Fragmento:
La mansión la recibió con silente expectación. El vestíbulo se abría, alto como una nave eclesiástica, y lucía, a ambos lados, sendos pasillos que respiraban humedad y tinieblas. Había espejos por doquier. No espejos sencillos, sino recubiertos de velos oscuros, como si pretendieran proteger a los que se asiesen ante ellos de alguna mirada no del todo humana. Lucía, intrigada, recorrió la casa con una vela y el eco de sus propios pasos.
Duración: 04:52
En un valle sombrío, oculto por la niebla perpetua de las mañanas y la maleza descuidada de años incontables, se alzaba una mansión cuyo nombre no figuraba ya en ningún mapa. Los lugareños, cuando debían hablar de ella, preferían vaguedades y murmullos, pues temían que los muros escuchasen y devolvieran los ecos en sueños inquietos. Sin embargo, al avanzar la primavera, una figura forastera cruzó el portón forjado, oxidado por el tiempo y coronado por enredaderas de flores mustias: era Lucía Fenn, joven de semblante orgulloso y paso resuelto.
Lucía había de hallar, según la voluntad de un tío casi olvidado, una herencia dentro de la mansión. Pero la carta especificaba una única condición: debía residir allí por siete noches. Ningún pago, ninguna advertencia, sólo la fría imposición de esas noches entre paredes antiguas. Lucía, cuyos apremios pecuniarios eran tan acuciantes como su impaciencia por desafiar el temor, aceptó gustosa.
La mansión la recibió con silente expectación. El vestíbulo se abría, alto como una nave eclesiástica, y lucía, a ambos lados, sendos pasillos que respiraban humedad y tinieblas. Había espejos por doquier. No espejos sencillos, sino recubiertos de velos oscuros, como si pretendieran proteger a los que se asiesen ante ellos de alguna mirada no del todo humana. Lucía, intrigada, recorrió la casa con una vela y el eco de sus propios pasos.
La primera noche pasó sin incidentes. Lucía, aunque vigilada por el aire frío y por un murmullo que no era viento exactamente, se acomodó en un dormitorio cubierto de cortinajes. No pudo dejar de notar la puerta opuesta, siempre cerrada con un cerrojo gastado y una aldaba oxidada.
Fue la segunda noche cuando Lucía advirtió la primera alteración. Caminando por la galería de retratos al volver del comedor, se detuvo ante un espejo particularmente alto. El velo que lo cubría se había desprendido: bajo la luz temblorosa, vio en el cristal una forma tras ella, alta, envuelta en ropajes oscuros y aún más antiguos, que no tenía reflejo en la estancia real. Al volverse, halló la sala vacía. Pero en su corazón, una sensación punzante floreció: no estaba sola.
Así pasaron los días, y cada noche Lucía percibía, con creciente certeza, una presencia invisible. Se sentía observada en la capilla, en los pasillos, en la biblioteca donde hojas de diarios se agrietaban al menor susurro. Fue en la tercera noche cuando, al retirarse a su cuarto, halló una carta sobre la almohada. La caligrafía era fluida y elegante, de una mano, quizá, ya caída en el polvo de los años:
“Debéis saber, visitante, que el hogar no duerme ni olvida. Sed valiente, abrid los velos.”
La alarma inicial de Lucía se transformó en curiosidad. Durante el día, los espejos seguían velados; de noche, alguien, o algo, los iba desnudando poco a poco. Al cuarto atardecer, Lucía aguardó junto al mayor espejo, velón en mano, hasta que la puerta rechinó. Una figura entró en silencio. Era un caballero de rostro demacrado y una belleza marchita. Su mirada, profunda y desolada, la escrutó a través del cristal.
“¿Quién eres?”, logró murmurar Lucía, si bien ninguna fibra de su ser abandonaba la incredulidad.
“Un prisionero”, contestó él, “de mi propio reflejo y de un amor no consumado”. El aire circundante se impregnó de una melancolía tangible.
Intercambiaron pocas palabras, fantasmas de recuerdos, nombres silenciados. Lucía, cada noche, encontraba al caballero reflejado en cualquier superficie pulida, aunque jamás a su lado de la realidad. Las conversaciones se convirtieron en confidencias, desvelando una pasión enterrada hacía más de un siglo, cuando una antigua moradora de la casa y él se amaron en secreto. Castigado por un heredero celoso, él fue confinado al mundo de los espejos velados.
En la sexta noche, Lucía, guiada por la voz espectral de su amado, descubrió la habitación prohibida. Dentro, halló un espejo ovalado; sin velo, mostraba la estancia en penumbra y, en su centro, al caballero esperándola. “Toca el cristal”, imploró. Ella así lo hizo.
Un vértigo la envolvió. Sintió un beso frío en los labios, una llamarada de ardor en el pecho, y en ese instante, comprendió la fusión de su destino con el del espectro. A través del cristal, la mansión se veía más luminosa, más viva, y los dos compartían un tiempo robado al mundo exterior.
Al llegar la séptima noche, Lucía comprendió que la herencia que debía reclamar no era de oro ni de tierras, sino de eternidad. Frente al mismo espejo, tomó la mano espectral del caballero y pronunció un voto olvidado por el universo:
“No quiero herencia de los vivos, sino aquello que únicamente los espejos pudieran dar.”
El alba sorprendió a la casa vacía. Los lugareños, al pasar los años, olvidaron hablar de la mansión. Sin embargo, ciertos visitantes, al cruzar el umbral de los sueños, afirman oír risas ahogadas en ecos y ver, tras los velos de los espejos antiguos, figuras danzando en una tregua perpetua de deseo y nostalgia. Porque hay amores tan hondos que ni la muerte ni los cristales pueden apartar, y habitaciones donde la eternidad se resume en un beso frío y la promesa susurrada entre sombras y reflejos.
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