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Portada del relato Sombras en la Mansión Ellister
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Fragmento:


La segunda noche de tormenta, Marianne se despertó sobresaltada. La cortina del ventanal danzaba, aunque la ventana estaba firmemente cerrada. El olor a violetas era real, denso y persistente. Unos pasos suaves arañaron la alfombra detrás de ella, y Marianne giró, el pulso desbocado. Allí, como surgido de una niebla íntima, estaba él. Pálido, los ojos grises centelleando con una tristeza tan profunda que casi dolía.

Duración: 04:36

Sombras en la Mansión Ellister
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El crepitar del fuego rebotaba en los muros de piedra, iluminando débilmente los retratos antiguos que colgaban en el vestíbulo de la Mansión Ellister. Afuera, la lluvia tejía un manto de susurros sobre el techo, y el viento colaba su propio secreto entre los postigos. Marianne llegó empapada y sin aliento, la maleta chirriando en la escalera, el corazón galopando al ritmo de sus pisadas. Había dejado la ciudad no sólo para huir de su matrimonio fracasado, sino también de sí misma, de esas pesadillas inexplicables de un hombre cuyos ojos la miraban siempre a través de los barrotes del sueño.

El ama de llaves, la señora Hughes, la esperaba con una sonrisa amablemente rígida, a la luz temblorosa de una lámpara de aceite. Marianne pensó que la mansión parecía observarla, atentísima, desde cada sombra. “Su habitación está lista, señorita,” dijo la señora Hughes, dejándola al pie de la gran escalera. No había encendido más lámparas. “¿La encontrará sola?” Marianne asintió. El silencio fue absoluto cuando la anciana se perdió tras la puerta de la cocina. En la penumbra, sintió un escalofrío agazapado en la nuca; no era sólo el frío de la tormenta.

Ese primer sueño fue distinto. Marianne flotaba sobre una pradera empapada, la hierba rozándole los tobillos desnudos. A lo lejos, un hombre aguardaba entre los álamos. Su rostro era hermosamente antiguo: piel clara, cabellos oscuros y desordenados, labios que decían su nombre aunque el viento arrastrara la voz. Caminó hacia él y, cuando sus dedos se rozaron, el olor a violetas envolvió el mundo. Despertó jadeando bajo las sábanas pesadas, furiosamente consciente del hueco ardiente entre sus piernas y de la soledad irremediable de su lado de la cama.

Los días en Ellister tenían el color del ámbar, espesos e intemporales. Marianne exploró salones polvorientos, bibliotecas donde los libros susurraban secretos y un invernadero atestado de orquídeas sombrías. Todo parecía expectante. Cuando al fin se atrevió a preguntar a la señora Hughes por el dueño de la mansión, la respuesta fue un suspiro evasivo: “El señor Rawdon permanece ausente, siempre ausente.” Pero por las tardes, sentada en la galería, Marianne sentía la mirada de unos ojos invisibles rastreando cada movimiento.

La segunda noche de tormenta, Marianne se despertó sobresaltada. La cortina del ventanal danzaba, aunque la ventana estaba firmemente cerrada. El olor a violetas era real, denso y persistente. Unos pasos suaves arañaron la alfombra detrás de ella, y Marianne giró, el pulso desbocado. Allí, como surgido de una niebla íntima, estaba él. Pálido, los ojos grises centelleando con una tristeza tan profunda que casi dolía.

“Nunca es fácil regresar,” murmuró él—su voz, imposible y cierta.

Marianne retrocedió, el miedo y el anhelo trenzados en un nudo delicioso. “Esto no puede estar ocurriendo…”

“En este lugar, lo que no debe suceder, sucede.” Él sonrió, y el mundo titiló como una vela. “He esperado mucho, demasiado.”

El sueño siguiente fue distinto. Sus cuerpos entrelazados sobre el musgo, la lluvia acariciando pieles desnudas, y el corazón de Marianne galopando junto al suyo, intenso y voraz. La luz se derramaba entre los árboles, y él murmuró una promesa en un idioma antiguo que, sin embargo, ella comprendió.

Despertó envuelta en placer y desconcierto, el perfume de violetas adherido a su piel. Buscó a la señora Hughes, temblando. “Dígame quién es. Por favor.”

La anciana, conmovida por una compasión vieja, la condujo al final de la casa hasta el retrato cubierto de polvo. “Lord Rawdon murió hace siglo y medio, en la pradera junto al río. Dijeron que vagaría hasta que su amor regresara.”

Marianne tembló. Recordó sus sueños de niña, las cartas antiguas halladas en una librería oscura, todas firmadas con la misma inicial. ¿Era posible? La lógica se dispersó, reemplazada por una corriente feroz: deseo, reconocimiento, una nostalgia de alguien jamás conocido.

Aquella noche, un relámpago fracturó el cielo y la sala de los retratos, y Marianne fue a su encuentro. Él la aguardaba en la escalera, ya sin transparencia ni dudas. La besó con el hambre de los exiliados del tiempo, y el frío desapareció de sus huesos.

La lluvia cesó, como una bendición. Marianne supo que la espera había terminado. Por fin, los dos amantes perdidos volvían a inventar el calor entre los muros de Ellister, allí donde la pasión y el misterio eran la única realidad posible, aunque el alba encontrara a la mansión tan aparentemente vacía como siempre.

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