Fragmento:
"Has venido," dijo Gabriel, su voz melodiosa, profunda, y ya Isabella sentía cómo su voluntad se desvanecía ante la gravedad de ese sonido. Se le acercó, sintió la brisa de su fragancia extraña, una mezcla embriagadora de bosque y tormenta. Se atrevió a tocarlo. Apenas un roce en la mano, pero fue suficiente. Gabriel cerró los ojos y pareció absorber el contacto como un náufrago que bebe agua dulce por primera vez.
Duración: 05:29
Las siluetas se alargaban sobre el suelo húmedo del bosque, acariciado por la niebla que ascendía como dedos insaciables. Isabella sintió el pulso acelerado mientras sus pasos la llevaban más profundo en aquel reino secreto al que nunca se atrevía a ir de día. La luna, redonda y encendida, se asomaba entre las ramas desnudas, testigo de todos sus secretos. Su piel erizada por el frío nocturno, pero sobre todo por la anticipación, la esperanza de verlo otra vez.
Guiada por un impulso feroz, Isabella se deslizó entre los arbustos y susurró su nombre: "Gabriel". El eco se perdió entre los troncos, pero una presencia familiar la envolvió—una energía eléctrica, un calor inesperado en el corazón del invierno. De las sombras emergió él, alto y etéreo, ojos que destellaban con una luminescencia sobrenatural. Sobre sus labios una media sonrisa, sobre su piel ese resplandor pálido de los que habitan entre dos mundos.
"Has venido," dijo Gabriel, su voz melodiosa, profunda, y ya Isabella sentía cómo su voluntad se desvanecía ante la gravedad de ese sonido. Se le acercó, sintió la brisa de su fragancia extraña, una mezcla embriagadora de bosque y tormenta. Se atrevió a tocarlo. Apenas un roce en la mano, pero fue suficiente. Gabriel cerró los ojos y pareció absorber el contacto como un náufrago que bebe agua dulce por primera vez.
"No debería estar aquí," susurró ella, aunque su cuerpo clamaba lo contrario, empujándola hacia él a pesar del peligro, a pesar de las advertencias de la abuela, a pesar de la marca rojiza en su muñeca—recuerdo de aquel primer encuentro. Gabriel le tomó la mano, acariciando la cicatriz con la yema de los dedos. "¿Duele?" preguntó con una ternura que hacía que el mundo gris de Isabella se llenara de matices nuevos. "Sólo cuando tú no estás," respondió, y supo que era la verdad.
Él la atrajo contra su pecho, cálido en contra de lo que hubiera esperado. Su corazón latía, lento y profundo, como un secreto antiguo bajo la tierra. "La luna está baja esta noche," murmuró Gabriel en su oído. "Y sólo bajo su luz puedo quedarme contigo lo suficiente para olvidar quién soy." Ella sintió la confesión arder en su interior. Los labios de Gabriel rozaron su cuello, la promesa de una mordida, de un beso que podría destruirla o salvarla.
Las manos de Isabella se aferraron a su espalda. "No me sueltes," suplicó sin vergüenza. "No esta vez. No quiero sentirme vacía otra vez." Gabriel la levantó hasta sentarla sobre una roca cubierta de musgo. Sus movimientos eran animalísticos y gentiles a la vez; una bestia domada solo por ella. Con un gesto, deslizó su abrigo de Isabella, dejando su piel temblorosa bajo la seda blanca de su camisa. El frío fue sustituido al instante por la calidez de las manos de Gabriel, que recorrían sus costados, subían despacio, aprendiendo cada curva como si Isabella fuera el único tesoro digno de descubrir.
Él besó su clavícula, dejando un rastro de fuego allí donde sus labios tocaban. Isabella enterró las manos en el cabello oscuro de Gabriel, acercándolo más, necesitándolo más. Con cada caricia, el mundo alrededor desaparecía, solo existía el roce, el tacto, el deseo que crecía como la marea, impetuoso y voraz. Gabriel deslizó su boca a lo largo de la mandíbula de Isabella, hasta encontrar sus labios. Los besó, primero con una dulzura exquisita, tentadora, y luego con hambre, como quien ha estado esperando siglos por una gota de agua.
El beso los arrastró a ambos, temblando en el filo entre lo humano y lo prohibido. Isabella abrió los ojos; la luna teñía de rojo su piel y la de Gabriel, como si juntos fueran algo nuevo, algo nacido bajo aquel cielo carmesí. Las manos de Gabriel encontraron el borde de la camisa de Isabella y, con delicadeza reverente, se la quitó. Ella tembló, no de pudor sino de deseo crudo, de esa necesidad de entrega sin condiciones. Gabriel esculpió su torso con los labios, besando cada centímetro con devoción, como si cada mancha, cada lunar, cada curva fuera sagrada.
"Esta noche, eres miya," susurró él, antiguo acento deslizándose entre sus palabras. Isabella arqueó la espalda mientras sentía las manos firmes de Gabriel, su boca caliente amasando placeres que la hacían perder la conciencia de sí misma, y durante un instante, creyó ser capaz de cualquier cosa por él. Gabriel la adoró con todo su ser, y cuando por fin derribaron el último límite, fue un estallido de placer y fusión total.
Sus respiraciones entrecortadas se mezclaron en el aire cargado; Isabella sintió el poder de Gabriel colarse en su piel, quemando las sombras que llevaba dentro. El orgasmo fue tan intenso, tan absoluto, que por un segundo, Isabella vio estrellas fugaces bajo sus párpados cerrados. Gabriel la sostuvo mientras temblaba, y juntos permanecieron ahí, envueltos en el silencio dorado del después.
La noche avanzó y los suspiros se convirtieron en palabras suaves, confesiones apenas murmuradas. Gabriel le prometió el regreso, siempre que la luna quisiese, siempre que el mundo les dejase existir juntos, aunque fuera solo en las horas robadas a los mortales. Antes de partir, Gabriel mordió suavemente la cicatriz de Isabella, renovando el lazo, sellando un pacto silencioso. Y el bosque fue testigo, bajo la luna carmesí, del amor imposible y ardiente entre la humana y su amado imposible, en un eterno retorno de deseo y esperanza.
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