La niñera
La inspectora gitana
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato Vísperas del Olvido
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Fragmento:


Años antes, el Marqués había sido joven y bello, antes de la tragedia que encerró la música de su risa en el ala sur, donde nunca volvía a entrar. Nadie sabía por qué las aves del parque callaban al verle cruzar el puente de piedra, ni por qué el aire se espesaba en su presencia. Leonie, con su labio inferior trémulo, se alzó del diván de brocado, y cada paso que la acercaba a él era una flor que se abría en la oscuridad con el olor metálico de la sangre. El Marqués inclinó la cabeza, recogiendo con la mirada el hilo de perlas que surcaba el cuello de Leonie, como si intuyese la fragilidad de su vida bajo una piel demasiado suave para este mundo.

Duración: 04:37

Vísperas del Olvido
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La nieve caía sin cesar sobre los vastos jardines de Lysandra, un manto helado que parecía proteger sus secretos bajo la luna vacilante. El antiguo castillo se alzaba entre los robles desnudos, ciego y expectante, guardando tras sus ventanales oscuros más de un susurro ahogado. Fue un invierno eterno, la estación de los sueños y de los pecados sin redención, y en su corazón, Leonie de Mareuil veía apagarse el tiempo como un cirio resistiendo al viento, agónica y hermosa.

Las tinieblas del salón se llenaron del perfume a lilas marchitas cuando el Marqués de Varelles cruzó el umbral. Su figura alta y vestida de terciopelo ensombrecido parecía surgir del tapiz de otro siglo, con la gravedad felina de quien conoce el peso de todas las puertas cerradas. Sus ojos, tan antiguos como la misma piedra del castillo, se fijaron en Leonie con un fulgor enfermo, a la vez súplica y amenaza. El reloj de la entrada marcó la medianoche, y los ratones dejaron de correr por las boiseries.

Nadie habló. Los sirvientes se habían esfumado como fantasmas sensatos y en la estancia, sólo el tic-tac del reloj interrumpía la tensión entre ellos, el juego de atracción y rechazo. Leonie recordaba la advertencia de su institutriz: “Hay amores que son espejos, y sólo devuelven el reflejo de la locura”. Lo que no le dijo, pensó, era cómo envolver la locura con besos y temor, dando la bienvenida a la noche en brazos de quien puede destruirte.

Años antes, el Marqués había sido joven y bello, antes de la tragedia que encerró la música de su risa en el ala sur, donde nunca volvía a entrar. Nadie sabía por qué las aves del parque callaban al verle cruzar el puente de piedra, ni por qué el aire se espesaba en su presencia. Leonie, con su labio inferior trémulo, se alzó del diván de brocado, y cada paso que la acercaba a él era una flor que se abría en la oscuridad con el olor metálico de la sangre. El Marqués inclinó la cabeza, recogiendo con la mirada el hilo de perlas que surcaba el cuello de Leonie, como si intuyese la fragilidad de su vida bajo una piel demasiado suave para este mundo.

— ¿Por qué me rehúyes, Leonie? —susurró, casi con ternura.

—Porque, si me acerco más, desapareceré —respondió ella, y un temblor cruzó el aire, haciendo bailar la llama de la única vela encendida.

Ambos sabían que el deseo era menos un puente y más un abismo.

Lo que ninguno decía era la memoria corrupta que les unía: la noche hacía tres inviernos en que él la halló entre los espejos rajados del gabinete oriental, vestida de luto por alguien a quien nunca había amado. Fue allí donde la luna los vio enlazarse en un espasmo de culpa y promesa, sellando en silencio el pacto que aquella mansión exigía a todo cuerpo joven: amor a precio de noche sin sueños. El castillo escuchaba, siempre.

—Vuelva cuando el reloj repique tres veces —musitó ella, retirándose hacia la escalera en espiral, temblando entre la luz y la sombra.

El Marqués la siguió con la mirada, piedra y carne, espectro y hombre. Sabía esperar. Sabía torturar con la espera. Cuando el eco del primer tañido rodó por los corredores, Leonie se asomó entre los barrotes, la piel brillante de miedo y del combate interior. Él la encontró junto a la ventana entornada, la nieve arremolinándose en los pliegues de su bata, enredándose en su cabello.

Él la abrazó por la espalda, las manos tan frías como la escarcha que cubría las estatuas del jardín. Nada pronunció, y sin embargo toda la eternidad de esa noche se concentró en el roce de sus labios sobre la nuca de Leonie. Ella se resistió, pero sólo para rendirse después de la manera más deliciosa: con un sollozo que era, a la vez, protesta y consentimiento. Así se amaron, entre los muebles cubiertos de sábanas, entre las cortinas empolvadas que colgaban como mortajas, bajo los relojes que no sabían cómo detener el tiempo que los condenaba.

Horas después, cuando la luna menguaba y el amanecer parecía un sueño remoto, Leonie se refugió entre los brazos del Marqués, febril y exhausta. En la penumbra, comprendió que la pasión era sólo la máscara de algo más profundo: la obsesión de la carne por probar el filo del dolor y del éxtasis, la tranquilidad fatal de saber que ya no había marcha atrás. En el reflejo de la ventana, vio sus rostros enmarcados por la escarcha, casi irreales, como los retratos de los antepasados que los miraban desde las paredes.

Y cuando la nieve se detuvo, el castillo amaneció en un silencio total. Afuera, los pájaros seguían sin cantar. Pero en lo profundo de la casa, dos almas persistían, enlazadas por la promesa de la oscuridad, y el rumor sin nombre de un amor imposible, tan eterno como la sombra misma de Lysandra.

La niñera
La inspectora gitana
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De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.

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