La inspectora gitana
La grieta del silencio
La chica del lago
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato El Jardín de los Recuerdos Rotos
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Fragmento:


—¿Por qué no me temes? —preguntó él, su voz deslizándose como eco de otro tiempo.

Duración: 06:07

El Jardín de los Recuerdos Rotos
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La mansión de Hollynore yacía apartada, elegante y grave, bajo el peso de nubes tumultuosas. Los sauces frondosos que vigilaban el sendero apenas dejaban pasar la luz, como si temieran que el aire nocturno se contagiara de los secretos de la casa. Allí vivía Elinor Dawes, solitaria por designio propio y herencia desdichada, marcando las horas con los pasos distraídos que daban vida al eco de habitaciones vastas y vacías. Algunas noches, la intemperie envolvía con tal celo a Hollynore que hacía imposible discernir dónde comenzaba el mundo real y dónde el de los sueños. Y en esos intervalos, cuando la madera crujía y los espejos adoptaban siluetas que no les pertenecían, Elinor sentía aquel temblor que no era frío ni olvido, sino presentimiento.

En una velada de tormenta, cuando la lluvia tatúa el techo y el viento embiste con garras de lobo, Elinor se hallaba ante el espejo ovalado de la biblioteca, el que heredó de su madre, quien juró de joven haberlo visto respirar. La luz de la lámpara vacilaba sobre el vidrio, y Elinor, cansada de la repetición espectral de su propio rostro, apartó la mirada. Sin embargo, un movimiento sutil le hizo volver la cabeza. Reflejado a sus espaldas, entre las cortinas, se dibujaba el contorno de un hombre alto, de ojos que atrapaban la escasa luz como rescoldos. No era posible: nadie podía haber entrado sin trastornar las cerraduras oxidadas de Hollynore, nadie respiraba ese aire antiguo y sellado. Pero su figura se mantenía allí, sólida en los reflejos, tan real como ella misma.

Elinor no gritó, ni retrocedió. Su vida ya era el largo rumor del espanto y el anhelo, y ése, comprendió en un sobresalto de certeza, era el huésped al que llevaba años esperando. Volvió despacio la cabeza, y el hombre, al otro lado del umbral invisible, la miraba también. Su rostro era de una hermosura que solo el dolor afina, y su presencia estaba coronada por un halo de niebla donde parecía flotar la fragancia de la noche húmeda y los libros cerrados hace siglos.

—¿Por qué no me temes? —preguntó él, su voz deslizándose como eco de otro tiempo.

—¿Y debería? —respondió Elinor, sintiendo cómo la sangre le latía con despierta ansiedad—. Todos mis terrores son conocidos. Tú, en cambio, eres extraño.

El hombre avanzó solo un paso, y la temperatura bajó hasta que Elinor pudo ver su aliento en el aire.

—No deberías confiar en los extraños —dijo él, casi con ternura.

Ella, inexplicablemente, sonrió. Un atisbo. Toda su vida la habían advertido contra la soledad, contra el amor y sus fantasmas, contra los espejos, contra las visitas inesperadas. Pero nadie la había prevenido del deseo repentino de ser vista, de ser deseada aunque fuera por una sombra.

—Dime quién eres —dijo, acercándose con los puños apretados para reprimir el temblor que era miedo, excitación y algo más profundo.

—Un deseo que olvidaste pedir. Una culpa que no es del todo tuya —susurró él—. Tal vez fui hombre… Ahora soy recuerdo. O castigo.

Mientras hablaba, Elinor sintió frío en la piel y calor en el pecho. La distancia entre ambos era absurda, porque los cuerpos están contenidos en sus límites, pero los anhelos no. Quiso tocarlo y su mano, extendida, rozó el aire denso y casi eléctrico que lo envolvía. Él acarició su mejilla con un dedo que era apenas brisa, apenas roce de luz batiendo el polvo.

En los días siguientes, el hombre —cuyo nombre Elinor jamás pidió, porque las palabras atan y destruyen— fue y vino, emergiendo de los espejos, la bruma junto al piano, el reflejo fugitivo en la ventana cuando la luna era hueso de plata. Sus encuentros eran un delirio de entrega: bailaban sin música bajo los arcos, compartían confesiones que solo pueden hacerse entre un corazón vivo y un aliento de niebla. Se abrazaban en la penumbra siendo más reales que cualquier par de amantes en la tibieza de la vida cotidiana.

Elinor comenzó a cambiar; Hollynore se transformó con ella. Las lámparas ardían con más brillo, las flores resucitaban en los jarrones antiguos, la mesa redonda se volvió altar de comidas para dos. Pero la casa también empezó a devolver más sombras, los espejos a condensar más susurros, y en el aire flotaba la fragancia de la memoria florecida y la pérdida.

Una noche, él la condujo al salón donde un gran ventanal contemplaba el reino de los sauces. Un relámpago iluminó el mundo por un instante, y Elinor vio reflejado en el vidrio no solo a su espectro, sino una multitud de rostros, todos bañados en una tristeza insondable.

—¿Quiénes son? —musitó, el temor enroscándosele en la garganta.

—Aquellos a los que amé, los que me amaron mal o demasiado tarde —respondió él—. La eternidad no es castigo si hay quien espere… Pero tu tiempo pasa, Elinor. Pronto despertarás del hechizo de la soledad. ¿Me desearás igual cuando el sol disuelva las nieblas?

Elinor tembló, asediada por un amor que era deuda y promesa, por un placer hosco que se anidaba en su vientre y la hacía suplicante y soberana a la vez. Alzó la mano, girando el reflejo de ambos hasta confrontar la realidad invertida de sus formas.

—¿Y si huyo del sol… y elijo la noche contigo? —se atrevió.

Él la rodeó suavemente, casi sin tocarla.

—La noche es solo un segundo largo para nosotros. Amarás, pero amarás un suspiro.

Elinor, por primera vez en años, lloró. Pero eran lágrimas nuevas, sin agrio arrepentimiento; eran de belleza y aceptación. Se volvió y lo besó, y el beso supo a viento y a sal y a raíz profunda. En la médula de su ser quedó inscrito el recuerdo: la pasión sutil entre dos realidades, la fe en aquello que los demás niegan o temen.

Cuando Elinor despertó, al amanecer, el espejo estaba vacío y sus labios aún ardían. Nada era igual. Hollynore ya no parecía una prisión, sino un capullo a punto de abrirse. Sabía, en la sangre y en el alma, que volvería a encontrarlo en la frontera donde los vivos sueñan y los muertos ansían, y que allí, entre sombras y deseos, la eternidad cabe en un susurro bien amado.

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