su línea antes de la próxima ofensiva. Tal vez morirían antes de que eso ocurriera; tal vez, simplemente, seguirían encogidos en la penumbra, testigos vivos de su propio final.

La humanidad, pensó Viktor, se mide en la forma en que se aferran al calor del otro cuando ha desaparecido todo lo demás. El miedo, la guerra, el hambre: ninguno de ellos podía robarles esa última convicción. Si alguna vez salían de la fábrica, serían distintos ya para siempre, rotos en las mismas vetas que el hormigón bajo sus pies.

Los primeros disparos de la mañana anunciaron otro día igual. El relato lo escribirían, si sobrevivían, las mismas manos que hundían sus uñas en el fusil, esperando la oportunidad de recordar, algún día, el nombre de quienes resistieron en el humo y la promesa de Stalingrado.

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