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Portada del relato El eco en la escalinata
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Fragmento:


El hombre tenía ojos plateados, tristes, pero pletóricos de una ternura casi insostenible. Su voz, cuando por fin habló, era un arrullo: "No te asustes. Nadie más puede verme". Margot no podía moverse. Recordaba bien esa voz, aunque nunca la había escuchado. Sabía que no era miedo lo que sentía sino la extraña química del deseo mezclado con lo imposible. Él avanzó despacio, se sentó en el borde de la cama y extendió la mano hacia ella. Su piel no tenía temperatura, pero transmitía la tibieza de un pensamiento suave cosquilleando detrás de su nuca.

Duración: 05:19

El eco en la escalinata
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El reloj de la posada vieja latía en la penumbra, sus golpes marcaban un tiempo que parecía flotar fuera del mundo, igual que las motas de polvo danzando en el aire denso del pasillo. Margot llegó a ese lugar una lluvia de marzo, con el vestido empapado y el corazón recién roto. El portero, un hombre encorvado pero de ojos vivaces, la miró con una comprensión que daba miedo, como si la conociera incluso antes de escuchar su nombre. La habitación diez estaba en el ala más antigua, a media luz, y parecía esperar por ella más que por otro huésped.

Margot se sentó en la cama y vio el espejo, un objeto obsoleto de marco dorado mordisqueado por el óxido. El reflejo le devolvía la mirada con una leve distorsión, como si la llamara entre dos mundos. Sintió el impulso de tocarlo, y al hacerlo, una corriente suave le recorrió el cuerpo, más un suspiro que un escalofrío, como manos gentiles reacomodando su alma. Soltó el aire y dejó caer la cabeza en la almohada. Afuera, la lluvia martillaba la ventana incansablemente, y entre el rumor Margot creyó escuchar risas.

Despertó bien entrada la madrugada, envuelta en un frío inexplicable y una sensación de compañía. La luz del pasillo se filtraba por la rendija de la puerta. Alguien estaba allí, parado, con la sombra proyectada en la alfombra. Margot se incorporó y preguntó quién andaba por allí, con la voz quebrada y una pizca de aburrida valentía. La sombra no contestó, pero sí avanzó. La perilla giró con un chirrido. Margot se puso en pie, solo medio asustada. La puerta se abrió y todo pareció más claro de golpe: entró un hombre, etéreo, con la cara familiar, como dibujada en la región incierta entre la vigilia y el sueño.

El hombre tenía ojos plateados, tristes, pero pletóricos de una ternura casi insostenible. Su voz, cuando por fin habló, era un arrullo: "No te asustes. Nadie más puede verme". Margot no podía moverse. Recordaba bien esa voz, aunque nunca la había escuchado. Sabía que no era miedo lo que sentía sino la extraña química del deseo mezclado con lo imposible. Él avanzó despacio, se sentó en el borde de la cama y extendió la mano hacia ella. Su piel no tenía temperatura, pero transmitía la tibieza de un pensamiento suave cosquilleando detrás de su nuca.

"¿Por qué yo?", preguntó Margot, casi temerosa de la respuesta.

"Porque eres capaz de sentirme", respondió él, como si fuera lo más obvio del mundo. "Porque has traído a este lugar todo tu dolor y aquí, el dolor es una puerta". Ella entendió: su soledad había sido una llamada. El hombre contó cosas en voz baja, mientras la noche se extendía, le susurró sobre la tristeza y el amor, sobre los lazos que perduran más allá de la materia. En cada palabra encendía en Margot la ráfaga de una vida que jamás había imaginado posible para sí.

La acarició, con gestos que atravesaban la piel y llegaban a la memoria, y las sensaciones, aunque imposibles, la estremecían de deseo. Margot le preguntó su nombre y él solo dijo: "Demian". Era un nombre antiguo, cargado de preguntas. Y cuando él la besó, los labios de ambos parecieron vibrar en un mundo paralelo e imposible, profundo y palpitante. Margot supo que en esa boca podría caber hasta el último de sus desvelos.

Las noches se sucedieron, y Demian volvía siempre antes de la madrugada. Con el tiempo, a Margot dejó de importarle que su amante no perteneciera a este plano. Sabía que, en realidad, lo suyo era más íntimo y real que cualquier contacto humano que hubiese experimentado jamás. Conversaban hasta dejarse llevar por un deseo que era salvaje pero dulce, que los unía en sábanas que de tanto caldearse, a veces, hasta temblaban solas.

El portero la miraba cada día con una sonrisa nostálgica. Cuando Margot le confesó que no podía dejar de pensar en su huésped nocturno, él le ofreció una advertencia: "No tires de los hilos del otro lado si no quieres que arrastren tu corazón también".

Margot ya lo sabía. Cada encuentro con Demian la anclaba más a esa habitación; la piel se le volvía más pálida, los ojos más grandes, la voz adquiría el eco profundo y vago de quienes conversan con fantasmas. Pero no se arrepentía. En ese amor encontró la paz que nunca tuvo con los vivos, y comprendió que el deseo no distingue planos ni límites.

Hasta que, una noche de luna llena, Demian le habló en voz baja: "Puedo quedarme contigo mientras me recuerdes, pero si decides seguirme... no volverás". Margot vio entonces la bifurcación: la vida monótona afuera, o el salto al vacío de un sentimiento que trascendía al cuerpo. Tomó la decisión como se toman las grandes decisiones: temblando, pero sin titubear.

La última noche juntos hicieron el amor como sí el mundo colapsara. Margot sintió el tránsito feroz de la pasión y luego el abandono suave y glorioso de su voluntad. La mañana siguiente, la cama estaba vacía, y ella dormía con una sonrisa serena imposible de borrar. El portero entró sin hacer ruido; al mirar a Margot supo que ya no era solo ella. Era, para siempre, parte de lo invisible.

La habitación diez quedó siempre en penumbra, silenciosa y expectante, con un leve perfume a jazmín que algunos huéspedes nuevos creían adivinar, igual que una promesa susurrada entre dos mundos—una promesa aguardando renacer al roce de una mano valiente.

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