Edición limitada de la novela Anatema.
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Powerless (edición especial limitada)
Portada del relato Bajo el Eclipse Carmesí
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Fragmento:


—Había oído que eras hermosa… No pensé que fuese literal.

Duración: 04:47

Bajo el Eclipse Carmesí
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La noche caía sobre Londres con la silenciosa promesa de un secreto. Había algo en ese aire húmedo, algo bajo la piel de la ciudad que sólo emergía cuando la luna se deslizaba entre nubes oscuras. Dahlia caminaba deprisa, su abrigo abrazando su figura, sus botas salpicando la acera empapada. Nadie sabía de su don, o maldición, excepto ella. Los predestinados no tenían lugar en la vida ordinaria, así que ella vivía entre susurros, entre miradas que a veces creía sentir clavadas en la espalda y sueños que la perseguían cuando caía dormida.

Aquella noche el destino la llevó hasta el viejo puente de hierro sobre el Támesis, donde el agua era negra y las luces bailaban como almas perdidas. Allí, el aire estaba cargado: Dahlia lo sintió en la lengua, como electricidad, como una promesa de placer y de peligro. Pensó en volver, pero algo familiar -ese zumbido bajo la piel que la impulsaba a seguir- la mantuvo caminando. Entonces lo vio: recostado contra la baranda, un hombre tan deslumbrante como oscuro, la sombra ondulando a su alrededor con un magnetismo que la hizo detenerse. Su voz fue apenas un suspiro, pero llegó hasta el fondo del alma de Dahlia.

—Había oído que eras hermosa… No pensé que fuese literal.

El desconocido se apartó de la baranda. Llevaba un abrigo largo y negro, el cabello recogido en la nuca, la mandíbula afilada oculta tras una barba discreta. Los ojos eran la noche. Dahlia guardó silencio, la intuición a flor de piel. Sabía lo que él era. No hombre, no fantasma; un ser entre mundos. Había leído sobre ellos en antiguos libros, y siempre había tenido la sospecha de que, tarde o temprano, la encontrarían.

—No tienes miedo —dijo él, acercándose, con voz baja, casi ronca.

Ella tragó saliva, sintió el escalofrío recorrerle la columna. El peligro, el misterio, el deseo mezclados en una sola figura. —No sé si tienes idea de lo que es el miedo para alguien como yo.

Él sonrió mostrando un destello de colmillo, apenas perceptible. —Tienes algo que busco. Algo que necesito.

Dahlia no respondió, consciente de la creciente tensión eléctrica entre ellos, como si el ambiente se abalanzara con ansias. Del fondo de la noche, una extraña neblina se arremolinó en torno a ella. La voz del desconocido le rozó el oído: —El reloj corre y lo sabes. Pero yo puedo darte algo a cambio.

Ella se giró hacia él, desafiante. En aquellos ojos sin fondo vio no sólo el hambre, sino soledad, un anhelo que igualaba al suyo. —¿Un trato? Suena peligroso.

La sombra del desconocido se fusionó casi con la de ella, tan cerca que podría sentir el calor de su piel. Levantó la mano y le apartó un mechón de cabello de la mejilla; su tacto, inesperadamente cálido. —Es lo que más disfruto —confesó, y por un instante, fue un hombre; sólo un hombre que la deseaba.

Ella lo dejó acercarse. El roce de sus labios fue ardiente, eléctrico y fresco a la vez. El mundo desapareció. El río, las luces, el peligro, todo se redujo a esa boca descubriéndola, a ese deseo primario y oscuro. Dahlia sintió cómo la magia latía bajo la superficie, cómo algo antiguo la llamaba, y se permitió caer.

Las manos de él la atraparon por la cintura, fuerte pero gentil, y la atrajeron hacia su cuerpo. El beso se intensificó, la lengua explorando el límite entre el pecado y la salvación. Los latidos se dispararon, las sombras a su alrededor bailaron con la promesa conjurada en ese instante electrizante. Él deslizó los labios por su cuello, aspiró su aroma, y en susurro dijo: —Podríamos perdernos juntos, ¿lo sabes?

Dahlia sintió el mordisco templado de sus dientes, no solo el hambre sobrenatural, sino el anhelo de conexión, la mezcla de peligro y ternura condensada en la caricia de su boca. Ella se aferró a su espalda, la respiración entrecortada, mientras la niebla los envolvía en su propio universo.

Cuando se separaron, ella temblaba. Sus destinos se habían enlazado, lo sabía. En la mirada oscura de él había promesa, deseo, un vínculo sellado en la frontera entre la luz y la sombra. —Dámelo —pidió él, y no se refería sólo al objeto, sino a su entrega, a su secreto más profundo.

—Si entras —dijo Dahlia, con peligro en la voz—, no habrá marcha atrás.

Él asintió, los ojos como abismos infinitos. —Ya estoy dentro, Dahlia. Desde antes de que supieras mi nombre.

Y así, mientras la ciudad seguía su curso indiferente allá afuera, dos almas se fundieron. Caricias ansiosas, besos de fuego y hielo, cuerpos arqueados en la oscuridad, gritos ahogados por el deseo y el terror de ser finalmente vistos. Ella lo dejó beber de su garganta, pero fue él quien quedó marcado para siempre.

Juntos, perdidos entre bruma y deseo, supieron que aquello no era sólo una noche: era el comienzo de una eternidad de pasión, de peligro y de promesas susurradas en el límite donde el amor arde y las sombras reinan.

Edición limitada de la novela Anatema.
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