La niebla se deslizaba en rizos tenues entre los pinos, aferrando la mansión de Corvine Hall, como si pretendiese incrustarse en las grietas del tiempo, en los ladrillos oscuros y las ventanas eternamente empañadas. Adrian llegó sin anunciarse, bajo la llovizna helada de finales de noviembre, y en su equipaje traía poco más que un cuaderno de páginas repletas de dibujos obsesivos y el retrato borroso de una mujer de la que no sabía nada cierto, salvo su nombre: Vivienne.
Entrar a Corvine Hall era una transgresión tan fría como el tacto del hierro forjado en la puerta principal. Nadie respondió al aldabonazo; la puerta cedió sola, como por arte de una invitación madura y decadente. Dentro, el silencio era compacto y la penumbra se arrinconaba en la escalera y los salones. Un reloj, alguna vez lujoso, marcaba las horas en falsos latidos, la madera crujía detrás de las paredes como si un animal grande y lento habitara los antiguos corredores. El aire olía a la ceniza de fuegos extintos, y flores marchitas en floreros inmemoriales.
La encontró: de pie ante el ventanal, vestida de azabache, tan inmóvil que Adrian dudó un instante si era humana o parte de la casa. Su perfil era delicado, ensombrecido por un velo de encaje, pero algo en su postura —la afilada dignidad de su cuello, la rigidez de sus hombros— sugería en ella una vulnerabilidad acechante, tal vez peligrosa. Cuando lo miró, sus ojos eran del color del musgo después de la lluvia.
—¿Se atreve —dijo Vivienne con una voz que parecía arrastrarse por la alfombra— a quedarse bajo este techo esta noche?
Adrian asintió. Sólo la certeza de la locura —o del deseo— podía empujarlo por esos pasillos, podía hacer que su corazón se acelerase al compás de pasos ajenos, de risas apagadas tras cortinas demasiado pesadas, de huellas húmedas que surgían en los peldaños, como si alguien más subiera a sus espaldas. La tormenta se arremolinó fuera, y cada relámpago era un retrato en negativo de la decoración descuidada y opulenta.
La cena fue amarga y gloriosa. Vivienne apenas tocó su copa, prefería observarlo en el reflejo cobalto de los candelabros. No había criados; la comida llegaba en bandejas cubiertas, quizás servida por manos invisibles o por Vivienne misma en secreteos imposibles que Adrian no podía imaginar. Ella preguntó sobre su viaje, sus sueños, habló poco de sí misma, sólo del jardín, de las criaturas pequeñas que sorteaban el arroyo, de su aversión al sol y su preferencia por las habitaciones orientadas al norte.
A medianoche, cuando los relojes se rompieron en un estrépito remoto, Adrian la siguió por los pasillos. Ella llevó una lámpara, él llevaba su cuaderno contra el pecho, como un amuleto. No era el primer hombre —le advirtió ella sin mirar atrás— que cruzaba ese umbral. Los otros se habían perdido como hojas secas arrastradas por la brisa. Hablaron de sueños, de los muertos que a veces susurran en los corredores, de pieles que recuerdan el tacto de otras pieles mucho después de que los cuerpos se desvanecen.
En la galería del tercer piso, junto a una hilera de retratos familiares, Vivienne se paró frente a uno: una mujer idéntica a ella, aunque la ropa debía tener al menos un siglo, y la expresión radiante era pura desesperanza. Vivienne sostuvo la mirada del cuadro largo rato. "Todos tenemos dobles", dijo, su voz casi un eco. "Hay casas en las que habitamos antes de llegar a habitarlas en la vida."
Adrian la tocó entonces, casi por impulso, por la verdad súbita de verla tan humana. Su piel era fría, pero no insensible. Ella cerró los ojos, y en ese contacto fugaz, la lluvia golpeó más allá de los cristales con furia, como si el mundo conspirase para sellar el encuentro.
A la madrugada, tras horas que parecieron siglos, la tormenta cesó. El jardín amaneció inundado, y el rocío desgajaba racimos de maleza bajo las ventanas. Vivienne dormía a su lado en el lecho ancestral, un manto de cabellos agitando el aire como algas en un mar oscuro. Adrian no sabía si había sido deseo, hechizo, o ambas cosas; sólo supo que cada vez que cerraba los ojos la veía multiplicada en sueños, y alrededor de ella giraban las sombras del pasado, vestidas de encaje y culpa.
El tercer día en Corvine Hall, Adrian se dio cuenta de que la casa lo atrapaba lenta y dulcemente, como la seda de una araña. Pero ya no sentía miedo, sino un ímpetu agrio, una necesidad de conocer los secretos de Vivienne aunque tuviese que pagar con la cordura. De noche, recorrían juntos los pasillos, inventando historias para las estatuas polvorientas y los espejos cegados. En susurros, Vivienne le contaba los besos que no recordaba haber dado y los amores que sólo existían en los relojes rotos.
Supuso entonces que el amor, en estas casas, era siempre irremediable y oscuro; que se extendía como la niebla, abrazándolo todo, hasta que no podía separarse el deseo del espanto. Y que, mientras Vivienne quisiera compartir su lecho, su sombra, y el roce de su voz en la madrugada, Adrian no buscaría la salida. La casa, la mujer, la noche; eran ahora un único y complejo abrazo, profundo y frío, sin promesa de salvación ni esperanza de renuncia.
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