La noche en la que la tormenta sacudió el pueblo, Elise supo que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Desde que llegó a Cedar Creek tras su divorcio, buscando paz en la cabaña heredada de su abuela, había sentido que algo la miraba entre los árboles, entre los susurros del viento y los crujidos del viejo piso de madera bajo sus pies. Se decía a sí misma que era el silencio, que era la soledad, que eran sus propias cicatrices pasadas jugando con su mente cansada.
Pero aquella noche, entre el trueno y la lluvia, cuando se asomó por la ventana para asegurarse de que el cobertizo aún resistía, lo vio. No era una figura, no al principio. Tan solo un brillo azulado, como el reflejo de la luna atrapado bajo la corteza de los árboles. Su corazón se le paró por un segundo, y necesitó todas sus fuerzas para recordar cómo seguir respirando.
Sin pensarlo, bajó las escaleras, se calzó unas botas y tomó la linterna del perchero. El viento la azotó implacable al abrir la puerta, empapándola en segundos, pero algo, algo parecido a una promesa o a una orden grabada en su pecho, la impulsaba hacia adelante. Caminó sobre el barro, sorteando con torpeza ramas caídas y charcos, guiada por aquel resplandor que danzaba entre los troncos como una luciérnaga ebria. Cuando por fin estuvo lo bastante cerca, el aire a su alrededor se sintió diferente. Más denso. Cargado de electricidad y anhelo. El resplandor se materializó en una silueta — alta, delgada, envuelta en vapor y penumbra.
No tuvo miedo. O sí, pero era un miedo que crecía junto a una especie de nostalgia. Como si hubiera esperado todo ese tiempo, en silencio, a que esa presencia regresara.
—Elise —susurró la figura, y la voz era un murmullo húmedo y roto, como si el nombre hubiera sido pronunciado así un millón de veces antes—. No sabes cuánto tiempo te he buscado.
Ella tragó saliva, asintiendo casi inconscientemente.
—¿Quién eres?
Por un momento, sus dudas la golpearon: ¿estaba soñando? ¿Había perdido el control?
—Lo supe al verte —respondió él, dando un paso y desvelando un rostro apenas humano, bello y aterrador. Sus ojos eran un universo de secretos. Elise parpadeó, recibió el golpe de su cercanía—. Soy quien prometí amarte incluso después del final.
Elise quiso retroceder, pero no pudo. Algo la mantenía fija, como el ancla de un barco esperando la marea.
—No entiendo… —susurró, y la garganta se le llenó de lagrimas no lloradas—. ¿Después del final de qué?
Él sonrió y la lluvia pareció cesar, la tormenta multiplicándose lejos, al borde del horizonte. Su mano, translúcida y fría, rozó la mejilla de Elise como si temiera romperla.
—Nuestra historia no terminó en tu otra vida —explicó—. He esperado siglos para encontrarte de nuevo. Debía asegurarme de que eras tú. Sabía que volverías cuando el viento cambiara de dirección.
Las palabras escarbaron en la mente de Elise y algo dentro de sí misma cedió. Un recuerdo: un campo de flores azules, una promesa bajo las estrellas, el dolor sofocante de una despedida. Lloró, ahora sí, sin poder evitarlo.
El resplandor se intensificó. El mundo desapareció a su alrededor: sólo quedaron su llanto, su soledad, su deseo inconfesado de ser vista, entendida, amada sin reservas más allá del tiempo y del miedo. Sintió unos labios fríos sobre su frente y se rindió a la certeza brutal de que siempre lo había amado, incluso antes de recordar su nombre, o su rostro, o esta noche mágica.
—Vuelve conmigo —la voz era plegaria y mandato, y el roce de sus manos la encendió en llamas de deseo antiguo—. Solo tienes que elegir.
Elise vio la posibilidad. Vio el mañana y el ayer, las vidas cruzando, los sueños entrelazados por algo que ni la muerte ni el olvido habían aplastado.
—Sí —susurró—. Esta vez, sí. Quiero recordar. Quiero tu amor, aunque tenga que perderlo todo.
Él la abrazó y la oscuridad se llenó de luces azules, de caricias que nunca serían suficientes, de la certeza de un amor que desafiaba cualquier frontera. Elise supo que para algunas almas, la eternidad nunca era demasiado larga si era al lado de quien la completaba. E incluso la noche más terrible podía ser testigo del reencuentro más hermoso. Dejó que el espíritu la envolviera, con el corazón desbordado, mientras las puertas entre los mundos se abrían solo para ellos.
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