En la neblina que cada crepúsculo se alzaba entre los matorrales junto al río, todos en la aldea de Vorozóvo sabían no alzar la vista hacia la mansión Levedinskii. Esta era una sombra vetusta, tan empapada de misterio que hasta los perros le ladraban de espaldas, sintiendo un frío aliento sin saber por qué. Aquella noche, las hojas caídas murmuraban debajo de las botas de Evdokia, cuando cruzó el umbral olvidado en busca de consuelo, escapando de un mundo donde el amor había sido para ella poco más que una rama rota en invierno.
Dentro aguardaba un aire tan frío y dulce como la misma muerte, y Evdokia, de negro y con el cabello aún suelto a pesar del luto reciente, sintió las miradas de los retratos antiguos rozarla, preguntándose quién osaba perturbar su vigilia. La luna, atrapada en los cristales con telarañas, se reflejaba como una moneda sobrenatural en el suelo de madera. Evdokia avanzó temblando hacia la gran sala, donde el polvo formaba extrañas figuras en el espejo.
Y entonces, una voz surgió —primero como un leve trinar de pájaro desvelado, luego como la nota grave de un violonchelo desgarrado—. “¿Por qué lloras, Evdokia?” No había nadie. O quizás sí. El aire se condensó junto a la chimenea, tomando la forma oscura y esbelta de un hombre que ya no debía pertenecer a este mundo. Su cabello era pálido, como si la luz de la luna lo hubiese desgastado, y sus ojos destilaban la nostalgia de muchos inviernos.
Sin asustarse más allá de un leve espasmo, Evdokia preguntó, luchando por sostener la voz: “¿Quién eres?”
“Fui Alexéi Levedinskii, cuando vivir dolía. Ahora sólo aspiro a no ser olvidado.”
La confesión era un suspiro hecho eco; y tan palpable como el roce de dedos invisibles en su mejilla. Evdokia bajó la vista, pero la irresistible atracción entre ambos ya era un lazo inviolable.
Las noches siguientes continuaron igual. Bajo la lámpara astillada, Evdokia le contaba historias de amores frustrados y de la ferocidad de la soledad; Alexéi respondía con relatos de un pasado donde el deseo era pecado y el amor, tragedia. Y así, entre confidencias y promesas apenas pronunciadas, el deseo fue germinando: la lágrima negra en los labios, el roce apenas visible de la seda en la piel.
Una noche, la pasión se volvió sustancia. Un viento helado apagó la lámpara y la casa entera pareció girar un instante. Alexéi, atravesando finalmente las fronteras de lo imposible, la atrajo a sus brazos incorpóreos. El frío, tan intenso que ardía, era sólo el umbral: el amor que cruzaba la muerte, un susurro de carne y espíritu mezclados. Evdokia, atrapada en aquel abrazo suspendido entre el dulce tormento y el espanto, sintió que un fuego azul iluminaba su interior.
Pero ningún amor entre los mundos es gratis. Los días siguientes Evdokia languideció, con ojeras profundas y las manos temblorosas, incapaz de separarse de la mansión y de su amante espectral. La aldea murmuraba, llamándola bruja, pero a ella no le importaba. Cada noche esperaba, y cada noche Alexéi llegaba, cada vez más hermoso y más terrible. Los besos eran un pacto: cada caricia la volvía menos mujer y él, más humano. Como si ella, de a poco, le devolviese la vida, a costa de su propia esencia.
Llegó la noche del festival de San Iván. La aldea bailaba alrededor del fuego, pero Evdokia ascendió la colina para el último encuentro. “Si esta es mi condena, la acepto,” susurró, entregándole su cuerpo y su último aliento de realidad. Alexéi la cubrió, sombra y caricia, y en el éxtasis de la unión final ella sintió que flotaba sobre las brasas del universo.
Cuando la aurora despuntó sobre Vorozóvo, la mansión estaba en ruinas y sólo los olmos sabían la verdad. A veces, entre la niebla, el canto de una mujer y la risa de un hombre se elevan desde la mansión derruida. Y quienes los oyen, sienten en el corazón el temblor de un amor tan peligroso que acaso, durante una sola noche, fueron capaces de entregarlo todo —incluso, el alma.
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