Fragmento:
“¿Sueña usted, señora, cuando el viento arrastra el ramaje sobre los cristales?”, preguntó él ese oscuro atardecer, imaginando, quizás, una respuesta que alimentara sus propios fantasmas. Ella le sonrió, como se sonríe a un dios emboscado: “Sueño y velo, la casa no permite otra cosa.” Fue entonces que la lluviosa luz se plegó sobre ellos y, entre los hilos del crepúsculo, los relojes de la estancia se detuvieron con un sigilo final.
Duración: 04:06
El crepúsculo se abatía sobre la mansión de los Etheredge como una mano gélida, tiñendo los cortinajes de la gran escalera de un púrpura marchito y esparciendo largas sombras donde parecía dormir el polvo de siglos. No era el eco de pasos lo que solía estremecer a quienes recorrían sus pasillos, sino la sensación candente de estar observados por ojos pasajeros, detenidos tras espejos rotos o al fondo de las galerías entoldadas. Marguerite, viuda temprana y dueña por herencia y resistencia de la mansión, no temía esos ojos. Temía, más bien, el silencio perpetuo que se quemaba tras los tabiques; el rumor, apenas audible, que sólo el corazón bien dispuesto puede captar, sugerente y febril.
Aquella tarde, la lluvia arrancaba en los ventanales acordes somnolientos, mientras Marguerite, perdida en la lectura de una carta perfumada, dejó que un suspiro la desgajara de los recuerdos. Había llegado hacía días un huésped: Alaric Pendleton, hombre de modales silenciosos, barba de sombra y ojos siempre puestos en las manos, como si culpas sigilosas estrujaran sus dedos. Lo trajo Lady Gertrude, antigua amiga de la familia, a quien nadie podía negar hospitalidad; y, sin embargo, fue como si la casa hubiese presentido antes la llegada de Alaric: las llamas de los candelabros titilaron con desasosiego y hasta los perros se apartaron del umbral.
“¿Sueña usted, señora, cuando el viento arrastra el ramaje sobre los cristales?”, preguntó él ese oscuro atardecer, imaginando, quizás, una respuesta que alimentara sus propios fantasmas. Ella le sonrió, como se sonríe a un dios emboscado: “Sueño y velo, la casa no permite otra cosa.” Fue entonces que la lluviosa luz se plegó sobre ellos y, entre los hilos del crepúsculo, los relojes de la estancia se detuvieron con un sigilo final.
La mansión respiraba en susurros, inexplicablemente viva. Alaric, fascinado por sus grietas, sus tapices eclipsados y la leve fragancia de gardenia rancia en los corredores, preguntaba en las noches por los antiguos amores del linaje. Marguerite aprendió a leer la avidez detrás de su curiosidad: no era sólo deseo de historias, sino de pertenecer a esa penumbra arcaica, de sumergirse en la hondura prohibida de sus estancias. Y así, la pasión se fue tejiendo en sueño y realidad, alimentada por los rumores de puertas que se abrían sin intervención y cartas que aparecían en la biblioteca, escritas con tinta morada y una letra semejante —demasiado semejante— a la de Marguerite.
Una noche sin luna, Alaric se atrevió a pedirle que le mostrara el corredor norte, aquél que el ama de llaves evitaba y donde el retrato de la abuela Etheredge colgaba de manera oblicua, como si rehusara mediar entre el pasado y el presente. Marguerite consintió, guiándolo con un candelabro; juntos recorrieron el pasillo mientras una corriente aromática y helada rozaba sus cogotes. Allí, en el ocaso de esa ala, la llevaron sus pasos al camerino donde los espejos tallados reflejaban, dice la leyenda, no el rostro sino el alma de quien los contemplaba en la madrugada.
Alaric la tomó por la cintura, su fragor tan súbito como líquido, y detrás de ellos el aire pareció crujir: los retratos parecían girar el cuello para mirar. “No recuerdo si vine aquí a buscar un refugio, o a perderme”, susurró él, y Marguerite, temblorosa, se descubrió deseando las cadenas de la inquietud. Boca con boca, los arrastró la corriente de algo atávico, un anhelo que no pedía permiso ni piedad. Fue en la entrega cuando el vaho frío del espejo se condensó y, reflejados en él, no vieron sólo a dos amantes, sino a Lilith Etheredge y a su enigmático acompañante: rostros iguales a los suyos, historias recorridas en espiral.
Ese espejo, dijeron después, encadenaba almas gemelas nacidas en épocas distintas. Y cuando, por el alba, Marguerite despertó con la mejilla indolente sobre el regazo de Alaric, supo que el eco de su nombre jamás abandonaría esos habitáculos. El amor más voraz es, siempre, el que se enreda con las fronteras de lo posible; aquel que no se consuma del todo, sino que arde indefinidamente bajo el tapiz carmesí.
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