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De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Portada del relato Brumas sobre Blackthorn Hall
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Fragmento:


La mansión olía a rosas marchitas y velos de viuda. La recibieron los ojos grises del mayordomo, señor Torrance, y el silencio de los espejos cubiertos. En el pasillo central colgaba un retrato: un caballero de mirada absorta, casi melancólica, que se invitaba a entrar en la soledad nocturna de la casa. Pronto Lucille supo su nombre: Julian Blackthorn, el único heredero, invisible y espectral, del linaje quebrado.

Duración: 04:32

Brumas sobre Blackthorn Hall
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La noche se cernía sobre la campiña, un peso denso y malva, apagando todo destello de esperanza ajena a los ventanales de Blackthorn Hall. Allí, entre tapices olvidados y el rumor de la madera que crujía bajo siglos, habitaba una presencia nueva, femenina, de cabello oscuro y voz de ceniza: Lucille Ashcroft, dueña de la más desolada incertidumbre.

Querida lectora, te invito a acercarte al resplandor de una vela temblorosa, pues allí comienza la historia, la de Lucille y la de un amor tan imposible como necesario, como lo son todos los amores cuya sangre se mezcla con el misterio.

Lucille llegó a la mansión en los últimos jadeos de noviembre, al amparo de un carruaje plañidero, con una carta en la mano y un corazón dispuesto a ser herido. La carta, firmada por su tía Isobel, suplicaba su presencia: alguna calamidad, nunca del todo explicada, pedía a Lucille que abandonase su vida de botones tristes y lluvias interminables para sumergirse en la madeja de secretos de Blackthorn Hall.

La mansión olía a rosas marchitas y velos de viuda. La recibieron los ojos grises del mayordomo, señor Torrance, y el silencio de los espejos cubiertos. En el pasillo central colgaba un retrato: un caballero de mirada absorta, casi melancólica, que se invitaba a entrar en la soledad nocturna de la casa. Pronto Lucille supo su nombre: Julian Blackthorn, el único heredero, invisible y espectral, del linaje quebrado.

Las primeras noches transcurrieron como un mal sueño. Los relojes retardaban su marcha, las sombras rebuscaban debajo de las puertas, y la tía Isobel, pálida, declamaba mitades de frases y advertencias entre estertores. Hablaba de una promesa rota, de un amor que aguardaba entre los tapices del ala este, y de la maldición de querer aquello que no corresponde al mundo de los vivos.

Lucille, con la temeridad de la juventud, recorrió los pasillos, desoyendo a la tía, atraída por el destino del retrato. Observaba la expresión del caballero Julian, y a menudo creía verla alterarse, como si los ojos la suplicaran desde la pintura. Fue en la cuarta noche cuando, guiada por un eco de pasos y perfumada de un aroma que no pertenecía al mundo, se detuvo ante un espejo cubierto por terciopelo añil. Una ráfaga helada le susurró el nombre de “Julian” y, al retirar el velo, la estancia cobró vida: los cortinajes se agitaron, las velas parpadearon, y, reflejado en el azogue, contempló a un hombre.

Era el mismo del retrato, pero su faz era carne y pena. Lucille sintió que el miedo danzaba con el deseo en el fondo de su pecho. Julian habló, pero su voz era un soplo, una historia de amor interrumpida por un secreto de sangre, una traición jurada en la víspera de bodas perdida, siglos atrás.

Cada noche Lucille volvía al espejo; cada noche, Julian parecía más vivo. Él relataba historias de jardines prohibidos, de la promesa de reunirse con la amada perdida, y Lucille, absorta y trémula, sentía que el destino de ambos se compactaba en esos susurros bajo la sombra inmemorial del Hall.

Pero en Blackthorn Hall todo pacto tiene un precio. Torrance vigilaba, la tía Isobel languidecía, y un anillo de ónix, encontrado en una alcoba desierta, ardía en la mano de Lucille. Pronto supo que para liberar a Julian debía sacrificar lo que más amaba: la posibilidad de regresar a su propio mundo.

La tentación era tan dulce como amarga. Una noche de tormenta, entre relámpagos y batir de cortinas, Julian emergió más real que nunca, atravesando el espejo con dedos fríos y labios de vaho. La unión era ineludible: uno de los dos debía permanecer y el otro huir, pero la elección era un azote. Tomarse de la mano era sellar un destino, abandonar para siempre la luz del día o la eternidad de la sombra.

Lucille, con el corazón desgarrado, eligió el amor imposible. En la vejez de los relojes, se fundió con la esencia de Julian, convirtiéndose en misterio, en suspiro en los corredores enmohecidos. La tía Isobel expiró su último aliento sonriendo; Torrance, en secreto, encendió una vela por los amantes, y Blackthorn Hall permaneció intacto, guardando el susurro de su historia para quien se atreviera a buscar el amor junto al umbral de lo prohibido.

Desde entonces, cuentan que de noche el retrato muestra no a uno, sino a dos amantes entrelazados eternamente en la penumbra, recordatorio de que el deseo y el misterio, entretejidos, son la única salvación posible para los condenados a amar más allá de la muerte y el olvido.

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