Novela El calendario del amor
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
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Portada del relato Las Sombras de Inverleigh
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Fragmento:


El cochero, con gesto desdeñoso, perfiló su sombrero, instando a Estella con apenas un ademán. Ella avanzó, recogiendo la falda para no mancharla en la gravilla oscura, mientras su equipaje rodaba tras ella como un eco de otras vidas. Desde una ventana, alguien la observaba: la sensación le arañó la espina dorsal. Una niña blanca, casi espectral, que pronto desapareció tras la cortina como una ensoñación rota.

Duración: 05:30

Las Sombras de Inverleigh
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El carruaje se fracturó contra un bache del sendero como la respiración súbita de un moribundo, y Estella empujó la puerta de terciopelo con una mano enguantada, su corazón batiendo con una mezcla deliciosa de recelo y ansia. La cerca de hierro, enroscada como serpientes, custodiaba la mansión de Inverleigh bajo el amparo pesado de los cipreses, retorcidos por el viento y los años. De fondo, la luna, hinchada e impúdica, recortaba en blanco las aristas de las torres olvidadas.

El cochero, con gesto desdeñoso, perfiló su sombrero, instando a Estella con apenas un ademán. Ella avanzó, recogiendo la falda para no mancharla en la gravilla oscura, mientras su equipaje rodaba tras ella como un eco de otras vidas. Desde una ventana, alguien la observaba: la sensación le arañó la espina dorsal. Una niña blanca, casi espectral, que pronto desapareció tras la cortina como una ensoñación rota.

La señorita Vale, ama de llaves de Inverleigh, apareció bajo el pórtico, silenciosa como si se desplazara flotando. –Su habitación está lista, señorita Fairfax,– dijo con una reverencia mínima, los ojos grises opacos como la ceniza. –¿El señor de la casa?– preguntó Estella, con la voz demasiado firme para su propio gusto. El ama de llaves evitó su mirada. –El señor Ashcombe acostumbra a cenar tarde. Viene usted en un mes de noches largas y memorias tristes.–

Estella fue guiada por pasillos oscuros, el eco de sus pasos sumándose a los de antiguas presencias. Las puertas, talladas con monstruosas y sublimes figuras mitológicas, crujían en su bisagra. El aire olía a lirios marchitos y madera humedecida, y cuando la dejaron a solas en la alcoba –con su cama coronada por dosel carmesí, y una chimenea donde las brasas apenas resistían– Estella se permitió temblar.

Cenó sola, enfrentando su reflejo en los paneles de la sala principal, rodeada de retratos de antepasados de mirada doliente. Solo el tintineo del candelabro rompía el silencio. Ya iba a retirarse cuando la doble hoja se abrió con un estallido contenido. Allí estaba Julian Ashcombe, tan alto que casi rozaba la cornisa, un cabello negro cayéndole sobre la frente, la piel pálida como la cerámica. Sus ojos, grises y líquidos, parecían moverse entre la sombra y una penumbra más profunda aún.

–Perdone mi tardanza, señorita Fairfax. Inverleigh no siempre se muestra amable con los que llegan.–

–Disfruto de los retos, señor Ashcombe.–

Sonrió, y el gesto parecía arrastrar consigo cicatrices invisibles. –Aquí los retos pueden devorarnos.–

Las noches siguientes, el aislamiento fue mitigado apenas por la compañía de los libros y la lejana dulzura del piano, cuyas notas descendían por la escalera en espirales. Pero cada madrugada, la piedra de la casa transpiraba susurros. Una presencia invisible junto a la cama, un roce helado en el hombro, una palabra pronunciada sin voz.

En el tercer día, encontrando a Estella en la biblioteca, Julian habló bajo la penumbra de las lámparas. –¿Le incomoda la soledad o la habita?–

–Buscaba la verdad en este lugar. Hay retratos con los ojos borrados, cartas antiguas con nombres tachados, habitaciones selladas como tumbas...–

Él la interrumpió con una risa grave: –A veces es mejor desconocer las historias que nos pertenecen.–

Pero la atracción era un torrente bajo la corteza de ambos: las horas compartidas, las manos rozándose sobre el lomo de un libro, la chispa de una confidencia junto al fuego agonizante. Sin embargo, Estella percibía otra presencia, celosa y expectante, marchita como las flores del jardín. Las noches, cada vez más gélidas, trajeron a la extraña niña de nuevo: la vio entre los árboles, junto al estanque envuelto en niebla, su vestido flotando como un fantasma.

Un amanecer, tras un grito destemplado en el corredor, Estella se dirigió a la capilla de la familia. Allí, entre tumbas resquebrajadas, yacía una inscripción borrada a cincel. A su lado, la niña al fin la enfrentó, los ojos grandes y aguados. –¿Por qué no te vas? Peor que amar aquí es quedarse – susurró con voz de antigüedad.

Estella no retrocedió. –¿Quién eres?– La sombra vaciló, y entonces Estella comprendió: un amor antiguo, un nombre olvidado, una muerte sin duelo. La niña era la memoria de un deseo prohibido, aplastado bajo el peso de generaciones.

Aquella noche, Estella buscó a Julian. Había bruma entre los corredores. Lo encontró en la torre más alta, frente a la ventana, donde la luna parecía un orbe de sangre. –Dime la verdad.–

Julian se volvió hacia ella, la desesperación encadenada a sus rasgos. –Ella era mi prometida, muerta por mi rechazo, por el orgullo de mi familia. Su amor nunca partió de Inverleigh. Si tú te quedas, terminarás como ella. No soy tu salvación; soy tu condena.–

Pero el deseo había batido ya sus alas de bestia. Estella le tomó la mano, sintiendo la electricidad de un abismo por delante. –Nadie ama sin miedo aquí. Pero prefiero desangrarme bajo tu sombra que languidecer lejos de tu nombre.–

El viento rasgó el cristal: la noche los ungió con su legitimidad oscura. Y cuando sus labios se buscaron, rivalizando con todos los tormentos y los anhelos de los caídos, Estella supo que ningún destino prohibido podría igualar la luminosa caída de su entrega. Porque en Inverleigh, el amor exige un precio, y nada, ni la muerte ni los susurros, puede separarlos de la promesa inextinguible del deseo.

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