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Portada del relato Fragmentos bajo la lluvia
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Fragmento:


—¿Quiere un café?—se atrevió finalmente Coral—Está diluviando y el portal debe estar helado.

Duración: 05:18

Fragmentos bajo la lluvia
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No había día en el que Coral no intentara vencer al silencio del apartamento 4B. Por las mañanas, se levantaba e, instintivamente, encendía la radio para que alguna voz ajena llenara el vacío, hasta que el aroma de café la sacaba de su ensimismamiento. Aquella mañana de noviembre, las gotas tamborileaban en los cristales y el murmullo de la ciudad le resultaba lejano, como un rumor de otro tiempo. El timbre del teléfono rompió esa paz aparente.

—¿Quién será a estas horas?—susurró.

La voz del otro lado era desconocida, suave, vacilante.

—Disculpe, ¿hablo con Coral? Soy Adrián, el hermano de Lucía, su vecina.

Lucía, la inquilina del 4A, llevaba semanas ausente. Coral sólo la conocía de saludos tibios en el rellano, pero la suya era una ausencia que, curiosamente, había dejado más eco que su presencia.

—Perdón por la intromisión—prosiguió Adrián—. Mi hermana me pidió que recogiera su correspondencia. ¿Podría abrirme la puerta principal?

Sin pensar demasiado, Coral aceptó. Pocos minutos después, el portal se abrió acompañando una ráfaga de aire húmedo y frío. Adrián era más joven de lo que esperaba, de mirada franca y sonrisa desarmante. Al principio se saludaron con la extrañeza de quienes han escuchado hablar uno del otro pero nunca se han mirado a los ojos.

Subieron juntos en el ascensor y, ya en el descansillo, mientras él recogía un par de cartas y un paquete, Coral notó lo tímido de sus gestos, la manera en que evitaba su mirada para aferrarse a aquel sobre como si lo protegiera de incomodidades.

—¿Quiere un café?—se atrevió finalmente Coral—Está diluviando y el portal debe estar helado.

Adrián la miró con extrañeza, pero asintió con una gratitud sincera que llenó la estancia de algo inesperado. Tomaron café en tazas desparejadas y comenzaron a hablar, primero de Lucía, después de trabajos, ciudades vividas, libros devorados. Él era ingeniero de software y trabajaba en remoto, ella ilustradora freelance. Algunos silencios fueron incómodos, pero otros parecían necesarios, como las pausas entre movimientos de una sinfonía.

Al despedirse, la lluvia seguía intensificándose. Adrián, con chaqueta mojada, titubeó antes de irse:

—Gracias... no suelo hacer esto, detenerme. Últimamente, todo es correr. Me gustaría... ¿puedo invitarte a algo mañana?

Coral asintió, sorprendida de lo fácil que le resultaba confiar en él. Cuando cerró la puerta, todavía sentía en las yemas de los dedos un hormigueo extraño.

El día siguiente trajo un cielo gris. Eligen verse en La Obrera, un café tranquilo, con libros amontonados en esquinas y dibujos en las paredes. Hablaron de pasiones y miedos. Adrián, entre sorbo y sorbo de café, le confesó que estaba recuperándose de una ruptura que lo había dejado exhausto, incapaz de confiar en sí mismo. Coral, por su parte, titubeó al contarle el motivo por el que evitaba vínculos y se aferraba a la rutina: un accidente años atrás, donde perdió a alguien a quien no fue capaz de decirle todo lo que sentía.

Aquel café duró tres horas. Al salir, la lluvia les sorprendió otra vez. Ambos corrieron bajo la tormenta hasta el portal, las risas ahogando el reproche a la intemperie. Al llegar, Adrián, empapado, se giró hacia ella:

—No recuerdo la última vez que me reí tanto bajo la lluvia—admitió.

Coral, aún con alguna gota resbalando por la frente, lo miró, y en el paréntesis del aguacero, se atrevió a tomarle la mano fugazmente.

A partir de ese día, el apartamento 4B no volvió a estar en silencio por las mañanas. Compartieron desayunos despistados y cenas improvisadas. Las conversaciones se colmaron de confidencias, pero también hubo discusiones, pequeños desencuentros que los desafiaron a mirar sus propios límites. Coral, arrojada por la costumbre de la soledad, tuvo que aprender a encajar a Adrián en sus rutinas, a negociar espacios y tiempos; Adrián, marcado por viejas heridas, peleaba consigo mismo por no dar un paso atrás cuando sentía miedo.

Era un romance sin promesas. No hicieron juramentos, sólo se entregaron a los días. Hubo una noche, cuando aún no había cumplido un mes desde aquel primer café, en la que Coral, desnuda y despeinada, dibujó el perfil de Adrián con la yema del dedo. Él, con la voz casi vencida por el sueño, le dijo:

—A veces pienso que podría acostumbrarme a encontrarte cada mañana.

Las palabras pesaron en el aire. Coral, que temía precisamente a la costumbre, dejó pasar unos segundos antes de responder:

—A veces creo que podríamos acostumbrarnos a inventarnos cada día.

Entonces, se besaron con la ternura de quien teme perderse y, a la vez, con la firmeza de quien no quiere volver a estar solo.

Fuera, la ciudad seguía. Un rumor de coches, la vida encajando sus piezas. En el refugio del 4B, Coral se permitió pensar en futuro, no como una promesa, sino como una posibilidad hecha de fragmentos: una risa bajo la lluvia, una mano que calma el miedo, un desayuno compartido cuando el mundo aún está entredormido.

Y mientras la lluvia seguía cayendo, Coral y Adrián empezaron a aprender, entre errores y susurros, que quizá el amor, en la vida adulta, no es otra cosa que perder el miedo a abrir la puerta cuando llaman a deshora.

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