De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato La Cornisa de los Susurros
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Fragmento:


La mansión Sterndale, otrora palacio de fastuosas celebraciones, llevaba años reinando en la decadencia. Elisabetta recorría los corredores vigilando los cuadros cuyos ojos, pintados hacía siglos, parecían respirar por la noche; telas cuyos marcos dorados estaban roídos por la humedad y cuyos personajes siempre se le antojaban conocidos, como si pudieran levantarse a caminar sobre la alfombra raída.

Duración: 05:55

La Cornisa de los Susurros
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Entre los huecos de una mansión salvaje, rodeada por acantilados que se precipitaban hacia el mar furioso, Lady Elisabetta Ward deambulaba en las brumas de su propio desconcierto. El cielo estaba surcado de nubes negras y el crujir de las ramas en la avenida principal, desprovistas ya de hojas por la persistente borrasca de noviembre, solía anunciar el lamento de las antiguas piedras. Aquella noche, el fuego de las chimeneas no salía victorioso contra el aliento helado de los pasillos; el viento, que susurraba verdades a la vez dulces y torturadoras, llevaba consigo ecos del pasado y promesas de encuentros ilícitos en la penumbra.

La mansión Sterndale, otrora palacio de fastuosas celebraciones, llevaba años reinando en la decadencia. Elisabetta recorría los corredores vigilando los cuadros cuyos ojos, pintados hacía siglos, parecían respirar por la noche; telas cuyos marcos dorados estaban roídos por la humedad y cuyos personajes siempre se le antojaban conocidos, como si pudieran levantarse a caminar sobre la alfombra raída.

Fue en una velada tan intempestiva como aquélla que llegaron a su puerta, sin anuncio ni invitación, los hermanos Crane. El mayor, Victor, poseía esa belleza melancólica que sólo engendra la tristeza heredada, y su hermano Peter lucía el encanto turbador de la temeridad. Dicen que los caminos son traicioneros bajo la lluvia; su carruaje, embarrado hasta el eje, fue arrastrado por el cochero hasta el resplandor del vestíbulo. No fue la hospitalidad, sino el magnetismo ahogado de la ruina, lo que los retuvo entre las paredes de Sterndale.

Elisabetta, apartada por la muerte temprana de su esposo y las estrictas costumbres de la comarca, había aprendido a hablar el lenguaje de las sombras. Ella reconoció en el andar de Victor una familiaridad perturbadora; un roce de alguna culpa secreta. Nadie podía explicar cómo, al estrechar sus manos, la escarcha que poblaba el aire pareció vibrar sutilmente, y un torbellino de interrogantes invadió sus pensamientos. El roce involuntario fue suficiente para que todo dentro de ella se rebelara, mezclando el placer con la culpa y el deseo con el temor.

Durante las semanas siguientes, los Crane fueron huéspedes discretos, sembrando en cada cena fábulas oscuras sobre la procedencia de su fortuna. Las criadas cuchicheaban en la cocina; se decía que Peter Crane no dormía jamás y que, de madrugada, se veía una silueta oscura junto al lago, donde las estatuas de piedra gemían con los cambios de temperatura. Victor, en cambio, prefería la biblioteca. Allí, entre libros polvorientos, desgranaba historias de amor imposible, figuras femeninas que cruzaban montañas para encontrar a un hombre inalcanzable, o duelos a muerte por el honor. Cada mirada de Victor parecía buscar en Elisabetta algo que lamentaba haber perdido.

Pero fue en la noche sin luna, cuando una tormenta desató su violencia contra los ventanales, que Elisabetta, privada de sueño, cruzó por accidente el vestíbulo y encontró a Victor bajo el retrato de su bisabuela. Su figura estaba envuelta por la llama ansiosa de la vela, y sobre su rostro caía una sombra tan profunda como los abismos que rodeaban la casa.

—¿No teme la soledad, Lady Ward? —preguntó él en voz baja.

Ella sintió un estremecimiento; su respuesta, entrecortada, se perdió en el viento que irrumpió por las rendijas del ventanal. Sin atreverse a mirarlo de frente, confesó el deseo secreto de ser tocada por una pasión tan intensa que pudiera arrasar con todo lo demás. Victor, como una aparición, se le acercó, rozando sus dedos con los suyos: el contacto era frío y febril, prometedor y prohibido como la inminencia de un pecado.

—Hay quien sostiene que en Sterndale es imposible el olvido, —susurró Victor junto al cuello desnudo de Elisabetta—. Que el deseo es una maldición perpetua disfrazada de salvación.

El beso furtivo selló un pacto que los condenó a ambos a la vigilia ardiente de los sueños y a la vigilia oscura de la conciencia. De allí en adelante, los encuentros se prodigaron en los cuartos olvidados y bajo la escalera mohosa; cada caricia era un conjuro y cada palabra, un eco que los perseguía sin compasión.

Elisabetta temía la mirada de Peter, tan febril y preñada de secretos. Él parecía saberlo todo, y una noche en los jardines, donde los cipreses lloraban resina bajo la luna, le habló sin rodeos:

—Mi hermano no puede amar sin destruir lo que ama.

El corazón de Elisabetta oscilaba entre la ansia del abismo y la seguridad estéril de la prudencia. Sin embargo, se lanzó a la oscuridad, reclamando el derecho de amar aunque la vergüenza la atormentara para siempre. Las noches se volvieron campos de batalla, entre el jadeo y el llanto; la pasión, siempre al borde de lo irredimible; el deseo, dicha y condena.

Hasta que, una madrugada, se descubrió el secreto de los Crane: un manuscrito oculto, sellado bajo el reloj de bronce. Elisabetta, impulsada por la sospecha y el temor, rompió el lacre y encontró confesiones de amor desesperado, pactos antiguos con las fuerzas nocturnas y una explicación para la melancolía irredimible de Victor. Ambos hermanos, prisioneros de los pecados de otro tiempo, sólo podían amar desde el borde de la desaparición total.

En el clímax del otoño, cuando la última hoja cayó al lago negro, Victor cedió a la inevitabilidad de su condena. Una mañana, su lecho apareció deshecho y frío; la ventana abierta al mar, y ninguna huella en la escarcha. Tan sólo el perfume de su piel, encarnado para siempre en el pañuelo bordado que jamás volvería a partir de la caja de plata.

Sterndale quedó más sombría aún y la belleza de Elisabetta se tornó más lúgubre, más intensa, como la luna engullida por la tormenta. Cada vez que el viento sopla junto al acantilado, una figura se divisa a lo lejos, y las criadas rezan para que no sea la dama enlutada añorando el eco de aquel amor salvaje, capaz de llevarla al borde de la locura o de salvarla para siempre en las sombras trémulas de la pasión.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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